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Le President et les “petit pois”
La magistral solución ofrecida por el presidente de Nicaragua de sustituir con arvejas los amados frijoles rojos en franco proceso de extinción, me recordó por su finura el cuento de aquel príncipe que se desposó con la que demostró ser auténtica princesa al detectar la presencia de un guisante debajo de los múltiples colchones donde dormía. El carácter aristocrático de la legumbre, fue rápidamente detectado por los plebeyos consumidores quienes protestaron por la gastronómica propuesta de Daniel “Arveja” Saavedra como lo sobrenombró un irreverente ciudadano, entre otros que asociaron el asunto a la frase “si no tienen pan, que coman pasteles” atribuida a la reina María Antonieta y que según algunos, fue lo que le costó la cabeza. (Aunque en honor a la verdad, quien dijo esa barbaridad no fue la reina sino Madame de Montespan). Es de notar que las arvejas fueron presentadas en 1660 a Luis XIV que quedó prendado de las minúsculas bolitas verdes. El Rey Sol las bautizó “petit pois” y desató un furor gourmet que dejaría a las legumbres verdes y frescas rehabilitadas para la real mesa, quedando el consumo de raíces para el pueblo llano. Este remoto toque de distinción del que están dotadas las arvejas, es lo que remite al uso del petit pois en este país para las comidas especiales en ocasiones de fiestas, como las de Navidad, pero además porque la libra de arvejas secas importadas vale como el triple de una libra de frijoles y una latita vale tanto como los C$ 20 que costaba la libra hace una semana. El incidente del petit pois revela el soberano despiste de ese sol de América que es nuestro presidente y su total desconexión de la realidad, el bolsillo y el gusto de los nicas.

Honor a los insumisos

El otorgamiento del Premio Nobel de Literatura al escritor peruano Mario Vargas Llosa y el Nobel de la Paz al disidente chino Liu Xiaobo, ha sido recibido con amplio beneplácito de la opinión pública internacional. Se trata de honrar como se debe a un par de insumisos. Vargas Llosa, ese monumental escritor de cuyos libros nadie sale sin al menos un aruño en la conciencia, es reconocido por todos sus lectores por su pasión libertaria y su obsesión contra el autoritarismo. La Academia sueca le concedió el premio “por su cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes de la resistencia individual, la revuelta y la derrota”, que aquilata la enorme importancia de su obra. A Xiaobo, el intelectual y activista de derechos humanos, encarcelado por pedir el sufragio universal y reformas democráticas en la China Popular, le fue otorgado el premio “por su larga y no violenta lucha por los derechos humanos fundamentales en China”. En el fondo, los suecos han premiado el coraje y la integridad con la que Vargas Llosa ha defendido siempre sus ideas, y en Xiaobo el precio de su encarcelamiento por ellas. Son premios a la libertad de conciencia que ambos han reclamado para todos.

 La insurrección permanente
Y es que una constante en la vida de Vargas Llosa ha sido su defensa a la libertad de pensar y a la rebelión, razón por la cual ha sufrido la animadversión de los autoritarismos de todo cuño. Ha defendido como pocos, el derecho de las mujeres al aborto, la igualdad de los homosexuales y denunciado integrismos, nacionalismos y déspotas y nunca ha creído que las ideologías sean más importantes que las personas. Su discurso al recibir el Premio Rómulo Gallegos en 1967, estableció la función del escritor como un ser no instrumentalizable y marcó el inicio de su ruptura con la Cuba de Fidel, que desde entonces le montó una campaña de acusaciones infundadas. Advirtió en ese discurso que “la literatura es fuego, que ella significa inconformismo y rebelión, que la razón de ser del escritor es la protesta, la contradicción y la crítica (…) El escritor ha sido, es y seguirá siendo un descontento. Nadie que esté satisfecho es capaz de escribir, nadie que esté de acuerdo, reconciliado con la realidad, cometería el ambicioso desatino de inventar realidades verbales. La vocación literaria nace del desacuerdo de un hombre con el mundo, de la intuición de deficiencias, vacíos y escorias a su alrededor. La literatura es una forma de insurrección permanente y ella no admite las camisas de fuerza. Todas las tentativas destinadas a doblegar su naturaleza airada, díscola, fracasarán. La literatura puede morir pero no será nunca conformista. Sólo si cumple esta condición es útil la literatura a la sociedad.”

Ladrando a la luna
Desde entonces estaba claro que Vargas Llosa nunca se le iba a cuadrar a ningún pretencioso y abusivo comandante en nombre de la revolución y rompió definitivamente con los cubanos en 1971 a raíz del encarcelamiento del poeta Heberto Padilla y la represión a otros. Por eso es que no sorprende, aunque dé vergüenza ajena, que el embajador en el Perú del Presidente petit pois, Tomás Borge, haya dicho que aunque Vargas se merece el Premio Nobel, lo que se merecía era “el de Chespirito por sus concepciones atrasadas”, justo cuando todo Perú celebraba a su gloria nacional. Anteriormente, a propósito de la protesta firmada por el escritor al régimen de Fidel por la muerte del obrero cubano Orlando Zapata Tamayo, lo había catalogado como “gorila ideológico”. El ilegible Granma habló por los Castro en parecidos términos y afirmó que por su “catadura moral”, el peruano merece el “antinobel de la ética”, como si el régimen tuviera alguna autoridad para hablar de moral y de ética. Y para no quedarse atrás el “comandante” Hugo Chávez comentó con su usual patanería que “resulta que le dieron el Premio Nobel a un ciudadano disidente y contrarrevolucionario chino, que está preso en China, seguramente por violar leyes de China”. Tales reacciones muestran el rencor de los déspotas contra los insumisos nobeles, que están más allá de la ira y las ofensas de los reyezuelos de las arvejas, la demagogia y la truculencia, pues sólo son perros que ladran a la luna.