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La ilustre hazaña de haber rescatado, gracias a Dios, a 33 mineros de las entrañas de una mina en Chile refleja sobre todo la sabiduría del presidente Piñera de aprovechar cada minuto de la odisea para conquistar un altísimo porcentaje de simpatía en la opinión pública chilena. El rescate costó 20 millones de dólares. El valor de la publicidad, a favor del talentoso Piñera, es incalculable. Para tener una idea de tan descomunal propaganda, considérese que 800 millones miraron el final del mundial de fútbol y mil millones de personas vieron el extraordinario rescate. Siendo, por lo tanto, la mayor audiencia de la historia.

Se puso, además, en evidencia el drama de los trabajadores en los 160 yacimientos mineros donde 10,000 de ellos están en permanente riesgo de quedar sepultados y, peor aún, de vivir amenazados por diferentes enfermedades propias de su difícil oficio y, por otra parte, de recibir salarios exiguos y dificultosos para sus necesidades cotidianas. Nos alegra la hazaña que regresó a la vida a esos hombres del pueblo y nos entristece la vida mediocre del resto de los mineros.

En el último trimestre de 2010 murieron, a consecuencia de las pésimas condiciones de seguridad, treinta y un mineros. Las compañías explotadoras de la tierra y de los trabajadores obtienen 244 millones de dólares de ganancias. Esto solo en Chile. En todos los países de América Latina se extraen minerales diversos. En general los mineros son explotados sin piedad por las compañías, la mayor parte de las cuales son norteamericanas.

Es oportuno recordar que la inmensa mayoría de trabajadores mineros están en la superficie y que, a lo mejor, llegó la hora de extraerlos de las entrañas de sus peligros y miserias. Ojalá que esta publicitada experiencia sirva no sólo como propaganda a favor de políticos generalmente enemigos de los trabajadores, enriquecidos con sus lágrimas, sudor y sacrificios. También tienen importancia los mineros y todos los obreros que deambulan en la superficie de la tierra.