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En la confusa, extraña y variopinta lista de los premios Nobel, América Latina destaca principalmente por sus galardonados en las categorías de Nobel de la Paz (Pérez Esquivel, Oscar Arias, Rigoberta Menchú, por ejemplo) y sobre todo, Nobel de Literatura (Gabriela Mistral, Neruda, Octavio Paz, García Márquez y ahora Vargas Llosa, por ejemplo). Y es lindo pensar así, que América Latina destaque por la paz y por las letras.

Sin embargo, en los momentos actuales, el desarrollo educativo del continente está cayendo en picado. Y por otro lado, como dicen los economistas con esa palabra tan deshumanizada, “los activos intelectuales” del continente son captados por las universidades de Estados Unidos principalmente y de Europa. Y en cuanto a la paz, bueno, salvo en Colombia, no hablamos de conflictos abiertos, pero la violencia está desangrando a los países de América más que cualquier guerra (México, Centroamérica y Caracas, de Venezuela, tienen los índices de violencia más altos del mundo, y el de víctimas mortales por armas de fuego también).

Pero yo quería hablarles del que es para mí el mejor escritor en español del siglo XX y el que, por encima de todos, probablemente merecía el Nobel (aunque esto de los premios no sea más que una feria). Una biblioteca andante, un hombre de libros y de memoria. Sus opiniones políticas eran a veces contradictorias, pero su aportación a la literatura, primero en la poesía con el ultraísmo y luego en la narrativa con sus relatos han supuesto una deuda impagable. Jorge Luis Borges apenas tiene seguidores porque no se aguanta fácilmente su estela. Fue animador de Cortázar y amigo de Bioy Casares, con el que compartió grandes aventuras literarias. Nunca escribió una novela ni nada que sobrepasase las doscientas cincuenta páginas. Lo condensaba todo en una brevedad infinita. Mi cuento favorito, para mí el cuento perfecto, se llama El milagro secreto: El protagonista, Jaromir Hladík, un escritor de procedencia judía, residente en Praga, estando la ciudad tomada por los nazis, es arrestado y condenado a muerte. Su ejecución queda fijada para el 29 de marzo a las nueve a.m. Sin embargo, Hladík lamenta no tener el tiempo suficiente para acabar un drama en verso en el que ha puesto todo su empeño y que trata sobre la fantasía de un personaje que sueña que todo ocurre en repeticiones cíclicas. A Hladík, nuestro condenado a muerte, aún le quedan dos actos para terminar el drama, y piensa que esa obra justificará su vida. Así que le pide a Dios el tiempo necesario para acabarlo. El milagro de un año entero. Sin embargo, la mañana del 29 llega, y Hladík es conducido al paredón. De pie, frente a los fusiles de sus ejecutores nazis, “una pesada gota de lluvia rozó una de las sienes de Hladík y rodó lentamente por su mejilla; el sargento vociferó la orden final”. En ese instante “el universo físico se detuvo”. Todo estaba congelado, incluso el propio Hládik. Sólo se movían sus pensamientos. El reo supo que disponía de un año para acabar la obra en su mente. El milagro le había sido concedido. Vaya historia, ¿no?
En una conversación con Vargas Llosa, me contó que él había entrevistado a Borges en dos ocasiones. En la segunda de ellas, lo visitó en su apartamento de Buenos Aires. En la entrevista, de la que guardo un fragmento grabado, Vargas Llosa no deja de extrañarse en voz alta de la austeridad del domicilio de Borges, la austeridad y casi pobreza en la que vivía. Revisó su biblioteca muy bien surtida, pero sin ningún libro del propio Borges. ¿Era un exceso de modestia? Borges le decía que era más bien pudor. Luego, en un artículo, Vargas Llosa hablaría de una mancha de humedad en el techo de su apartamento de Buenos Aires como ejemplo de aquella modestia. Eso, que parecía alabar a Borges, enojó muchísimo al argentino, tanto que le retiró el saludo a Vargas Llosa. Y es que Borges era muy reservado y no le gustaba en absoluto que se ventilasen sus intimidades por ahí. Vargas Llosa cree que Borges no tenía conciencia de lo genial que era.

El Estado argentino le concedió al autor de El Aleph y El milagro secreto un cargo que parecía más honorífico que real: director de la Biblioteca Nacional. Un sueño para un amante de los libros y las bibliotecas (“a las que otros llaman universo”, como decía en uno de sus cuentos). Pero en ese entonces, Borges ya estaba muy anciano y muy ciego. Ésa fue la gran paradoja. El guardián de los libros se había quedado ciego. Tenía que contratar muchachos que leyeran en voz alta para él. Cuando Vargas Llosa entrevistaba a Borges para aquel programa de la televisión peruana (y para el que también hizo un reportaje en el segundo año de la revolución de Nicaragua, con entrevistas a Tomás Borge, Daniel, Sergio, etc), Mario le dice con el micrófono abierto: “¿Sabes usted Borges?, yo escribo novelas” Y Borges contestó con un lacónico: ¡Ah, sí!”

Ese Vargas Llosa que admiraba tanto a un Borges que no lo había leído a él, es capaz de recitar de memoria cuentos enteros del maestro argentino. Y otra vez, la coincidencia, cuando le llovió el Nobel a Vargas Llosa (a quien sólo le basta su novela Conversación en la catedral para merecerlo), se encontraba en la universidad de Princeton impartiendo una clase, precisamente sobre Borges. Cuando supe esto, me acordé de todo lo que me había contado, y por supuesto me alegré de que el Nobel no fuera a parar sólo a Mario Vargas Llosa sino también indirectamente a Borges, aquel grandísimo escritor de lo breve y lo profundo que escribió para mí (cada lector se apropia del texto como quiere) El milagro secreto.

¿El final del cuento? Ah sí. El condenado Hadlík “dio término a su drama: no le faltaba ya resolver sino un solo epíteto. Lo encontró; la gota de agua resbaló en su mejilla. Inició un grito enloquecido, movió la cara, la cuádruple descarga lo derribó. Jaromir Hladík murió el 29 de marzo, a las nueve y dos minutos de la mañana”. Esos dos minutos en el tiempo de los hombres, habían sido un año entero para Hladík y para Dios. Nadie supo, salvo Borges y quienes leyeron el relato, que el milagro le había sido concedido. Hasta entonces, fue un secreto.


franciscosancho@hotmail.com