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Uno jamás debe posponer sus proyectos de escritura, mucho menos sus lecturas. Dos veces he tropezado con la misma piedra. La primera vez tenía concebido escribir un ensayo sobre la supeditación del Estado Nacional a los Estados Imperiales. La lectura de Carlos Quijano y William Krehm me habían resultado inspiradoras. Bastaba revisar cómo se configuró el Estado nicaragüense a partir de las intervenciones de Estados Unidos, para emprender la travesía. Tenía recopilado todo el material, pero le fui dando largas, hasta que cayó en mis manos un ensayo admirable de James Petras. El norteamericano se me adelantó y mi impulso quedó frustrado. La segunda iniciativa se me vino al suelo cuando me di de bruces al encontrar entre las novedades que ofrecían las librerías madrileñas en el verano de 1991, el libro de J. J. Armas Marcelo. Desde hacía buen rato venía pergeñando la idea de escribir sobre mi obsesión por la escritura. El título de su libro dedicado a auscultar la obra de nuestro favorito Mario Vargas Llosa, desinfló mi ánimo: El vicio de escribir.

Todos los años se consagra el 23 de abril a conmemorar el día del escritor. Un tributo merecido a dos grandes: al aristócrata William Shakespeare (para usar la expresión tan cara a Roland Barthes) y al ilustre Miguel de Cervantes y Saavedra. Si me atuviera a lo que sostiene Jorge Luis Borges, la celebración debería estar dedicada al Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha y no a Cervantes. El argentino afirma que El Quijote es la gran obra, pero niega a Cervantes la condición de gran escritor. Con una baja en la lectura uno termina preguntándose si los jóvenes se sienten animados asistir a las ferias que celebran las editoriales para dar a conocer sus novedades. Las cifras que ofrece Néstor García Canclini en su texto, Lectores, espectadores e internautas, revelan un incremento en los porcentajes de lectores en América Latina, Estados Unidos y Europa, a renglón seguido mete la cuña que desastilla el hueso: el número de lectores fuertes, viciosos, consagrados, ha disminuido.

La constatación de Canclini no debe alarmarnos. Los lectores que vienen en alza son los lectores de best-sellers, esos textos que uno lee para distraerse un rato, cuya lectura muchos se toman en serio. A mis alumnos siempre recomiendo que huyan de esa cultura de salones y barberías, devenida de la lectura de Vanidades, Hola, Cosmopolitan, Elle, Selecciones de Readers Digest. También les prevengo que Pablo Colhelo no es escritor, aunque frunza el ceño, sí mi amiga, no se enoje. A veces termino preguntándome si no sería preferible qué lean al brasileño a no leer nada. ¿Cuál mal es menor? Existe el riesgo de acostumbrar el paladar a este tipo de lectura. Debemos más bien atenernos a la recomendación de Borges; el enormísimo dinosaurio recomienda leer una novelita negra al mes, para despercudir el ánimo. Pero muchas veces desoímos a los maestros. Siempre me resultará más placentero leer que empinarme la mejor botella de licor. No vengas con trampas, lo que ocurre es que vos no tomás, por eso hablas de esa manera. Cada quien es dueño de sus propios vicios.

Casi siempre se aduce que la lectura de los thriller es para realizarse en trenes, aviones, buses, paseos, como queriendo indicar que esta lectura está reservada para momentos de esparcimientos. ¿Acaso existe algo más placentero que entregarse a la lectura de textos consagrados? Cuando leí Palinuro de México de Fernando del Paso, comprobé otra de mis tesis. Siempre he tenido presente, igual que muchos de ustedes, la idea de escribir para rendir homenaje al tiempo que consagramos a la lectura en los inodoros. Por desidia nunca he escrito estas apreciaciones. Cuando lo hago logro un doble placer, salgo de mis sobras, a la vez que me atraganto un gustoso filete, marinado por mis ángeles tutelares, Jorge Volpi, Guillermo Cabrera Infante, Haruki Marukami, o Julio Cortázar. Con esto confirmo que una buena parte de mis lecturas las he realizado en los retretes. Tampoco crean que voy a caer en el exceso de don Marcelino Menéndez Pelayo, según acredita el Nobel Mario Vargas Llosa, quien para no perder tiempo y ante su estitiquez crónica, dio a elaborar una silla con un hoyo al centro, para colocar debajo una enorme bacinica y así no tener que interrumpir la escritura. Si no cargo un libro al baño, no cago igual.

En cuarto de bachillerato mi padre empezó a preguntarme, ¿qué libro estás leyendo? Esa misma pregunta continúa haciéndome hasta el día de hoy. Aquel viernes le respondí, La muerte de Artemio Cruz. Al siguiente viernes me preguntó lo mismo y le respondí igual. ¿No has concluido un libro tan estupendo? Frunció el seño y no agregó mayor comentario. El viernes siguiente me volvió a preguntar lo mismo. Le respondí de igual manera. Esta vez mi padre objetó que a ese ritmo jamás iba a completar la lectura de la obra de Fuentes. Cómo ya no puedo confiar en vos, a partir de ahora me vas a entregar una recensión de los libros que leas. Mañana a las ocho te quiero en el garaje. Te voy a enseñar cómo se hacen los análisis de textos. Lo aprendido se tradujo en facilitarme la realización de los trabajos que nos dejaban los profesores en la UCA. También para obtener mis primeras remuneraciones. Nunca le dije que mi paso de tortuga en aquel momento se debió a mis calenturas por Inés, quien me hizo enviar la lectura al carajo.

En febrero de 1970, la poeta Rosario Murillo me dijo que tenía una caja chica a mi favor. Era por treinta córdobas, el primer pago que recibía como escritor en ciernes. El poeta Pablo Antonio Cuadra pagaba las colaboraciones que publicaba en La Prensa Literaria; supe que también pagaban las colaboraciones publicadas en la página de opinión. El que mejor retribuía las colaboraciones era el poeta Edwin Illescas, quien editaba la página socioeconómica; ocupaba el cargo de asistente del Dr. Pedro Joaquín Chamorro. Edwin pagaba cien córdobas duros de aquella época. Con lo obtenido comencé a comprar mis primero libros. Nuestro padre había tenido el cuidado de construir en mi cuarto y el de Jorge Eliécer, unos escritorios empotrados a la pared con sus respectivos libreros. A la derecha colocaríamos los textos leídos y a la izquierda los que estaban en el círculo de espera.

Una mañana coincidí con él en el Club de Lectores, la librería de Tito Castillo sobre la Avenida Bolívar; escogió un libro de su gusto y me lo regaló. Con una enorme sonrisa agregó: “Este es el último, como ya ganás por tus escritos llegó el momento de empezar a comprar con tu plata los libros que más te apetezcan”. Jamás ha dejado de regalarme libros; por mi parte la única inversión sostenida en mi vida ha sido comprar libros. Durante mi viaje de luna de miel con Ida a México en 1975 compré libros proscritos por el somocismo. Los dos tomos de la Economía Política Marxista de Ernest Mandel, los introduje por el Aeropuerto Internacional Las Mercedes, cargándolos en mis manos.

En nuestro último viaje a México en abril de 1995, pregunté a Patricia cuánta plata nos quedaba. Trescientos dólares, me dijo. Me fui con ellos a la Librería Gandhi sobre la Avenida Miguel Ángel de Quevedo y adquirí las últimas novedades, mientras mi hermano Vladimir me esperaba en el restaurante Argentino, a unos pasos de Insurgentes, donde nos había invitado a cenar junto con su esposa Glafira. Creo que comprar libros es la mejor forma de gastar el dinero. Aunque mis lecturas, como las de ustedes cada día se están volviendo más caras; por desgracia no me animo a leer libros en internet. Dichosos los jóvenes que pueden navegar y bajar los textos que desean del ciber espacio.

Tengan presente que así como existen una serie de convenciones y tratados consagrados al respeto de los derechos humanos, una de las mejores prescripciones sobre los derechos que nos asisten como lectores, la debemos a Daniel Pennac, un francés nacido en Casablanca. Como un Moisés contemporáneo, nos entrega un decálogo al cual podemos suscribirnos si lo deseamos. Los derechos imprescriptibles que nos ofrece en Como una novela, son los siguientes: 1. El derecho a no leer; 2. El derecho a saltarse páginas; 3. El derecho a no terminar un libro; 4. El derecho a releer; 5. El derecho a leer cualquier cosa; 6. El derecho al bovarismo (enfermedad textualmente trasmisible); 7. El derecho a leer en cualquier parte; 8. El derecho a picotear; 9. El derecho a leer en voz alta y, 10. El derecho a callarnos. Igual que la totalidad de los derechos humanos, son indivisibles e imprescriptibles.

En este cambio de época, debemos estar prevenidos. Gabriel Zaid tiene el buen juicio de advertir en El secreto de la fama, que uno de los grandes males del presente consiste en que “los graduados en comunicación, tan atiborrados de clases sobre cine, televisión, radio, periódicos y revistas; tan conscientes de que los nuevos medios son un avance sobre el libro (´una imagen dice más que mil palabras´); tan absorbidos por el ajetreo del acontecer, que no tienen tiempo de leer”. ¡Ay mamita! ¡Al que le caiga el guante que se lo plante!