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El exitoso rescate de los mineros en Chile, más que un circo global se convirtió en un multimillonario tsunami informativo. Una suerte de paparazzo minero que hasta exprimir la última gota de interés popular, generará grandes dividendos a los medios y corporaciones “solidarias” y muy poco o casi nada, a los verdaderos protagonistas de la hazaña. Cabría preguntarles a estos grupos mediáticos y a las corporaciones de mercadeo, cuánto de sus ganancias ya acumuladas, no las multiofertas que ahora hacen al grupo de sobrevivientes por su historia, están dispuestos a donar al fondo de pensiones de los heroicos personajes.

Un buen reportaje que destacara el coraje de los mineros y el esfuerzo colectivo internacional por rescatarlos hubiera sido suficiente. Realmente no necesitábamos tanta puerilidad seudo informativa, con una biografía completa de cada uno de ellos ventilando sus detalles personales más íntimos o instalar permanentemente las cámaras para mercadear con la morbosa curiosidad planetaria.

Los mineros no estaban poniendo el primer pie en Marte. Ésta es la misma patología mundial que afloró con la muerte de Michael Jackson, la Princesa Diana, la epidemia por gripe porcina que nunca empezó o la oral performance de Mónica Lewinski. Como en cualquier otro “reality” entre más alta la audiencia, más bajo es el IQ de los televidentes y a eso es precisamente a lo que apuntan las corporaciones mediáticas y su clientela de marcas famosas para incrementar sus ganancias.

Se estima que el rating televisivo global del rescate alcanzó los mil millones de espectadores. Mil millones de personas sin nada mejor que hacer que clavarse en la pantalla para recibir hasta el cansancio una información saturada e inútil del hecho: ¿cómo se abría y se cerraba la puerta de la capsula? las fútiles explicaciones de los “expertos invitados” que suelen saberlo todo o la pregunta de cajón de los conductores del programa ¿qué sintió usted cuando…?

En medio del maremagnum informativo, una famosa conductora de CNN no sabía que era un winch (cabrestante o malacate) lo confundía con la polea del dispositivo emplazado para accionar la cápsula. Otra hiperactiva conductora de la Mega en Miami, informaba entre otras imprecisiones, que los lentes oscuros para los rescatados eran proveídos por la NASA… y así. Uno supone que esta gente tiene el mínimo de información y capacidad para conducir estas transmisiones, pero estas pifias, que desorientan a la audiencia son muy comunes y frecuentes. Recuerdo una menos graciosa el año pasado, por parte de un reportero también de CNN. El periodista era presentado además como especialista en los encierros de San Fermín (me supongo porque era español). El comentarista insistía con vehemencia en que la muerte de un corredor en las peligrosas fiestas taurinas de Pamplona, era un lamentable accidente que no se esperaba, “porque se habían tomado todas las precauciones”.

Después del pandemonium noticioso minero, ahora se empiezan a conocer en la calma algunos detalles importantes. Por ejemplo, varios portales informan, sin menoscabo del valioso aporte que la NASA brindó a la proeza chilena, que la cápsula “Fénix” es en realidad una versión moderna de un artefacto de salvamento minero originario de Alemania. Construido en 1955 por el ingeniero Eberhard Au para extraer unos mineros atrapados en la mina Dahlbusch en Gelsenkirchen. Su forma de torpedo hizo que la bautizaran como La Bomba Dahlbusch.

Otro detalle interesante, que además ilustra el aspecto comercial de la epopeya, son las gafas oscuras que protegieron los heroicos ojos cuando alcanzaron la superficie. Se trata del modelo Radar, usado por atletas de alto rendimiento en todo el mundo. Hechos con Iridio y Plutonite para garantizar el 100% de protección al espectro de los rayos solares, lo cual por supuesto salvó a los mineros de una probable retinopatía solar. Los fabrica la empresa californiana Oakley. Con la calculadora del patrocinio en la mano, hay quienes estiman, que el tiempo que las gafas han estado expuestas a los medios, le costaría al fabricante más de $40 millones de dólares en publicidad.

La alegría por el éxito del rescate chileno no me impide preguntar con tristeza, dónde estuvieron las cámaras del mundo cuando Orlando Zapata luchaba cívicamente por la libertad de Cuba. Dónde estaban los medios planetarios cuando Franklin Brito usaba también su cuerpo de trinchera para defender sus derechos en Venezuela. ¿Son acaso estos hombres y sus causas que los convirtieron en mártires del Siglo XXI, menos importantes que hundirse fatalmente en una mina? Una vez más, la máxima de Santayana responde en mi cabeza, “vivimos dramáticamente en un mundo que no es dramático”. Uno que porfiadamente insiste, por sus intereses de mercado, en no reconocer entre el bien y el mal.