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La deriva de la UCA hacia el activismo político tuvo precedentes en el movimiento estudiantil católico de los sesenta, y la crisis en la comunidad de los jesuitas. De los cursillos de “capacitación social” del jesuita Solón Guerrero, para colegios católicos en la Gruta Xavier, salieron activistas del frente estudiantil democristiano. Hacían contrapeso al Frente Estudiantil Revolucionario. Pero, como éstos, nunca superaron el vulgar antisomocismo opositor de las juventudes conservadoras de los años 50 y su Partido Socialcristiano.

En los 70, entró en crisis la comunidad jesuita, quienes competían con la lechería Selecta, de Somoza, con su marca Exquisita, pero la UCA estaba en terrenos de la “sucesión Somoza” y su rector era primo del presidente Somoza. A los jesuitas de familias conservadoras no les importaba el latifundismo de la Compañía de Jesús, les incomodaba la apariencia pública de conexión con el somocismo. Anteriormente, no habían querido vincularse con los curas Edgar Zúñiga, Edgar Parrales, Paco Campos y otros que denunciaban con idealismo la injusticia sin defender propiedad alguna ni intereses familiares.

En la crisis, los jesuitas antisomocistas agitaron el movimiento estudiantil católico en un momento que los hijos de las familias opositoras veían cerradas sus oportunidades de futuro; y en su desesperación estaban formando un nuevo Frente Sandinista compuesto de ricos como Agüero, Carrión, Contreras, Weelock, Chamorro, Cuadra Lacayo. Coincidió la radicalización jesuítica con estos jóvenes ricos herederos que, consciente o inconscientemente, luchaban por sus clanes familiares. Es lo que después defendieron los jesuitas como revolución popular de la “burguesía patriótica” (en realidad, latifundistas).

El año 1972, el provincial jesuita Francisco Estrada visitó varias veces la UCA, y envió a Santiago Anitua, un jesuita divulgador del anarquismo de Marcuse y su “hombre unidimensional”, para el seguimiento de la crisis. El asunto era que, como alumnas de la UCA estaban las hijas de Cornelio Hueck, del coronel Reynaldo Pérez y de Isabel Urcuyo viuda de Luis Somoza (matriculada, pero no asistía a clases), así como la esposa del coronel Luis Ocón. Estaba la elite del poder, y las aulas eran vigiladas por “orejas” de guayabera. Las familias conservadoras que habían logrado sacar de la UCA al rector jesuita León Pallais y profesores como el padre Oyanguren, no podían echar a la clase media liberal y la elite del poder, para dar la exclusividad al minoritario estudiantado conservador católico. Pero vino el terremoto, y la Junta Directiva reunida el 27 de diciembre decidió cerrar la universidad por quiebra. Según palabras de Indalecio Rodríguez, la reconstrucción de los edificios era impensable por el endeudamiento de veinte millones de córdobas (tres millones de dólares), aunque la razón de fondo era la crisis en la comunidad de la casa del Carmen (la residencia de los jesuitas).

La refundación de la UCA en 1973 se hace ya con la nueva orientación del antisomocismo opositor socialcristiano; el mismo de La Prensa de Pedro Joaquín Chamorro, y que continuaría EL NUEVO DIARIO en los 80. Pero el socialcristianismo, de paternalismo autoritario populista, incapacitó a los conservadores católicos para la organización política, cayendo en el recurso a la violencia y el culto de sus “mártires” desde 1954. Y sería la razón del fracaso del programa de sociedad agraria estamental de la Junta de Gobierno de 1979 y su “revolución popular”.

En el contexto estratégico de Guerra Fría, en 1979, tres miembros de la DN fueron convertidos en el mando supremo del Estado y de una alianza con la insurgencia de El Salvador, con un gobierno paralelo de asesores “internacionalistas” conectados a las secretarías políticas de cada oficina estatal con sus comités de base, por encima de ministros como Tünnermann, Vijil o Cuadra. Pero, como varios de estos ministros salían de los “cursillos de cristiandad”, daban la apariencia de ser un gobierno socialcristiano. Al margen del ministro Tünnermann, Joaquín Solís Piura y los asesores internacionalistas del Consejo de Educación (CNES) decidieron traspasar a la UCA la facultad de Humanidades de la UNAN con su decano, quitándole las Ingenierías. Algo que a un jesuita desprevenido pudo parecer una golosina con la ventaja de evitar la inversión en carreras técnicas, y una oportunidad de predicar el integrismo socialcristiano.

Pero sólo se trataba de aprovechar el prestigio jesuítico, como con Fernando Cardenal, quien hasta adoptó el nombre franquista de “Cruzada Nacional” con el pretexto de alfabetizar, para dar cobertura a una movilización política (ideologización) de la juventud y recogida de información de inteligencia militar de caminos, población y economía de la zona rural. Mientras que el analfabetismo continuó igual que antes (lo he escrito en estas páginas). Después, Fernando fue encargado de las Juventudes Sandinistas, pero el responsable efectivo era Carlos Carrión bajo la DN; y sus cuadros dirigentes se entrenaban en Cuba, la RDA y Bulgaria. Fue ministro de Educación, pero lo supervisaba el comité de base, y él mismo reconoce en sus Memorias que le costó quitárselos de encima. A la UCA le pasó lo mismo, propagó una imagen socialcristiana de un gobierno de la Guerra Fría en la revolución nicaragüense.

Los jesuitas creían tener influencia en el gobierno con publicaciones como ENVIO. Actividad subsidiada que funcionó más de cara al exterior como cobertura propagandística del populismo de la DN, que aparecían bendecidos por los jesuitas. Xavier Gorostiaga, quien sería rector de la UCA, salió pronto del Gobierno de Reconstrucción y su Departamento de Planificación fue disuelto. Pero, desde el INIES se dedicó a guiar a los cristianos del gobierno y la Asamblea Sandinista, aunque ya estaban aislados del movimiento de masas y comités de bases; contribuyendo así a propagar una imagen socialcristiana del gobierno tapadera de los asesores internacionalistas, los auténticos gobernantes.

Por la politización socialcristiana y falta de un programa propio, la UCA cayó en la desorganización académica. Los profesores estaban desorientados, se resistían a los asesores internacionalistas y sus manuales. Una muestra: preferían un manual anónimo y sin pie de imprenta (clandestino) al de Filosofía Dialéctica de Konstantinov; se suponía que era obra del clérigo Giulio Girardi, pero podía ser de algún jesuita, una mezcla de Doctrina Social de la Iglesia con léxico marxista. La cuestión es que la UCA no dirigía la actividad de su profesorado.

En los ochenta, la UCA fue marginada del plan científico-tecnológico del CNES, sin tener condiciones para desarrollar carreras de Humanidades como en las universidades occidentales. Por eso pienso que la UCA de los ochenta fue el reflejo de una respuesta desorganizada, de una reacción, y no expresa la reforma educativa del CNES como ha insinuado Guillermo Rothschuh Villanueva.