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“¿Para qué democracia si tenemos que enfrentar la pobreza?”, afirmó preguntándose el activista intermedio del orteguismo ante la estupefacta entrevistadora alemana. La sorpresa deviene que tal aseveración regresa a plantear una vieja y falsa dicotomía, entre democracia y la lucha por el bienestar económico y social de las mayorías. De otro lado revela el carácter regresivo y conservador de un régimen que se define como de avanzada, nada más y nada menos que del siglo veintiuno.

Pero el enfoque de los propagandistas del gobierno no hace más que reproducir el que proviene de las más altas esferas oficiales. Basta revisar que el Presidente Ortega soslaya cualquier alusión a la democracia, más allá de lo que repite como letanía sobre un supuesto gobierno de “Unidad y Reconciliación” y el “Poder Ciudadano”. Su discurso lo centra en “la lucha contra la pobreza” y en la capitalización política de las medidas asistencialistas que impulsa, dignas de cualquier régimen reformista conservador.

La experiencia moderna evidencia que sólo la construcción de una sociedad democrática hace posible y eficaces los esfuerzos para enfrentar la pobreza y lograr el dinamismo económico y la justicia social. Sólo en democracia y en un verdadero Estado de Derecho, es posible fiscalizar la administración pública, sancionar la corrupción, lograr un ambiente favorable a la inversión y la participación ciudadana en la definición de políticas que cambien, corrijan o potencien la gestión oficial.

La lucha contra la pobreza es una tarea de primer orden, pero no puede ser planteada ni llevada a cabo, como antagónica o excluyente de la construcción democrática. Son dos caras de la misma moneda. Por eso es que en Nicaragua la lucha por reestablecer la democracia, que pasa por derrotar el proyecto orteguista, no puede plantearse en abstracto. Sencillamente porque no lo es.

En Nicaragua estamos frente a un doble reto de magnitudes verdaderamente históricas. De un lado reestablecer el mínimo democrático que al menos conlleve la reconstitución de la democracia formal, en primer lugar con la oportunidad de contar con elecciones verdaderamente libres, y la necesidad de construir un régimen democrático que facilite y promueva el progreso económico y social.

De fracasar en este intento, las consecuencias probablemente se difieran en el tiempo, pero tarde o temprano harán crisis. Crisis cuya salida quién sabe cuánto costo social y humano tendría. La no recuperación de la democracia permitiría que se afiance el proyecto orteguista y con él el abuso de los bienes públicos, la ausencia de fiscalización ciudadana, el absoluto sometimiento de las instituciones públicas y mayores restricciones a la libertad de prensa. Y a la larga el ahuyentamiento del capital, aunque ahora una parte del mismo finja ignorancia o realmente no esté siendo afectado. Bastará con que las restricciones en lo político se trasladen a la esfera del mercado y de la competencia, para que entonces reaccionen. Así fue con Somoza.

Pero hay algo más. Y es que el desmontaje de la institucionalidad que ejecuta el orteguismo, aumenta la fragilidad del país ante el narcotráfico y el crimen organizado a nivel internacional, verdaderas amenazas y poderes fácticos y financieros en la región. Ya hay síntomas dolorosos de esa creciente presencia criminal.

Nicaragua requiere de la oposición una propuesta para enfrentar la pobreza. Un plan coherente para enfrentar la miseria lacerante que sigue agobiando a una gran parte de los ciudadanos. Y para ello necesita abordar desde ya y con una perspectiva crítica el supuesto éxito económico y social de la gestión de Ortega. Porque tal éxito es una falacia. Puntos menos puntos más, ¿qué diferencian al pobre del pobre en extremo? Si la ayuda – porque en efecto es eso: ayuda- sólo llega a los adeptos? Si una mayoría que es cada vez más, se debate en la desesperanza y la incertidumbre cotidiana. Si mientras el grupo gobernante se enriquece, en el otro polo de la sociedad se entroniza la carencia permanente.

No sólo de pan viven los seres humanos, pero tampoco sólo de democracia. Y ahora ni hay pan ni hay democracia, y mientras menos haya de ésta menos habrá de aquél. Ése es el punto.