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Cada cuatro años, los Estados Unidos celebran elecciones generales en donde eligen al presidente y su vicepresidente, al igual que a todos los 435 miembros de la cámara baja del Congreso, a la tercera parte de los 100 senadores y a aproximadamente la tercera parte de sus gobernadores. Como en las elecciones generales el electorado escoge al presidente, éstas se consideran la “súper tazón” del ciclo electoral estadounidense. Pero cada dos años, los norteamericanos también realizan elecciones de “medio período,” conocidas así porque caen exactamente en medio de las elecciones generales. La próxima elección de “medio período” será el martes, 2 de noviembre.

Las elecciones de medio período no tienen el glamour de las generales. Sin embargo, son importantes. En ellas el pueblo elige todos los miembros de la Cámara Baja, al igual que en las generales. Y este año, los votantes seleccionaran a 37 senadores, 37 gobernadores y a aproximadamente 6,000 miembros de los parlamentos de sus estados.

Actualmente, el partido demócrata controla prácticamente todo el aparato gubernamental norteamericano. Barack Obama ganó la Casa Blanca cómodamente en 2008 con 53 por ciento del voto y su partido cuenta con amplias mayorías, tanto en la Cámara de Representantes (75 escaños) como en el Senado (18 curules). Además, 27 de los 50 gobernadores son demócratas. Estas mayorías han permitido que el Presidente Obama promulgue una de las agendas gubernamentales más audaces de las últimas décadas, incluyendo la aprobación de un programa de salud pública que le brinda seguros médicos a prácticamente todos los estadounidenses. Esto había sido un sueño de los demócratas desde la primera presidencia de Bill Clinton en 1993.

Para los republicanos este programa de salud pública es anatema ya que involucra al gobierno ampliamente en un sector –el de la salud-- que representa casi el 20 por ciento de la economía nacional. Pero es sólo un elemento de una agenda que los republicanos, y sus aliados de un movimiento espontáneo que es conocido como la Fiesta del Té, consideran inconsistente con los valores tradicionales estadounidenses. Para ellos, el gobierno de Obama huele a socialismo y ha puesto en peligro a la república, la constitución y el estado de derecho en los Estados Unidos. Por eso, los republicanos están proyectando esta elección como un referéndum sobre el desempeño de la Administración Obama.

Dejando a un lado la retórica electoral, que, por cierto, ha sido la más apasionada que he escuchado, el tema central de esta elección es la economía. Temas de la guerra cultural --que está al rojo vivo en la Unión Americana-- como inmigración ilegal, el aborto y el matrimonio entre los gays, al igual que las guerras de Irak y Afganistán y el terrorismo, han pasado a segundo plano. Con una tasa de desempleo abierto de 9,6 por ciento y un desempleo y subempleo que se acercan al 20 por ciento, hay descontento entre los norteamericanos. Se preocupan por una economía cuyo crecimiento es anémico y por la deuda pública que anda por los US$13,6 billones, aproximadamente igual al PIB estadounidense. Se preocupan por déficits fiscales que han superado US$1 billón en cada uno los dos últimos años. Y, sobretodo, se preocupan de que se están empobreciendo y que el futuro de sus hijos no es tan brillante como el que ellos heredaron de sus padres.

En este ambiente, las perspectivas del partido demócrata no son nada alentadores para el 2 de noviembre. Esto lo palpé la noche del 15 de octubre en un evento social en Washington con políticos demócratas. Asistieron asesores de congresistas, encuestadores y vendedores de imagen. Faltaron sus jefes, los congresistas, porque estaban en campaña. Esa noche reinaba el pesimismo. Los optimistas conceden que es altamente probable que su partido perderá su mayoría en la Cámara de Representantes y entre los gobernadores, y verán su mayoría en el senado fuertemente reducido. Los pesimistas piensan que podrían perder el Senado también.

Les preocupa, también, que pudieran perder unos 500 escaños netos en los parlamentos de los estados. Esto podría tener consecuencias nefastas para ellos porque los Estados Unidos pasan por un período de realineación electoral después del censo que, por la Constitución, se realiza cada diez años. El último censo se acaba de hacer y la tarea de rediseñar distritos electorales les tocará a los gobernadores y a los parlamentos de los estados el próximo año. Si los republicanos son los que trazan las nuevas “rayas” de los distritos, a como las encuestas parecen indicar, eso apuntaría hacia una hegemonía republicana durante la próxima década, o más.

Mucho se habló en la reunión de la “brecha de entusiasmo” que existe entre los republicanos y los demócratas. Según estos profesionales de la política, los republicanos y sus aliados están altamente motivados para votar mientras que las bases demócratas están desanimadas. Citan como evidencia de esto que el voto republicano en las primarias superó al voto demócrata por cuatro millones, a pesar de que el partido demócrata es mayoritario. Algunos demócratas han sido afectados por la mala situación económica y otros están disgustados porque Obama no ha cumplido con toda la agenda progresista que les prometió. Un abstencionismo demócrata sería especialmente grave en las elecciones de medio periodo porque típicamente la participación en estas es baja, alrededor de 40 por ciento o menos, del electorado.

Otro comentario que escuché en la reunión es que a Obama no le importa lo que pasará el 2 de noviembre y que no está apoyando a su partido con entusiasmo. Señalan que su único objetivo es ser reelecto en 2012 a fin de asegurarse cuatro años más en la Casa Blanca. Según estos demócratas, una “masacre” demócrata en noviembre no necesariamente sería fatal para Obama en 2012. Para sustanciar esto, recuerdan que los demócratas perdieron ambas cámaras del congreso en 1946, pero que el entonces presidente, Truman, ganó en 1948. Esto se repitió en 1994 cuando Bill Clinton ocupaba la Casa Blanca y los demócratas perdieron ambas cámaras del Congreso por primera vez en 40 años. A pesar de esto, Clinton ganó las presidenciales en 1996.

¿Qué significaría una victoria republicana el 2 de noviembre para Nicaragua? Por un lado, el ejecutivo –incluyendo el Departamento de Estado—continuaría en manos de los demócratas a los altos niveles. Pero los republicanos tendrían mucho más influencia en la formulación de las políticas norteamericanas, incluyendo en relaciones internacionales. Muchos de los “halcones” de la guerra fría retornarían a importantes cargos en el Congreso, que en el sistema estadounidense tiene verdadero poder. Y esto se traduciría en un golpe de timón en Washington hacia Latinoamérica. Podríamos ver menos tolerancia para posturas anti-norteamericanas y una respuesta más agresiva al retroceso de la democracia representativa en el subcontinente latinoamericano, incluyendo un endurecimiento en las instituciones financieras internacionales en donde los Estados Unidos es el accionista más grande, como el Fondo Monetario, el Banco Mundial y el BID.

¿Cómo se daría esto si el ejecutivo “manda” en el Departamento de Estado, en el Tesoro y en la Secretaria de Comercio? A través de una mayor presión del Congreso que tiene control del financiamiento del gobierno y que tiene una poderosa voz en la formulación de políticas públicas a través de audiencias y hasta interpelaciones de funcionarios.

Por estas razones, si se da la avalancha republicano que los mismos demócratas están pronosticando, Daniel Ortega corre el riesgo que la política “laisser faire, laissez passer” que ha caracterizado a Washington hacia Nicaragua desde 2009 podrá cambiar el año entrante. El trabajo de el Embajador Francisco Campbell se hará más interesante, y el Comandante Ortega se verá obligado a manejarse en una ambienten donde la correlación de fuerzas será muy diferente y más difícil para él.


*El autor es un diputado liberal y presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores de la Asamblea Nacional.