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Las ilusiones del paraíso perdido siguen alimentando falsas esperanzas a lo largo y ancho de Nicaragua en medio de profunda confusión política. Confusión, porque, aunque se sabe lo que ocurre, pretendemos no reconocer las causas, y en consecuencia nunca encontraremos la solución. Siempre damos el grito al cielo hasta que nos encontramos frente a hechos consumados. Mientras se procesan los hechos hacia la consumación de los errores tenemos la vista vuelta hacia otra dirección. Actualmente, quienes alegan que están por el cambio vuelven a lo mismo, vuelven a confiar en personas, nombres y promesas de la tierra prometida, critican unos nombres, pero confían en la alternativa de un equipo de personas que ha sido causa de errores pasados, no en sistemas. Se opina sin contexto. En política andamos como un niño con los ojos vendados que en una piñata quiere ponerle la cola al burro estampado en la pared. Los nicaragüenses debemos bajar de las nubes y medir el pulso de las circunstancias con honestidad, para comprender la triste realidad nacional, entenderla y algún día corregirla. Los analistas extranjeros, y algunos nicaragüenses, han descrito las causas y las posibles correcciones del problema político nicaragüense. ¿Por qué ellos ven lo que la mayoría no vemos?

Los problemas históricos de Nicaragua no han sido por: Cerda y Argüello, Cleto Ordóñez, Crisanto Sacasa Parodi, Fruto Chamorro, Zelaya, Adolfo Díaz, Somoza, el FSLN, Arnoldo Alemán, Daniel Ortega, de la intervención americana, de la Unión Soviética, la cubana castrista, la dictadura o la corrupción. Son producto del carácter y la cultura nacional nicaragüense. Todos y cada uno de nosotros, y nuestros antepasados, somos culpables. Ninguno de los grandes errores históricos hubiera acontecido si quienes los cometieron no hubieran tenido el apoyo de algún sector importante de la sociedad. Por ahí debemos empezar. Mientras tanto vuelve la burra al zacate.

Cuando llegué al exilio en Miami en 1979 escribí un articulo de opinión en El Herald en el cual dije que si habíamos perdido los liberales el poder a causa de tantos y tantos errores y equivocaciones políticas que cometimos, ojalá los que llegaban con la proclamada revolución, aprovecharan la ocasión histórica e hicieran un buen gobierno dando a Nicaragua la anhelada democracia.

No mucho tiempo después, con la visita a Miami de José Estaban González, campeón de los Derechos Humanos, desterrado y perseguido por el gobierno sandinista, con denuncias sobre los desastres que estaban haciendo, hice otro escrito en el cual lamenté cómo desperdiciaron los sandinistas la ocasión de pasar a la historia como los libertadores de los nicaragüenses.

Los errores políticos en Nicaragua son cíclicos, después de un periodo, se repiten, empeorados y actualizados. Solución, históricamente, nunca hemos tenido voluntad de averiguarla. A lo mas que hemos llegado es, cuando no queremos mas un gobierno, inventar consensos o una Unión Nacional Opositora. Pero nunca hemos hecho nada, como dicen los americanos, “proactivamente”, para evitar llegar a esos extremos.

Quienes tienen alguna experiencia de los acontecimientos, los que ven lo que otros no quieren ver, desde cualquier punto de vista ideológico, deben contribuir para que las nuevas generaciones conozcan y traten de corregir. Hay mucha información documentada por quienes vivieron circunstancias claves en la vida nacional y debemos tratar de estudiar y divulgar el contenido, especialmente, cuando son análisis hechos por personas capaces, en beneficio de la memoria histórica, porque cuando ignoramos… repetimos.

En el proceso del gobierno americano de alejarse de Somoza, en 1977 llegó a Nicaragua como embajador del gobierno Carter, Mauricio Solaún, quien fue embajador hasta inicios de 1979. Solaún no era un diplomático de carrera, fue reclutado siendo catedrático de Sociología Política Latinoamericana. Consultor internacional y conferencista, fue catedrático en la Universidad de Illinois. A este embajador fue a quien A. Somoza D. prepotente le dijo: “Dígale a Carter que venga él a sacarme de la presidencia…” Poco tiempo después A. Somoza D. de acuerdo a ese bendito carácter del típico político que se cree indispensable, y del gobernante autoritario nicaragüense, de todas las épocas, en ese presente largo descrito por José Coronel Urtecho, que piensa que solo él puede, y quien seguramente vivía en el paraíso de sus ilusiones personales, salía al exilio y a la muerte, arrastrando con él a la GN., al Partido Liberal Nacionalista, a sus partidarios, amigos, y hasta a muchos de sus no partidarios y enemigos.

Es tanto el apego que tienen los políticos nicaragüenses a un cargo, que cuando dejan la presidencia de un partido, siguen como presidente honorario.

Tuve oportunidad de hacer entonces buena amistad con el embajador, al punto que esa mistad, después me dijeron, me había costado el cargo en el gobierno. Cuando llegué a Miami tuve oportunidad de conversar con él sobre los recientes acontecimientos en Nicaragua, causas y efectos históricos, que culminaron con la derrota y expatriación de Somoza. Entonces el embajador-catedrático estaba poniendo en orden sus anotaciones sobre la experiencia nicaragüense. El resultado del ordenamiento fue un interesante documento titulado: “U.S.Intervention and regime Change in Nicaragua”, University of Nebraska Press, que será de ayuda, junto otra inteligente bibliografía, para entender el laberinto político nicaragüense.

Vidas paralelas, un ejemplo del ciclo que se repite en otro hecho consumado. Se me ocurrió comparar algunos detalles históricos en el libro del embajador Solaún, con los acontecimientos políticos del presente. No pude evitar encontrar un paralelismo entre las acciones que fueron la parte medular del régimen instaurado por Anastasio Somoza García, con el régimen que modela Daniel Ortega Saavedra. El ciclo histórico se repite en la vida nacional.

El embajador analiza la dinámica, el método y el sistema que hizo perdurar al somocismo tanto tiempo en control del gobierno. Las características de cómo se fue forjando el sistema de la doctrina Somoza, fundamentado en el control de la GN (ejercito) y su extensión militar de la policía, su brazo político civil, con el Partido Liberal Nacionalista, las turbas, la creación de crisis para obligar a pactar, los cambios constantes de la letra de la Constitución, Constituyentes para promover su reelección, el fraude por medio de autoridades electorales sometidas al régimen, los Pactos, los partidos políticos de la seudo-oposición con participación y espacio gracias a los pactos, la tradición seudo-democrática nicaragüense, el reclutamiento opositor cómplice entre las elites asociadas, el control por medio de asociados de los poderes del Estado, la Asamblea, Corte Suprema de Justicia y Consejo Supremo Electoral.

En su primer gobierno Daniel Ortega trató de imitar a Fidel Castro, a partir de 1990 cuando empieza a gobernar desde abajo, fuerza pactos con Violeta Chamorro, Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños. Cuando es presidente por segunda vez, es un fiel copista de Somoza García, con todos sus condimentos, oposición incluida. Otro ciclo que se repite.