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La última carta de amor escrita de mi puño y letra (no hace tantos años, pero ha llovido mucho entre aquel papel y los mails) cruzó guardada en su sobre el mar entero hasta llegar a Managua. Entonces, un cartero (los carteros de Managua eran los mejores del mundo – porque llevaban cartas hasta de amor- en direcciones que se dan de memoria- “De dónde fue el Ceibo…”) Después, un ángel me hacía el favor de llevarla entre otras encomiendas (queso fresco, chocolatinas, frutas) al Mayoreo, y se la encargaba al chofer de un bus que hacía el trayecto al triángulo minero. La verdad es que han pasado años, pero todavía me acuerdo. Tras sortear todos los obstáculos, la carta viajera llegaba a manos de ella.

Aquellas palabras escritas permanecían en el secreto de un sobre durante diez o quince días, y cuando llegaban, debían mantener su frescura, parecer que fueron hechas el día anterior. Se escribían a sabiendas de que su destinataria las leería una y otra vez, y a cada nueva lectura, tenía que pasar una nueva prueba de amor. Aquello también tenía que ver con la ortografía. No porque quien la leía fuese una experta en la materia, sino porque si había erratas muy llamativas podía perderse la magia que se dibujaba con letras. Quizá por eso, cuando aún escribíamos todos a mano, lo hacíamos mejor, con más cuidado (y no hablo de la caligrafía solamente, sino de las reglas comunes y más básicas de la ortografía).

Hoy, los mails, los sms y facebook nos han destrozado la ortografía. Y no tiene nombre lo que han hecho. Cuanto más fácil se nos ponen las cosas (en un documento de Word se pueden corregir sobre la marcha muchas erratas), menos valor le damos. Recibo mails con cierta frecuencia de jóvenes de último año de Secundaria (¡Último año!). Coordinamos una asociación que busca becas para estos jóvenes de modo que puedan finalizar sus estudios. Pero cada vez se nos hace más difícil porque ni siquiera la carta de presentación que el joven debe escribir a mano o por mail va sin grandes “horrores” ortográficos. Ya no se trata de confusiones entre b y v, o entre c y s en palabras de uso poco común. No se trata del olvido de poner algunas tildes en palabras acentuadas. Es que hay algunos que solicitan una “veca”, y otros que quieren estudiar “imjeneria en cistema” o “banca yfinansa”. No culpo a los estudiantes que escriben así, aunque eso no les excusa de una falta de curiosidad o de respeto importante. A alguien que se presenta a un trabajo por primera vez, no se le ocurriría hacerlo sin bañarse, si dispone de agua para ello. Ni tampoco entrar en un despacho sin dar los buenos días. Se trata de normas de comunicación y cortesía básicas. Por eso, las faltas de ortografía graves son una verdadera falta de respeto, cuando disponemos de mecanismos que sin llevarnos mucho tiempo, nos evitan esta fealdad.

A quienes sí acuso, es a una larga lista de profesores que han ido pasando la mano por “pesar”, o por “haraganería” y aún más grave “por falta de estudio” a estos estudiantes. Profesores de Español, pero también de otras materias que no están exentas de explicarse y escribirse en nuestra lengua común. El flaco favor que han hecho a estos alumnos a quienes no se les han exigido la más mínima norma de respeto a la propia lengua es una gran traición a la persona. Es un engaño. Y por tanto, estos profesores son unos traidores a sí mismos y a los muchachos que pasan por sus clases, a los que han despreciado de tal modo que les permiten acabar con un título que es una auténtica mentira. Y esto no tiene nada que ver con los salarios de los profesores ni con las condiciones de la Educación. Es pura vaguedad, falta de amor, falta de vergüenza.

En la universidad, hay casos que no dejan lugar para mucha esperanza. Difícil es corregir ahí la traición a los jóvenes de Nicaragua que se ejecutó en Primaria y Secundaria. Y entonces, por qué debemos fiarnos de alguien que dice llamarse profesional en la disciplina que sea (científica o humanística) si ese doctor, ingeniero o abogado, no sabe ni ha aprendido las normas más básicas del vehículo principal de todo conocimiento: el lenguaje. Quién nos asegura que conozca mejor su profesión que el idioma en que ha nacido y estudiado.

Nunca he comprendido por qué en los años inferiores de Primaria se dedica tanto tiempo a la caligrafía, y no a la ortografía. De qué me sirve dibujar una bonita o si después no sé cuándo lleva acento o cuando va precedida de una h. Hay una gravísima deficiencia en el uso de la gramática y la sintaxis. Muchísimos de nuestros jóvenes no conocen la diferencia entre una coma y un punto, mucho menos entre una oración y un sintagma. Unen palabras como si las hablaran, y las hablaran mal. Y uno “encuentrafrasescomoesta” que quien la escribe no se toma la molestia de corregirlas. Como si diera igual, como si no importase, como si de todos modos creyéramos que nos van a comprender, y que no es la forma sino el contenido. Y el problema es que ya no se entiende eso: el contenido. A este paso, volveremos a los signos, a los gestos, iremos perdiendo la gran variedad y riqueza de un idioma que vamos empobreciendo a base de no leer nada más que las asignaturas a través de apuntes mal escritos, y de no escribir.

Observo una enorme diferencia entre las personas que estudiaron la Primaria y la Secundaria antes de los años ochenta y las de ahora. Una brecha tan grande que parecen de diferentes países. Las personas de más de cuarenta años que recibieron algunos años de estudios en Primaria escriben con mucha más corrección que los universitarios de hoy. Qué triste que una revolución que enarboló la bandera de haber enseñado a leer a tanta gente, fuese la misma que dejó de enseñar a escribir. Y ya van varias generaciones que han sufrido un sistema educativo que sólo piensa en otorgar títulos a diestro y siniestro y no en formar con calidad. Es más, en las casas de antes, uno entraba y se veían algunos libros en las vitrinas, antes incluso que una televisión o equipos de música. Había diccionarios. Hoy, he visto en casas de pura miseria, las salas vacías de libros, a no ser la Biblia, pero sí disponen de una tele (incluso de plasma y pantalla plana) y computadoras que valen juntas más que una enciclopedia. Leer es para quien tiene tiempo, dicen los que no leen más allá de sus estudios. No conozco mentira más grande que esa. Pero sí conozco quienes están interesados en mantener un pueblo falsamente alfabetizado, que no lea nada más que lo justo, que no piense mientras mira una pantalla de televisión o trabaja de sol a sol, y por último que no sea libre. No leen, dicen por falta de tiempo, pero son capaces de llevarse horas frente a Factbook, leyendo y escribiendo (y con errores graves para colmo – no todos, claro, discúlpenme los faceadictos).

Hoy los carteros ya no son como antes. Apenas llevan cartas de amigos o cartas de amor: sólo facturas de bancos (algunas escritas además con faltas de ortografía, y ésas no habría que pagarlas). Nosotros escribimos más rápido por facebook, mails o sms. Y así es muy difícil hacerlo con amor, porque eso requiere tiempo. El español está vivo, y admite cambios, porque admite el juego y la imaginación, pero es una herencia que lleva implícita normas básicas para entendernos entre todos, mientras sigamos necesitando el lenguaje y no el silencio para comprendernos. Será que tuve profesores viejos, pero creo que cuando las palabras se hablan y escriben mal, es que el mundo se vuelva más feo. Y es que algo más profundo anda mal entre nosotros.


franciscosancho@hotmail.com