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Amaneciendo el 18 de octubre, con mi desayuno, leí en Opinión de END el artículo firmado por el Comandante de la Revolución Víctor Tirado “Las elecciones de 2011”, sobre el presente de la política. Algunos aspectos comparto, no todos. Existe un estado de descomposición y de crisis legal e inconstitucional, negarlo sería parecer extraterrestre. Basta con observar cómo la corrupción nos muestra su airosa corona, mientras grita ¡No sólo existo, soy impune¡ La existencia de la corrupción no es problema, el dolor nos lo da su impunidad. Pero no fue justo mezclar al Ejército y la Policía Nacional con el estado de ilegalidad. Estas dos instituciones son las únicas garantes del aire democrático que se respira.

Siempre admiré de forma especial al Comandante Víctor Tirado, por su humildad y sabio manejo del Marxismo. Como oficial DGSE, con sorpresa de perestroika, acudí a charla que nos diera sobre la crisis que bramaba en la URSS, y aún truena en mis oídos esta pregunta que nos dejó caer: “¿Ha permitido el socialismo la crítica?”. La charla fue amena y profunda. Recuerdo cada uno de sus argumentos. Sin embargo, en este artículo que publicara encuentro una afirmación por demás desafortunada, que las elecciones de 1990 dieron fin a la Revolución Sandinista.

Es mi criterio, adverso al suyo, que la Revolución Sandinista apenas inicia hoy su verdadera dimensión como garante del poder popular. Hubo un brutal corte de la revolución entre su nacimiento, en 1979, y aquel febrero de 1990, porque en ese periodo lo que se dio fue la extrema soberbia de los guías del movimiento revolucionario hecho partido, lacerando todos los derechos y garantías de los ciudadanos, llevando la guerra a una dimensión espantosa, en la que el campo se vio reprimido de manera inmisericorde por las hordas de militares y milicianos que llegamos de la ciudad. Distinto de lo que hoy escribe el Comandante Humberto Ortega sobre la guerra, quien se cree el Clausewitz de América Latina, aquel conflicto de los 90 es el peor desacierto de una dirigencia política en toda nuestra historia. Las elecciones de 1990, lejos del errado criterio del Comandante Tirado, hicieron despertar el verdadero espíritu de la Revolución.

Tras cada hecho histórico hay algo del pasado que se niega morir. Y no muere. Ese algo de la filosofía presocrática, de la guerra de Troya, del heroísmo de Leonidas y la audacia de Alejandro, de las Guerras Púnicas y Aníbal, de la humildad y arrojo de Atila, de furor de los contendientes en Waterloo. Ese algo aún está vivo en la humanidad y nunca morirá. ¿Cómo es posible que un ideólogo marxista afirme que una revolución tan estruendosa y heroica como la nuestra haya muerto por el resultado de unas elecciones en las que el pueblo votó sabiamente?

Esas elecciones fueron parte de la Revolución. El FSLN aprendió de ellas, lo mismo que aprendió de cada derrota militar en la lucha contra Somoza convirtiéndolas en vía de paso al triunfo. Se ganaron las elecciones y no se perderán jamás, porque el síndrome de los errores de la década del 90 se esfumó como cuento de cadejo. ¿Qué argumento tendrá la derecha contra el FSLN en las próximas elecciones? ¿Dirán que el FSLN arrancará los niños de los brazos de sus madres reclutados para el SMP? ¿Esgrimirán el terror de los controles de Micoun? ¿Nos enrostrarán el sectarismo político y la persecución a los adversarios? ¿Volverán con el cuanto de una posible guerra con EU? ¿Del Código Negro hablarán los medios? Espero, con infinita ansia, ver y escuchar la propaganda de la oposición, y hasta espero los cuentos de Pancho Madrigal de uno de los candidatos que, seguro, será el más visceral de los atacantes. Es verdad que nada es fácil, por eso los sandinistas debemos trabajar como abejas para ganar la contienda que se avecina. De los avances sociales del gobierno y de nuestra conducta y esfuerzo depende el triunfo. Y sobre los corruptos que hoy saturan nuestro partido, Daniel y Rosario tienen la última palabra. Ya es hora de una intransigente depuración. La limpia al seno del partido es la consigna.


*Abogado penalista