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Conocí Chile, en 1996, de la manera más curiosa. Concurría en septiembre de ese año a la Primera Reunión Hemisférica de Puntos Focales Nacionales para la Eliminación del Plomo en las Gasolinas en América Latina y el Caribe. De repente, en el trayecto del aeropuerto hacia Santiago, un automóvil aventajó el microbús en que viajaba, sonando la bocina insistentemente, e hizo que nos detuviéramos. Apenas salimos de la vía, raudo, el conductor del auto extrajo de su valijera una maleta y se dirigió hacia nosotros. ¿De quién es esta maleta, preguntó? Todos nos volvimos a ver. ¡Gran sorpresa! Se trataba de mis pertenencias que habían caído al pavimento desde el techo del microbús.

Le agradecí a mi inesperado benefactor inmensamente, pero fue incapaz de recibir una recompensa y continuó su viaje, como si nada. Fue mi primera impresión de Chile y de los chilenos.

De lo mucho que he viajado por el mundo, ciertamente mi estadía en Chile ha sido de las más gratas al igual que la amistad efímera y sincera en distintos momentos con los chilenos. Para mí son un pueblo admirable. Usualmente nosotros siempre vemos hacia el norte y nos olvidamos del hemisferio austral. Creo que la estrella en la bandera de Chile brilla hoy más que nunca con energía propia. La gran hazaña del rescate de los 33 mineros atrapados en la mina San José, no tiene precedentes en toda la historia de la humanidad, pero tampoco es una casualidad ni es asunto de suerte.

La hazaña del rescate de los mineros en Chile es consecuencia de un largo proceso por el que ha transitado la sociedad chilena, sintetizada en la férrea voluntad del Presidente Piñera para rescatarlos con vida, y vale la pena detenernos un poco para ver qué tiene de especial. Lejos de hecho casual, se trata de un acontecimiento necesario en una sociedad que está madurando tras muchos traumas a lo largo de sus 200 años de existencia como República independiente.

A inicios de los años 80 entablé amistad con varios exiliados chilenos en Bulgaria. La persecución del régimen dictatorial del General Augusto Pinochet los llevó hasta esas tierras lejanas, después del fallecimiento del Presidente Salvador Allende en 1973, quien, fiel a sus principios revolucionarios socialistas, murió combatiendo heroicamente fusil en mano, en el Palacio de La Moneda, en una desigual batalla contra tanques y aviones.

Murió el Presidente Allende como diría el Poeta Leonel Rugama en su relato sobre la gesta heroica de Julio Buitrago en las Delicias del Volga, en Managua (1969), como Leónidas, el de Las Termopilas
Una nueva generación comenzaba a crecer en los años 80. Una rara mezcla de sentimientos encontrados se apoderaba de mí cuando escuchaba a los niños chilenos nacidos en el exilio, decir por ejemplo, “Mira cómo puedo prescacham”, en una mezcla de búlgaro y español (ПpecкаЧаM = saltar). Frecuentemente el Himno de la Unidad Popular (de donde salió la consigna original que refiere “El pueblo unido, jamás será vencido”) llenaba los aires, al igual que las diferencias entre los militantes de las diversas corrientes de la izquierda chilena en el exilio, tras el sangriento Golpe de Estado jefeado por Pinochet.

Así pues, al poner los pies en Chile en los años 90, mi primera impresión por la maleta gentilmente devuelta a su propietario, la visita obligada al Palacio de la Moneda donde cayera combatiendo heroicamente Salvador Allende, recorrer la antigua estación de trenes de Santiago, devenida en mercado central donde se puede degustar una jardinera de mariscos acompañada de una copa de excelente vino tinto chileno, es una rara amalgama de emociones y vivencias bastante extrañas que al menos a mí todavía me cuesta asimilar racionalmente.

Por eso el rescate de los mineros creo que ha marcado ya un hito en la historia universal. En Chile hubo efectivamente una revolución socialista cuyo gobierno fue sangrientamente derrocado por una feroz dictadura militar. Pero hoy más que nunca estoy convencido que si bien el Golpe de Estado impuso una dictadura, la revolución caló tan hondamente en la conciencia de la sociedad chilena que, como un río subterráneo, lejos de extinguirse siguió inexorablemente su propio curso, sin actos ni entreactos, por medios no ortodoxos ni previstos en los manuales y las recetas sobre cómo hacer y darle continuidad a la revolución.

El gobierno de Pinochet sólo demostró que las dictaduras militares no tenían ya nada más que hacer en América Latina. La sociedad chilena optó por encontrar su propia vía de desarrollo aprendiendo de su historia, de la revolución que dirigió Salvador Allende, pero también de la dictadura militar. Su salida ha sido el fortalecimiento del régimen democrático y emprender en serio la senda del desarrollo. La democracia llevó de nuevo al poder a un gobierno socialista, el de la Dra. Michelle Bachelet.

Mérito incuestionable de la Dra. Bachelet es haberle dado continuidad a los proyectos económicos y haber fortalecido la institucionalidad democrática y los programas sociales de su país, de los cuales había venido participando con el Presidente Lagos sucesivamente como Ministra de Salud y como Ministra de Defensa. No buscó la Dra. Bachelet el conflicto ni la venganza ni la persecución política, pese a que su padre, militar de carrera fiel al Presidente Allende, murió a causa de la cárcel y la tortura a que fue sometido por la dictadura. La propia doctora Bachelet experimentó en carne propia lo que fue vivir en las mazmorras del régimen pinochetista.

Sucedió el 11 de marzo del presente año 2010 en la Presidencia de chile a la Dra. Bachelet el ingeniero Sebastián Piñera, Master y Doctor en Economía graduado en Harvard, proveniente de otra nueva vertiente política de vocación democrática (la Alianza Coalición por el Cambio), expresión de otros sectores sociales y económicos y de otras ideologías. No por ello hubo crisis ni escobas en el Estado ni retorceduras en los programas económicos y sociales legados por la doctora Bachelet. Señal inequívoca de que la sociedad chilena ha estado madurando en silencio, restañando sus heridas, abandonando para siempre la turbulenta burbuja del pasado, sentando las bases del futuro y viviendo con pragmatismo y gran visión y esperanza el presente.

El efusivo y emotivo abrazo con que recibió el Presidente Piñera a los mineros rescatados – los mineros son lo más puro de la clase obrera chilena-- emergiendo del inframundo, es, a mi parecer, el mejor símbolo de los nuevos tiempos y de los nuevos vientos que soplan sobre Chile y sobre un pueblo que se abre camino a pasos agigantados hacia un nuevo sistema económico, político y social, sin proclamarlo, sin estridencias, sin conflictos, sin etiquetas, simplemente haciéndolo, con gran visión y mucho pragmatismo.

Chile figura hoy en la lista de los 30 países más industrializados del mundo; en 2009 ocupó el primer lugar por su Indice de Desarrollo Humano en América Latina (puesto No. 44 y 0,874 de IDH en una escala de 0 – 1 en el mundo). A pesar del devastador terremoto del 27 de febrero de 2010, se espera que Chile hacia 2018-2020 ingrese al selecto club de los países desarrollados.

Por eso, el rescate de los mineros en ninguna manera fue casualidad. Cuando recorro mentalmente los sucesos recientes que han marcado la historia de Chile, cuando veo mi vieja maleta rota que me fuera entregada por un chileno anónimo y veo la imagen de los mineros, rescatados sanos y salvos, creo que estamos presenciando el resultado necesario de lo que la sociedad chilena ha venido sembrando estoica pero firmemente, bajo un solo estandarte: el de la unidad y de la institucionalidad democrática para forjar un futuro mejor, más equitativo y sin exclusiones, donde caben todos los chilenos.

Hoy creo sinceramente que estamos en deuda con Chile por habernos dado una gran lección de humanismo, de solidad y de esperanza a todo el mundo, y es por eso que Chile es un hito, un espejo necesario en el cual todos debemos vernos obligatoriamente.


darwinjj2007@gmail.com