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El Cielo no cesa de enviar a los nicaragüenses corrientes de armonía para llevarnos hacia la unidad: religiosa, política y social. El día en que se realice esta unidad será el momento más bello de la historia de Nicaragua. Algunos lo ven como un mito, ya que del mito del que hablamos no es del que está constituido por contrarios irreconciliables, dada que las multitudes aunque llenen las plazas andan sin conciencia, sin organización, sin conducción y la correlación de fuerza es aparente. Y de haber algún antagonismo será entre: los resentidos, la masa de discriminados sociales, desempleados y los que gozan y han gozado del favor de los gobiernos. Sin embargo el mito en nuestro imaginario colectivo tiene una carga peyorativa de mentira, patraña. Por ello, al hablar de unidad la vemos como un mito de forma laxa. Porque al pueblo se la ha mentido por generaciones y las raíces antropológica de la mentira están muy profundas, el pueblo las ha mirado, vivido y sentido. Las concientes y las inconcientes; las personales y las sociales, las públicas y las privadas, las abiertas y las solapadas. También sabe que ese ramillete de mentiras responden al deseo de aparentar ante los demás mejor de lo que realmente son, al deseo oculto de mejorar su imagen a punto de patrañas.

Esta falta de veracidad personal ha destruido la imagen pública de los políticos, empresarios y servidores públicos actuales. La mentira se ha enquistado en toda las estructuras de poder, en los partido políticos, en los sistemas económicos y comerciales. La mentira es propagada por los medios de comunicación coludidos con los sistemas de poder. Es bien conocido, también que cuando en el terreno político, económico, se busca la unidad, se trata casi siempre de acuerdos fundados sobre intereses egoístas, algo parecido a las mafias que se unen para delimitar territorios y a hacer fechorías. Evidentemente eso no es la verdadera unidad, pero es así como la comprenden: unirse para lanzarse sobre cualquier otro y eliminarlo o incluso aniquilarlo.

Cuando hablamos de unidad, sobreentendemos una unidad nacional, participativa de la que nada ni nadie quede excluido. Pero esta unidad debe hacerse en primer lugar en nosotros mismos: todas nuestras células, todas nuestras tendencias unidas hacia Dios. Es lamentable que intereses personales permitan este estado de bifurcación en el que dos pensamientos contrarios, dos deseos contrarios destruyan y lleguen hasta el empobrecimiento lapídico y al desamparo del pueblo.

La verdadera unidad debe de estar conectada con el centro, e incluso aferrarse a él para no ser llevados por corrientes contrarias. En Nicaragua este centro puede ser llamado Dios, ya que el 90 por ciento de la población profesa ser cristiano, pero también puede ser otro ideal muy elevado, como es el amor a Nicaragua, a nuestros hijos(as) o luchar contra la pobreza y eliminar la emigración que tanto daño le hace a la familia nicaragüense. Sabemos que es imposible a través de un partido político. El que no se une al centro mediante sus pensamientos, sus sentimientos y sus actos, crea una división que, aunque dure poco tiempo, aporta desórdenes, oposiciones, rupturas.

¡Cuántos cambios se producirán si los nicaragüenses nos miráramos como una sola familia y lográramos la unidad!