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Cierta intelectualidad nica educada en colegios católicos hiperboliza el “atraso” del país en los medios de comunicación, como propagandistas de un país hostil en confrontación. Para estos conservadores, socialcristianos, teólogos de liberación y Movimiento Cristiano, solamente hay “justos” (ellos) y “pecadores” (los otros), los culpables del “subdesarrollo”. Como si ellos mismos no formaran parte del desarrollo del país. Incapacitados para la organización política del antisomocismo opositor, y enquistados en la violencia con su exaltación del “martirio” desde 1954, fracasaron con el populismo del Gobierno de Reconstrucción (GRN) de clérigos y ministros “cursillistas de la cristiandad” en su proyecto de sociedad agraria estamental. Pero estos conservadores de diferentes siglas sacaron provecho al quitar de en medio la competencia de los liberales (PLN), repartiéndose sus propiedades en la gran piñata de la Unidad Nacional, para el patrimonio de sus partidos (dos mil quinientas de las mejores casas de Managua) y aumentando el enriquecimiento de sus familias afiliadas. El antisomocismo no puede negar que en los años ochenta hicieron el gran negocio, aunque algunos tuvieran un pie en la “contra” (algunas familias pusieron un hijo en cada tendencia del conflicto).

Pero su intelectualidad olvida que la guerra, siempre con vidas ajenas, fue un negocio para las familias vinculadas con el GRN. Aprovecharon el aislamiento comercial para el contrabando de “blue jeans”, papel higiénico, desodorante, pasta de dentrífico, etc.; las cuotas abiertas de gasolina para los “productores” del latifundio (en estas páginas he demostrado que la Reforma Agraria privilegió al gran latifundio) fueron un negocio más del estraperlo en medio del racionamiento. Y acumularon capital en el extranjero con el cambio a diez pesos por dólar para los “productores” de la “burguesía patriótica” (el cambio público estaba a 25 pesos). La economía de guerra fue su economía.

Manejaban el Estado que le habían quitado a Somoza. Las familias de la Unidad Nacional hicieron negocio con la logística de los medios de guerra, con las reservas estratégicas y con las nacionalizaciones de la importación-exportación; hasta con los asesores “internacionalistas” llegados para la Guerra Fría y, probablemente, también hicieron negocio con la guerra de El Salvador. El antisomocismo salió dividido del Gobierno de Reconstrucción, pero no pobres; y después, el regente Lacayo revivió la Unidad Nacional con los diputados del Frente Sandinista (“astillas del mismo palo”) para cogobernar.

El antisomocismo no satisfizo el ideal de la caridad socialcristiana, pero supo utilizar muy bien el discurso de la Justicia Social como siempre; y sus capitales, sumados al retorno del capital liberal en los noventa, no permiten hablar de Nicaragua como uno de los países más “pobres”. Esto es un cuento del victimismo. El Estado que construyeron (1979-1996) lleva veinte años pagando más de diez mil dólares mensuales de pensión a cada expresidente, y más de ocho mil dólares mensuales a cada exvicepresidente. Sumar los centenares de exministros, ex altos cargos y diputados. No se puede decir que sea de los más “pobres” un Estado que, aún con baja fiscalidad, mantiene veinte años sin falta este sistema de pensiones sumado a las pensiones comunes del funcionariado. Aunque dar lástima a las ONGs es rentable para los bancos, agencias de viajes, hoteles, etc., exime de cobrar impuestos y hacerse responsables de mejorar los servicios públicos.

Para esta intelectualidad mediática, va una muestra del “desarrollo” económico del país: en los años noventa, el aeropuerto de Managua que utilizan con frecuencia tenía categoría II (de aproximación por instrumentos, no automático). Entonces, había solamente doscientos aeropuertos en todo el mundo con estas “facilidades”, la gran mayoría en los países más ricos. Y su tráfico estaba al nivel de una ciudad secundaria de una gran potencia con un entorno de población equivalente. Alguna economía tiene que haber detrás, aunque sea opaca a las estadísticas oficiales. Como esta muestra de relativo desarrollo hay mil más, dependiendo de los parámetros que se miden.

Sin embargo, la intelectualidad poeteril o abogadil que conoce aeropuertos, dirá que Las Mercedes no es igual que El Coco y el Pavas de San José o el Tocumen de Panamá (evitando héroes). Pero, si el canal se hubiera construido en Nicaragua, Managua y no Panama sería una capital financiera con un nudo continental de comunicaciones aéreas. Si la zona más poblada y cultivada no hubiera sido la estepa de la franja costera del Pacífico sino la montaña central, y con grandes dificultades de vías de comunicación, Managua tendría dos aeropuertos como San José para atender el intenso tráfico de avionetas. La cuestión es que cada país tiene unas particularidades que lo hacen diferente de los otros, menos para los ideólogos del “subdesarrollo”.

Hasta los ochenta, en Costa Rica no había carretera para ir de San José al centro de producción de la bananera a sólo 45 kilómetros de la capital, al populoso Guápiles. Había vuelos regulares de Sansa en un Aviocar de 20 pasajeros para dar un salto de quince minutos, mientras se tardaba un día en carro. Impensable en Nicaragua, pero nadie criticó el atraso tico por la mala integración del territorio. Más de lo mismo. También en los ochenta, un ingeniero, para ir de Bogotá a las obras del oleoducto en Arauca a cuatrocientos kilómetros, debía hacer el viaje en helicóptero; porque yendo en carro por los Llanos Orientales tardaría hasta una semana según la meteorología. Y nadie escribió en El Espectador o El Tiempo que eso era falta de “desarrollo”. Cada país tiene su desarrollo, y Colombia es uno de los países con más desarrollo de aerolíneas del mundo.

Lo que sucede a los intelectuales del “subdesarrollo” es que ven como una maravilla un aeropuerto en el centro de una ciudad como el de la City de Londres, pero si se trata del aeropuerto Congonhas (qué nombre!) en el centro de Sao Paulo, entonces es “tercermundismo”. Aunque este no tiene las limitaciones y dificultades de aproximación del de la City.

Pero, aterrizando con la intelectualidad viajera nicaragüense, que prefiere la estética de la “carreta tica” al “subdesarrollo” de la carreta nica, el problema no es el victimismo sino su dogmatismo de Justicia Socialcristiana que los hace caer en la intransigencia y la agresividad como única forma de discurso político. Recurren a la violencia verbal como forma política, en contra del consenso de partidos. Su paternalismo autoritario aliena la responsabilidad de los individuos de organizarse libremente según sus necesidades, condiciones y expectativas, al extremo que su movimiento social se reduce a las
iglesias y colegios católicos. Y no saben captar el relativo “desarrollo” con cultura nica.