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Los decoloniales descubrieron, y no me cansaré de reconocérselos, que los intelectuales latinoamericanos, para prestigiarse unos frente a otros, compiten por quiénes recitan con más abundancia a los pensadores griegos, romanos, ingleses, franceses y alemanes, acusando de inmediato una subordinación al pensamiento eurocentrado y reconociendo como superior, legítimo y más complejo, un mapa epistémico que nació en Grecia, se detenía un poco en Roma e iba y venía de Francia a Inglaterra y Alemania, jerarquizando por debajo y por fuera de ellos, a todos lo demás (pensadores, culturas, países y continentes enteros). Los pensadores latinoamericanos siempre han desconocido, así, el propio territorio que pisan, poblado en muchos de nuestros países por amerindios, afrodescendientes, asioamericanos, semiletrados e iletrados. Las fechas del Renacimiento, la Ilustración, 1789, 1917 y otras, las conocen mejor nuestro intelectuales, que lo que pasó exactamente en esas mismas fechas, pero en los países desde dónde hablan.

El espacio, como se sabe, fue destruido por INTERNET, y la diferencia geoepistémica en el mundo real (con la filosofía alemana dominando el pensamiento, primero a través de la contradicción hegeliana, luego de la diferencia heideggeriana y hoy del poder nietzscheano) está siendo sustituida, en el virtual, por la diferencia “linguoepistémica”, como le denominaré mientras no aparezca un término más sonoro, con el dominio significativo del inglés. Esta consiste en ver las nuevas diferencias jerarquizadoras no a través del espacio sino de las lenguas. Y, ya lo sabemos, toda lengua colonizadora lleva la visión de su mundo en su empleo e imposición. No es lo mismo escribir en español (un poco más de un 7% del total de usuarios de INTERNET, ver cuadro), sea lo que sea, que hacerlo, sea lo que sea también, en inglés en INTERNET (más del 27% del total de usuarios, ver cuadro). Sólo el chino (junto al árabe y al ruso son los que tienen altísimas tasas de crecimiento) le está disputando el primer lugar y todos los demás idiomas considerados solos no alcanzan los dos dígitos, con respecto al total de usuarios (incluyendo el francés y el alemán). El hindi, uno de los idiomas mayoritarios de la India, no figura porque prefieren usar el inglés. Y ese casi 18% que representan el resto de lenguas, fuera de las 10 de mayor uso en INTERNET, es una multitud de idiomas que suman, según cálculos de la fuente que estamos ocupando (IWS, 2010), 213.

Si la racialización epistémica pasará ahora a través del uso del idioma hegemónico en INTERNET, es decir, los usuarios de lenguas subalternas seremos inferiorizados en el terreno del pensamiento, que sigue valorado como lo superior, es bueno preguntarse qué hace la diferencia entre el mundo virtual y el mundo real, en términos de discriminación. En lo personal creo que la diferencia la hace el Estado. Afuera estamos más expuestos a sus efectos, mientras que dentro de las redes contamos con más recursos para defendernos de sus esfuerzos por controlarnos. Creo, en relación con esto, que del mismo modo podemos poner a nuestro servicio tales recursos para resistir, dentro de las conjugaciones inevitables que se producen, al control del anglicismo mundial, no eliminándolo desde purezas estúpidas, sino hibridizándolo, como de todos modos (sin que nadie lo esté orientando), ya se hace. Al inglés le pasará en el mundo virtual, lo que al latín culto le pasó en el histórico: se degradará.

Lo cierto es que hoy los mestizajes ciertamente son desiguales y combinados (homenaje irónico a Trotsky), y se le deben a las migraciones, más que a la hegemonía de un modelo industrial euroestadounidense, desacreditado como metarrelato, que se pensó llegaría desde afuera a los países “atrasados”. Y hoy, que se le desconoce su capacidad de arrastre de otras tradiciones alternativas, que se le subordinan por necesidad y conveniencia, y no por convicción, pues lo que resulta son campos de fuerzas asimétricas diferenciales, sin más fines más que el poder mismo, donde lo fundamental es cómo no perder la hegemonía, por parte de unos, y no dejarse joder, por parte de los otros. Hegel dividió una vez al mundo para reconciliarlo, enriquecido en sus fines teleológicos, al final de la Historia. Fracasó. Krishnamurti, más a tono con la época, llama a reconocer lo unido que ya está, sin que lo interpreten ni lo transformen, porque no se puede separar al observador de lo observado.