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En el colegio de los Salesianos, había un sacerdote que a ninguno de nosotros le caía muy bien. Además de religioso, era psicólogo y daba clases religión. Al igual que ocurre con una minoría del clero (una minoría de cientos, de miles) se sospechaba de él que había abusado de niños. Un día llegó a la clase y preguntó:
-A ver que levanten la mano los que no creen en el infierno.

Todos nos miramos, sin saber cuál era la respuesta correcta. Las reacciones de aquel maestro eran tan inesperadas que no sabíamos si nos daría buena nota o nos pondría a escribir cien veces una frase tonta. Así que ningún valiente levantó la mano. Ni siquiera “el de los pelos”. Los maestros le llamaban así, porque usaba el cabello algo más largo que el resto, y también porque era un poco distinto. Su padre era gitano, su madre no. Pero era el más valiente. Un día lo expulsaron del colegio y no lo volvimos a ver hasta bastantes años después. Había tenido una discusión muy fuerte en clase con el sacerdote y según decían les habían visto dándose puñetazos en el pasillo. Tal vez eran leyendas que corrían en el patio del colegio.

El cura, al ver que nadie levantaba la mano, modificó el ejercicio:
-Bueno, pues que levante la mano quienes sí crean en el infierno
Pero tampoco obtuvo la respuesta esperada.

-¡Ajá, entonces estoy ante una clase de grandes agnósticos!”.

Primera vez que oíamos esa palabra en clase. Y entonces el cura nos dijo algo que nunca olvidé por lo radical y absurdo que me pareció:
-Si creen en Dios, tienen que creer en el infierno. No hay bien sin mal, ni Dios sin Satanás.

Pero la verdad era que la mayoría de nosotros teníamos otra idea de Dios, o un sentimiento de Dios que nos habían inculcado antes de que llegase ese sacerdote. Era un Dios de carácter festivo, una especie de amigo de juegos, pero que además sabía magia. En esa idea, no cabía el demonio. Eran los tiempos de la Misa Campesina, que hacía furor entre los curas más izquierdistas en todo el mundo que hablaba español. Así que cualquier celebración religiosa, para nosotros era una forma de representación artística y además muy divertida. Yo nunca creí en el infierno. Hasta fechas muy recientes. Hasta que lo pude ver.

Perdónenme el juego con la palabra (pero va en serio). Un amigo, periodista colombiano, Armando Neira, que sabe mucho de infiernos porque ha cubierto el conflicto allá durante algunos años, me envió el link de una película mexicana de Luís Estrada. Se titula así, El infierno, una tragicomedia negra que parece que está hecha desde dentro de los carteles. La he visto mientras esos carteles de los que trata la película están realizando una auténtica masacre de jóvenes, estudiantes, pacientes de centros terapéuticos para desintoxicación, trabajadores, etc. Han prometido acabar con la vida de 135 jóvenes, que equivalen según ellos a las 135 toneladas de marihuana interceptadas por la policía. En lo que va de semana, ya han conseguido eliminar a 42 personas. Probablemente algunos más cuando se publique este artículo. Hay a quienes les gusta esa frase de que “todos tenemos un precio”. Los carteles han puesto el suyo. 1 joven equivale a 1 tonelada de marihuana.

Esta realidad supera la ficción de la película que les comentaba. Pero en la película se respira la seducción que para mucha gente supone involucrarse en el narco. La espiral de desenfreno en todos los sentidos en la que se zambulle no tiene fin. La comida, la bebida, el sexo, la fiesta, la riña, la pelea, todo se vive en exceso. Siendo así, la vida no puede durar mucho. Y cuando te la quitan, ahí están Los tigres del norte para ponerte música y letra.

En Colombia, miran ahora a México con el estupor que allí se vivió en los años ochenta en las calles de Cali o Medellín. Eran los tiempos de Pablo Escobar. En un documental que se puede contemplar en youtube, Pecados de mi padre, el hijo de Escobar narra una especie de arrepentimiento y culpa, aunque deja muchas dudas. Desde su exilio en Buenos Aires, comienza una larga y difícil travesía hasta conseguir reconciliarse con algunos hijos de las víctimas de su padre. Pide perdón por lo que queda de su padre.

Los AK-47 que se utilizan en México para matar jóvenes se consiguen fácilmente en Centroamérica. Son los mismos AK que los padres de muchos nicas emplearon para matarse. En Nicaragua, por unos pocos pesos se compran y se llevan a México. Quienes los venden también tienen su precio. Pero yo creo que ahí empieza el asesinato. Y eso acerca a Nicaragua a todo lo que ocurre en México. El asesinato de tres hombres maniatados recientemente, las amenazas, la sospecha de algunos jueces comprados, o que parecen comprados, como funcionarios y policías comprados, que parecen lo mismo. La consigna de los carteles para Nicaragua es que aquí hay que dar vía libre, no sólo a la droga, sino al dinero, a las armas. ¡Si hasta Pablo Escobar se refugió alguna vez en Nicaragua!
Pero insisto. El problema no es el narco solamente. El narco lo exhibe con más descaro. El infierno real es una forma de violencia arraigada en generaciones, una suerte de viejos rencores y venganzas. Es la violencia que supera la ficción, con todo un ritual de sangre que asustaría al mismo diablo. Es la que se ha podido ver algunas veces en Las Minas, cuando todavía quedaban reductos de grupos armados violentos y se divertían con los campesinos a los que acusaban de traidores enterrándolos hasta el cuello y jugando con ellos a lo que llamaban “la gallina ciega”: un tipo con un machete iba agitándolo de izquierda a derecha hasta que llegaba al cuello de su víctima. Eso no es sólo un asesinato.

Tampoco estamos lejos de la impunidad. Cuántos delitos de sangre se quedan sin resolver en Nicaragua. Hemos visto cómo se mata casi en directo, y aún así, el asesino (recuerdan el del caso de Guadamuz) sale pronto de la cárcel y exhibe su impunidad.

Los sociólogos tendrán mejores explicaciones, pero hay algo que nos está doliendo por dentro desde muy pequeños. A los románticos les gusta pensar que se ataja la violencia desde la Educación (y yo soy un romántico en eso). De lo contrario, no veo por dónde. Este es el infierno que sí creo que existe. Y sí, también se miran cielos, personas que son como cielos, y hasta puedo imaginar, compartir con quienes creen que existe aún algo mejor. Ahora bien, sigo sin creer en el infierno del más allá. No. No puede ser peor que esto. Vamos a necesitar muchos cielos en lo que nos quede de vida. Cielos que bajen de una vez a la tierra.


franciscosancho@hotmail.com