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El salvadoreño David Escobar Galindo (Santa Ana, 1943), uno de los poetas más fecundos y profundos de hoy en lengua española, ha rendido un excepcional tributo a la más antigua forma poética japonesa en Trasluz (San Salvador, Ediciones Thau, 2006). Se trata de una colección de tankas (en el índice figuran 358), es decir: todo un dechado de asimilación sin precedente a nivel latinoamericano. Porque el mexicano José Juan Tablada (1871-1945), ante esa obra descomunal, se queda muy atrás. Primero en descubrir cuatro elementos de la poesía japonesa —economía verbal, tono coloquial, humor y amor por la imagen exacta e insólita—, Tablada brilló en su minipoemario Un día (1919) con sus poemas “sintéticos” inspirados en el hai-kai (tres versos), “los primeros escritos en nuestra lengua” —puntualiza Octavio Paz. Y también otra cosa es el ecuatoriano Jorge Carrera Andrade (1903-1978), autor de Microgramas (1940): un redescubrimiento del hai-kai, o “haiku”, a través de la imaginación metafórica y la temática rural, tropicalista.

En Centroamérica, el hai-kai ha tenido no pocos cultivadores. Pienso en los nicaragüenses Alberto Ordóñez Argüello (1914-1991) y Guillermo Rothschuh Tablada (Juigalpa, 1926), y en sus respectivos libros Cantos verdes a Costa Rica (1974) y Poemas chontaleños (1960). Pienso, por citar un nombre más, en el coterráneo de Escobar Galindo: Álvaro Menen Desleal. El mismo autor de Trasluz escribió hai-kais, siguiendo ese ejemplo. “Conocí después el tanka, en lecturas de Borges y de Octavio Paz”, declara en la nota prologal de su libro. Y añade: “Pero fue en Tokio, al oír al profesor Eikichi Hayashija, donde el tanka se me hizo presente como gratificante posibilidad personal. Este libro es el primer fruto de ese acercamiento venturoso”. Y en realidad, lo es.

Porque no es para cualquiera ejecutar casi tres centenares y medio de tankas —cinco versos que suman 31 sílabas— y mantener, sin altibajos, una voz unitaria, una amplia gama de emociones, más la espontánea frescura y la sencillez laboriosa del modelo. Pero a David Escobar Galindo esa empresa poemática, derivada de una visita al Japón, le resultó bastante feliz. Y yo, como amigo suyo y colega en menesteres literarios, lo celebro.

Como era de esperarse, no todos sus tankas conmueven en el mismo grado. Los transcritos a continuación me han parecido verdaderos aciertos. Escobar Galindo traza tankas de estirpe clásica, por ejemplo el que evoca al Góngora transparente: “Entre las zarzas /del escombro, la rosa /renueva el voto /de adhesión a sí misma, /a su símbolo invicto”. Otros son producto de su experiencia viajera por el archipiélago del Sol naciente: “Tortugas pétreas /en el jardín de Negu. /De noche son las piezas favoritas /del alado museo”, dice uno. Y otro: “El dibujante /desde un rincón de Ginza /hace que el cosmos /se detenga un momento /más largo que su vida”.

También ofrece un segundo tipo de tankas que se podría calificar de intimistas: aquellos sobrios, contenidos, como el de su devoción a una mujer sagrada: “Pasa el chubasco /desbaratando flores, /y una se salva. /Mi madre es esa flor /más fuerte que el chubasco”. O el de la presencia viva del revelador instante amoroso: “¿Recuerdas el día /en que el tren nos condujo /hacia la casa /dormida /entre los árboles? /No ha pasado aquel día”. Y el de la confesión dirigida dulcemente a la compañera, a su cónyuge: “Mujer secreta /que duermes junto a mí /como la joya /del tesoro enterrado. /Tu secreto es mi lámpara”.

Un tercer tipo de tankas corresponde a los ontológicos que abordan la brevedad de la existencia, desarrollada en todas las culturas. Uno tiene de sujeto a un árbol: el amate (palabra procedente del náhuatl), con el cual los indios de Mesoamérica fabricaban papel: “El viejo amate /también volverá al polvo. /Y cuando ocurra /podré decir que sólo /las nubes son confiables”. Otro suscribe la propuesta creadora del poeta: “La fuerza oculta /del ser se comunica /con el escombro /de la Nada. Inventemos /su atávica armonía”. Y uno más plantea esta directa intuición: “Me reconcentro /en la verdad dispersa. /Y así recobro /la vaguedad del ser, /la ebriedad del vacío”.

Un cuarto tipo de tanka se advierte en este florilegio virtual: los modernizados en sus motivos. El siguiente refleja los adelantos tecnológicos del Japón: “En PANASONIC /el rito de sonar /es un tablero /donde un solo botón /sueña que mueve el mundo”. Este consiste en una reflexión surgida durante su viaje aéreo transcontinental: “Somos errantes /asombros sedentarios. /Nos habla el iris /Viajamos entre válvulas. /Cazamos interludios”. Los marcados por la realidad política e histórica me parecen “ingeniales” (entre geniales e ingeniosos): “En las arenas /de Irak comienza el siglo. /Señal mimética /del diluvio que acecha /con disfraz de desierto”. Y el inevitable: “Torres gemelas. /La torre del sigilo. /La del poder. /Del súbito atentado /final nadie responde”. Otro más se hace eco de un acontecimiento reciente: “Es viernes 8 /de abril, hora de Roma. /El Papa, muerto, va entre la multitud, /feliz, resucitado”.

Escobar Galindo renueva el tanka, occidentalizándolo en la tradición de Mallarmé: “Mientras repaso /las páginas escritas, /me observa, atento, /el Ángel de la Guarda /de la página en blanco”; reelaborándolo: “Jardín de helechos: /universo de párpados. /Y en medio del ojo /único de la fuente. /Jardín que ve en lo oscuro”. Lo adapta a su vital entorno cotidiano: “Estamos juntos /los de siempre: la rosa, /la brisa, Dios /y tus manos amadas. /Los demás es desierto”. Y consagra esta dicha como el experimentado cantor deísta que ha sido: “La mesa puesta /para el convite diario. /No viene nadie. /No invitamos a nadie. /Solo Dios con nosotros”. Por eso el último de sus tankas dice: “Es el momento /de dar gracias a Dios. /Todo está en orden. /Compartimos tres gotas /de alegría en los labios”.

Los tankas de Escobar Galindo fueron escritos entre marzo y diciembre de 2005: los primeros en Tokio y los penúltimos en San Salvador; “los últimos siempre serán escritos mañana”, concluye su nota prologal, para recurrir inmediatamente al epígrafe de Giuseppe Ungaretti: “El corazón ha sido pródigo en luciérnagas”. El corazón: kokoro en japonés, palabra que contiene corazón y mente, sensación y pensamiento, recuerda Paz en el estudio preliminar de su traducción con el profesor Eikichi Hayashija de la obra de Matsuo Basho, Sendas de Oku: joya de la literatura japonesa del siglo XVIII.

Esta joya estimuló las del centroamericano, al igual que el consejo de Hayashija, al entregarle un ejemplar de Sendas de Oku: “Cultive el tanka, que es semilla viva de nuestra cultura”. Escobar Galindo en Trasluz ha demostrado que lo es también de la nuestra porque —proclamaba el mismo Paz— “el hombre es los hombres y la cultura las culturas”.