•  |
  •  |
  • END

El G-8 y G-20 deben ceder paso al G-192, o sea: a todos los países miembros de la Organización de las Naciones Unidas. Los 192 estados que integran el nuevo grupo, se reunieron en Nueva York, en la Asamblea General de las Naciones Unidas realizada del 24 al 26 de junio de 2009.

Ese mismo año, el Presidente de la Asamblea de la ONU, Miguel D’Escoto Brockmann, criticó al G-8 y la reunión de L’Aquila (una Ciudad italiana) acotando, que mientras se jactaban de representar el 65% del Producto Bruto Mundial, irónicamente sólo incluyeron al 14% de la población del globo.

El Grupo cuenta con el apoyo de 21 organismos de las Naciones Unidas y brindará espacios de participación a las organizaciones de la sociedad civil a través del Foro Social Mundial, una especie de anti-Davos que se ha venido reuniendo desde el año 2000.

El capitalismo, sucediendo al modelo regulador keynesiano o del bienestar social, como se le dio en llamar, hizo su diagnosis de agotamiento del patrón anterior y se propuso reorganizar el sistema capitalista en su conjunto, acorde a los principios liberales (neo-liberalismo) reciclados para su nuevo período histórico.

Constituyó un arquetipo íntegramente hegemónico, que logró extenderse de la forma más universal posible: de Europa Occidental a los Estados Unidos, de América Latina a China, de Europa Oriental a África, de Rusia al sudeste asiático. Tuvo crisis precoces –a lo largo de la década del 90, en México, en el sudeste asiático, Rusia, Brasil y Argentina– pero mantuvo su estatus, sin ningún otro proyecto alternativo que le disputase predominio.

Suscitó grandes movilizaciones de oposición –como las iniciadas en Seattle, que desembocaron en los Foros Social Mundiales-, siguió tropezando como en la OMC, en el debilitamiento del FMI y del Banco Mundial; sin embargo, continuó siendo el único modelo globalizado. Después de algún tiempo, la propuesta híbrida de China permitió que surgiera la expresión Consenso de Pekín, en lugar del de Washington, pero siempre en torno a los ajustes de las políticas de libre comercio.

Algunas potencias centrales del capitalismo, ya habían sido víctimas de la desregulación y del poder de ataque del capital especulativo, entre ellas Gran Bretaña, en la década del 80, pero todo ataque de esa índole tenía a los Estados Unidos como beneficiario y cualquier fuga de capitales a la Bolsa de Valores de Nueva York como refugio.

Se sabía que tal especulación sólo podría encontrar límite, en el momento en que su principal beneficiario fuese al mismo tiempo su víctima. Y el momento llegó con la gran crisis capitalista, se dice que la mayor desde 1929, capaz de abrir camino a la construcción de un modelo alterno. Pero por ahora, no se vislumbra ningún paradigma, que pueda jugar ese papel, ni siquiera de manera embrionaria. No hay vestigios de que esto sea posible.

No existe una lógica racional del sistema capitalista, que haga que sus agentes –desde las grandes corporaciones a los Estados dominantes– actúen congruentes a una lógica superior del mismo. Esa es una de sus contradicciones estructurales, la misma que existe entre la dominación global y la apropiación privada.

Y es que, lo que se agota no es sólo un prototipo hegemónico, sino también la hegemonía política de los Estados Unidos las dos columnas de sustentación del nuevo período político, que sustituyeron al modelo regulador y a la bipolaridad mundial. Además, en este plano, no surge aún en el horizonte otra potencia o un conjunto de ellas, en condiciones de ejercer una naciente supremacía.

En relación con los efectos sociales de la crisis, lo peor está por venir. Ello ha provocado que el Papa Benedicto XVI (conocido por su conservadorismo), alertara sobre la “necesidad de un orden mundial más democrático que otorgue un papel mayor a los países emergentes y la urgencia de una nueva y verdadera autoridad política mundial, sin la cual no se puede conducir la globalización” (Veritas in Caritate, Cap. 6, punto 67).

La construcción de un orden mundial más democrático, tiene que dar paso, a la conformación del Grupo de los ciento noventidós (G-192), es decir, a todos los países miembros de la Organización de las Naciones Unidas. El G-8 y G-20 deben permitir acceso a la transición hacia un mundo multipolar, en el que surgirán otras potencias económicas globales y en el que la hegemonía ejercida por los Estados Unidos desaparecerá o disminuirá notablemente, ello no tendrá lugar sin tensiones ni dificultades.

La crisis económica actual puede expandirse más de lo previsto. A nivel mundial puede ser uno de los fenómenos desencadenantes de las dificultades para la sociedad internacional en su conjunto. Siempre que un debilitamiento económico generalizado tuvo lugar en el pasado, en el mundo brotaron las más diversas dificultades de gran trascendencia.

Actualmente, la hegemonía tiene sin duda, sus aspectos negativos, no obstante, correremos un gran riesgo si no ponemos en marcha otra nueva hegemonía o un novedoso y fresco sistema de gobierno y ordenamiento mundial, por lo que es preferible asumir el coste que todo cambio trae consigo.

El fenómeno de la globalización, además de su natural sesgo económico, implica un creciente proceso integracionista en términos políticos y socio-culturales. El G-8 ya no es el eje del poder mundial; y el G-20, por su lado, pretende erigirse en la nueva plataforma de gobernabilidad global. Por ahora, resulta difícil vaticinar, quién llevará las riendas de la globalización, en el hipotético caso que este vertiginoso proceso de concentración y acumulación capitalista, sea susceptible de serlo.

En resumen, estamos frente a una época de transición y cambio que no permite ser optimista a nadie, pero que tampoco será el fin del mundo. Los problemas no serán más graves que en otros tiempos y la tendencia al entendimiento y la negociación campeará por encima de la conflictividad típica de una era de grandes transformaciones, donde no sería remoto el nacimiento de un nuevo eje hegemónico.


*Diplomático, Jurista y Politólogo