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¿Con qué frecuencia vemos a los capitalistas gritar y hasta ir a la corte para defender el principio de que los propietarios legítimos no pueden ejercer ningún control sobre su propiedad? No está sucediendo en América Latina ni en la Suecia socialista, sino en Estados Unidos de América.

Los capitalistas en cuestión son nada menos que el escalón superior de los Estados Unidos corporativos: la Mesa Redonda Empresaria, un grupo poderoso compuesto por los máximos responsables ejecutivos de las principales corporaciones estadounidenses, que promueve políticas públicas pro-empresariales. El motivo de su discordia es la tan debatida regla del “poder de acceso de los accionistas”, adoptada en agosto por la Comisión de Bolsa y Valores (SEC, por su sigla en inglés) para hacer frente a la falta fundamental de responsabilidad de las juntas corporativas.

En el sistema actual, las juntas corporativas son entidades que se autoperpetúan. Para ser electo, un miembro de una junta necesita ser nominado por la junta actual, donde los ejecutivos tienen considerable influencia. Como resultado, los miembros de las juntas deben su lealtad a los gerentes que directa o indirectamente los designan –y en consecuencia tienen poco incentivo para disentir, para no ser castigados con la exclusión.

Hasta los directores independientes, muchas veces aclamados como la solución a todos los problemas, son objeto de la misma presión. Para revertir esta situación, se les debe permitir a los inversores institucionales proponer su propia lista de directores. La posibilidad de ser rechazados en una elección real naturalmente haría que los miembros de las juntas asumieran su responsabilidad frente a los accionistas, obligando indirectamente a los ejecutivos a hacer lo mismo.

La regla de la SEC fue un intento por otorgarles a los inversores institucionales este derecho. Lo hizo en un formato muy ligero. Las empresas con una participación pública inferior a 75 millones de dólares estaban exentas, y los accionistas que quieren proponer una lista deben tener al menos el 3% del derecho de votación de los títulos de la compañía, y haberlo tenido sin interrupción durante por lo menos tres años.

Esta es una valla muy alta. En junio de 2009, el mayor fondo de pensión de Estados Unidos (Calpers) tenía menos del 0,3% de compañías grandes como Coca Cola y Microsoft. En consecuencia, había que coordinar diez fondos de ese tipo para alcanzar el quórum. Y hasta eso no era suficiente. El fondo de pensión promedio tiene un rendimiento anual del 70%, lo que significa que la probabilidad de que una acción se retenga de manera ininterrumpida durante más de tres años es inferior al 3%. De manera que para alcanzar ese 3% del derecho de votación y mantenerlo durante tres años sin interrupción, habría que reunir cientos de instituciones.

Sin embargo, hasta este intento cauteloso por generar una mayor responsabilidad provocó una reacción airada de parte de la Mesa Redonda Empresaria. “Mientras nuestro país se esfuerza por salir de esta recesión”, escribió su director ejecutivo, “las empresas norteamericanas necesitan concentrarse en crear empleos y fomentar la innovación que nos vuelva a poner en el camino de un crecimiento económico sostenido. Esta intrusión sin precedentes en áreas históricamente reservadas a los estados maniataría a los directores y las juntas, excluiría a la vasta mayoría de los accionistas minoritarios y exacerbaría el interés en el corto plazo que hoy se ve como una de las causas principales de la crisis financiera”.

Irónicamente, en 2007, en respuesta a una propuesta anterior de la SEC para otorgar poder de acceso a los accionistas, Wachtell, Lipton, Rosen & Katz, una firma legal conocida por sus posturas en contra de los derechos de los accionistas, utilizó el argumento contrario: “Ninguna crisis del mundo real ha demostrado que el sistema actual necesite una revisión radical. Cinco años después de Enron y WorldCom, los mercados de capital están bien adentrados en un ciclo de vigor sin precedentes”.

En otras palabras, si al mercado accionario le está yendo bien, no deberíamos cambiar las reglas del juego a las que se atribuye este éxito. Pero si al mercado accionario le está yendo mal, las reglas del juego no son responsables y no podemos permitirnos cambiarlas. Esa es una noción peculiar de la responsabilidad.

Para bloquear la regla, la Mesa Redonda Empresaria presentó una demanda ante la Corte de Apelaciones de Estados Unidos para invalidarla. La regla había estado sometida a revisión durante años, pero la Mesa Redonda Empresaria acusó a la SEC de “no haberse comprometido en una elaboración de leyes basada en evidencia”, porque no evaluó los efectos de la regla en materia de “eficiencia, competencia y formación de capital”, como requería la ley.

Esto no es más que una pretensión. En Italia está en vigencia una regla similar desde 2005, y nada indica que se haya afectado la eficiencia, la competencia o la formación de capital. Hay, sí, un cierto indicio temprano de que los miembros de las juntas nombrados por los inversores institucionales tienen la valentía de hacer frente a los directivos cuando se trata de una excesiva compensación ejecutiva. ¿Es esta la revolución a la que le tiene medio la Mesa Redonda Empresaria?
Desafortunadamente, las tácticas de miedo empleadas por la Mesa Redonda Empresaria funcionaron. Tras la demanda, la SEC suspendió no sólo la aplicación de su regla que le exigía a las compañías otorgar acceso a accionistas calificados, sino también una regla que les facilitaba a los accionistas introducir un estatuto que les otorgara acceso, aunque la Mesa Redonda Empresaria no había cuestionado esa regla. Es una gran victoria para los ejecutivos empresarios, pero una inmensa derrota para los principios que deberían guiar al capitalismo.


Luigi Zingales es profesor de Vocación Empresarial y Finanzas en la Graduate School of Business de la Universidad de Chicago y autor, junto con Raghuram G. Rajan, de Saving Capitalism from the Capitalists (Salvar al capitalismo de los capitalistas).


Copyright: Project Syndicate, 2010.

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