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Si se revienta el hilo incoherente de una discusión entre políticos y surgen las sutilezas con bola ensalivada, se apela de inmediato a la razón de “algunas fortalezas”, que no son más, que los estados de ánimo. El hombre de la calle en cambio busca las soluciones en familia o en la recompensa de la amistad. Otros, en la infinita variable de la contemplación espiritual. Son quizá normas desprejuiciadas del descontento, las que se suman en momentos difíciles y las que exigen la sana reflexión. Pero, ante todo es el estado de ánimo el más influyente catalizador, para los que manosean la cosa pública.

A veces, entre los discursos y diatribas entre políticos, la única fuerza que se impone como un dardo para fijar una posición, es el contraste político, que sin ajuste y sólo como una apelación aventurada recae en el estado de ánimo. Así las cosas, intuir que, el mejor partido político es el estado de ánimo. Como no se exige el pensamiento pleno ni la búsqueda de pautas que animen otras formas de unificación social, el estado de ánimo es la prioridad de la respuesta (y como dicen los comediantes suelten los aplausos). Ahora bien, todos sabemos, que a los políticos les cuesta pensar. La salida es eliminar escalones o contratiempos inútiles, porque allá arriba las cosas se surten de otro modo. Las intenciones de los políticos no siempre coinciden con sus electores. Es una forma de imponer el poder y reivindicar sus omnipresencias en la vida cotidiana y nacional. A ellos, se les ha asegurado inmunidad y no están dispuestos a perderla ni a exponerse a cualquier eventualidad que huela a iniciativas democráticas. Es parte del recelo y la confirmación del comportamiento de sus egos. Los políticos no se atreven a tener aventuras que los sitúen en desventaja de sus privilegios ni a correr el riesgo de perder el favor de sus mandos políticos. Para el oficio de los políticos no hay juicio normal, ni garantías ciudadanas. Ellos van “sobre”, como dicen los chavalos. Además, ya escogieron estar arrimados a la eternidad de sus vicios.

Es fácil de comprobar que el estado de ánimo es el partido político, que nunca va a renunciar al poder, porque siempre se estacionará en los umbrales de las prebendas. Es previsible su oportunismo, aunque no tenga desempeño popular. Así como es de esperar que se mantenga controlando todo y en representación de todos. El ego y el cinismo más cool son su mejor amparo. Son de todo terreno y de todo tiempo, así de simple como una maquinaria.

En el día a día, nos encontramos tan atribulados o estresados por nuestros propios sudores, que casi no nos hemos dado cuenta de que ha crecido muy rápido y con fines insatisfechos por su voracidad, el estado de ánimo, el partido político, que no acepta señalamientos ni preocupaciones sociales, que alteren los nervios de sus oficiosos dirigentes. Haga un ejercicio ordinario y encontrará que un señor que trabajaba como libretista radial es víctima voluntario de su senectud y quiere no sólo ser presidente, sino que mandar adentro y afuera de este pequeño país. El también actor radial, ahora es un notorio servidor del estado de ánimo, el partido político, que ya lo tiene prisionero.

La pandemia de la declararacionitis (alharaca principal) de los políticos en los medios de comunicación, asegura larga vida al estado de ánimo, el partido político, de los que se reservan el derecho de hacer lo que se les venga en gana, sin obligarse a confesar escrúpulos, ni adentrarse en sentimentalismos caseros, que les perturben el camino para conciliar el éxito de su futuro. Mientras, tanto, sigamos descubriendo a los personajes de la arbitraria actuación, que no hacen más, que confundir y meter ruido en la tranquilidad del vecindario.