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Quizá sea fácil opinar de política sin estar inmiscuido directamente. Pero no es gratificante hablar de ello cuando se atiende a la ceremonia de confusión que se desarrolla en Nicaragua, si cuando hablamos de política atendemos solamente a lo que ocurre entre el gobierno y la oposición y las suciedades de la Asamblea. Puede que sea fácil decir desde afuera lo que a uno le parece bien o le parece mal. Pero llama la atención la existencia de dos lenguajes que no se entienden.

Parece que desde que Daniel Ortega asumió el poder, el mayor afán del gobierno ha sido poder sentar las bases de un gobierno danielista por muchos años vía reelección u otro mecanismo equivalente; y el de la oposición que eso no suceda. El resto de políticas que afectan a los intereses más directos del país, no ha tenido la misma prioridad que este asunto ni en los medios ni en las manifestaciones de la oposición. Si atendemos a las opiniones expresadas por sus diferentes “líderes”, veremos que su objetivo ha sido siempre detener la intención de que se cree un régimen danielista. Tienen razón en algo: la perpetuación de una persona en el poder no ha traído nunca nada bueno. Y por favor, no utilicemos el ejemplo de Cuba, mejor dejémoslo para otro día. Sin embargo, el lenguaje opositor me parece que no tiene traducción para un nicaragüense de a pie un lunes a las seis de la mañana o cualquier día donde haya que buscarse la vida.

Antes, el mundo de la política aprendía y escupía palabras provenientes desde las grandes ideologías y las teorías filosóficas y económicas (muchas de ellas provenientes del siglo XIX). Y esas palabras resonaban como estatuas, como cosa grande: capitalismo, revolución, liberalismo, socialismo o muerte. Ante esas palabras no quedaba más reacción que la de dar la vida u odiarlas. En Nicaragua, esas palabras han costado mucho, y se quedaron petrificadas desde los años ochenta ante el retrato de uno de tantos muchachos caídos en la guerra, sólo que en ese retrato el muchacho está vivo, mirando de frente en el día de su graduación, o en el de la primera fotografía de estudio, apenas protegido por un vidrio de color verduzco, pardo ya por la humedad ante el que todavía una mujer mayor se pone triste o llora. Era cuando se daba la vida por las palabras, ¿recuerdan?
Ahora, desde el gobierno, pero sobre todo desde la oposición, se vuelven a emplear grandes palabras que huelen un tanto a rancio: institucionalidad, democracia, respeto a las leyes. Son moscas que se ahuyentan a las seis de la mañana sobre las mismas mesas de madera del Huembes, donde durante años se han palmeado tortillas como al son de tambores con un ritmo inconsciente de que es ritmo, ejercido por las mismas mujeres con los mismos vestidos. No. No son las mismas mujeres, sino las hijas y las nietas, y hasta las biznietas de aquellas. En algunos casos, sí, su ropa es la misma. Y palmean, muchas veces sin ganas, pero con una infinita paciencia.

El problema del lenguaje que se escucha en la radio o en la televisión, que se lee en los titulares, cuando lo expresa la oposición, en frases como “Nicaragua volverá a ser república” es que suenan más bien a nada, exactamente igual que los eslóganes del gobierno, pero esos por lo menos provocan la risa y los chistes, el vulgareo general y las risas. Todo suena a broma y con la broma hasta se pueden ganar elecciones.

Sin embargo, traducir “institucionalidad”, “constitución” o “no a la reelección”, y traducirlo en una promesa real de mejora de las condiciones de vida es, a día de hoy, una tarea muy difícil. Porque no hay quien le demuestre a un nica de a pie que un mayor respeto a la Constitución y la institucionalidad vaya seguido de una mejora de vida. Quizá porque nunca haya habido esa práctica. En general, la gran mayoría de la gente sabe que no es partícipe de la democracia, más que cada 5 años, así que como no se le pregunta ni tampoco existen mecanismos de participación que sean tan efectivos como el día de las votaciones, lo que se espera es que al menos el gobierno no dificulte más la vida de lo que ya es. Una vida que hastía de repetirse a sí misma, tanto que se llega a tener querencia por que las cosas no cambien, que sigan igualito, por si acaso el cambio las hace peor de lo que ya estaban. Una especie de síndrome de Estocolmo, que bien pudiera llamarse, de Managua. Las mismas, repetidas, idénticas palabras, la misma hora, las mismas costumbres, los mismos hoyos para salir del barrio, los mismos policías en las mismas rotondas esperando un error y su fresco, las mimas mujeres que cantan desafinando la Purísima, los mismos reclamos por las facturas de la luz siempre equivocadas, las mismas moscas sobre la misma madera del Huembes y el mismo ruido del manotazo que las espanta: “Grandes palabras, váyanse y no jodan más”.

Si se recorre un poco América Latina, algunos cambios son visibles, se puede percibir el paso de los años en busca de un desarrollo un poco más digno. En Nicaragua, la imagen, el ritmo y la esperanza no ha cambiado desde hace decenios. Mal signo.

No hay discurso ni marcha organizada en las calles, ni huelgas de hambre que puedan traducir esas palabras y que puedan comprometer a algo. La pregunta es si se trata tan sólo del lenguaje o de que los líderes de esa oposición que quiere el poder del gobierno están tan lejos como las palabras que repiten día a día y que les preocupa tanto.

La clave del éxito actual del partido en el gobierno ha sido entender que el respeto a las instituciones, la legalidad, la Constitución no significan demasiado en Nicaragua o están en un segundo plano ante la enorme carencia de acceso a los servicios más básicos. Para qué engañarse. La gente en dificultades económicas (la mayoría de los nicaragüenses, y especialmente los que viven al límite de la miseria, la mayoría pues de los que votan) perciben esfuerzos de acercamiento, como el de la gratuidad en los servicios de sanidad y educación, y también el lenguaje del poder, que es más un tono que un lenguaje, es más una mesa recubierta de flores que un mensaje, y con todo ello se teje poco a poco una red que es la mitad más uno de engaños y pequeñas regalías, pero que generan eso, la identificación con ese otro lenguaje de gestos. Es la manera en que todas las dictaduras se han hecho. No darle el poder el pueblo, sino hacer creer que lo tiene de alguna manera, sin que se cuestione la figura del líder supremo por supuesto. Pero es que la oposición habrá contribuido perfectamente a que se genere un liderazgo incuestionable de una sola persona, o de dos. ¿No pusieron precio muchos diputados a su voto? Siempre hay quien averigua el precio exacto de una persona.

La imagen de la oposición no deja de ser la de sus líderes enzarzados en sus reuniones, sus pequeñas traiciones y gritando a los cuatro vientos grandes palabras de un lenguaje que no toca el suelo. Y ni siquiera llega a la madera de siempre donde se palmean tortillas desde hace tantas mañanas, a veces sin ganas, pero con una infinita paciencia.


franciscosancho@hotmail.com