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El lenguaje es, por excelencia, el gran instrumento de la comunicación. A través del lenguaje, el individuo ha logrado simbolizar todo lo que la civilización y la cultura han significado para la humanidad desde los estadios primitivos de la sociedad hasta nuestros días.

Si entendemos la comunicación como la transmisión de señales mediante un código común entre las personas, tenemos que hablar de numerosos lenguajes producto de las necesidades comunicativas de los hablantes. Cada lenguaje se constituye en un sistema de signos cuyos elementos son fácilmente entendibles entre el emisor y el receptor. Así hablamos -además del lenguaje oral y escrito- del lenguaje de las flores, de los colores, de las señales de tránsito, etc.

¿Ha visto usted mientras viaja una indicación vial que prohíbe, por ejemplo, adelantar cuando va un vehículo delante del suyo? ¿Se ha fijado en alguna señal que advierte de un peligro, como un derrumbe o una pendiente muy inclinada? ¿Se ha enterado por una señal la proximidad de una estación de gasolina o un taller de mecánica?
Como ve, las señales de tránsito son nuestra guía en las calles y carreteras, porque nos transmiten a través de signos previamente convenidos informaciones que resultan necesarias para todo viajero: nos indican distancias entre ciudades, nos advierten de curvas peligrosas, de puentes de un solo carril, de la presencia de ganado en la vía y todo aquello que el conductor requiere para viajar con relativa seguridad.

Toda señal de tránsito debe reunir determinadas características: a) transmitir información empleando la menor cantidad de palabras posibles; b) poseer un carácter internacional, es decir, un mismo símbolo debe ser exactamente interpretado por cualquier persona de cualquier parte del mundo y de cualquier idioma; c) ser realmente necesaria; d) ubicarse en un lugar visible; e) debe ser legible y fácilmente entendible.

El mejor ejemplo es el “lenguaje” de los semáforos: la luz verde significa “pasar”, la amarilla “precaución” y la roja “detenerse”. Fijémonos que se trata de un auténtico código no lingüístico, porque no necesita del lenguaje y no requiere por tanto del dominio de un idioma determinado para transmitir e interpretar el mensaje. Se trata de un código no lingüístico visual, como la mayoría de las señales de tránsito, porque se transmite a través de la vista. El código consiste en el significado del color de la luz.

Pero hay también códigos no lingüísticos auditivos, como el sonido prolongado de la sirena de una ambulancia, y códigos no lingüísticos gestuales, como las señales que un policía de tránsito hace con las manos para indicar una dirección o una señal de detenerse.

En general, las señales de tránsito se denominan “señales de reglamentación”, porque indican limitaciones o prohibiciones impuestas por leyes y normas. Sirven para limitar, obligar o prohibir determinadas situaciones en el tránsito, así como para instruir al conductor sobre cómo proceder en uno u otro caso. En fin, ubicadas en el lugar correspondiente, transmiten órdenes específicas de cumplimiento obligatorio.

Las hay de diferentes formas y diseños: circular (como la que indica “estacionamiento”), en forma de rombo (como las que indican “dirección” con una flecha), octogonal (como la que indica “alto”), o en forma de triángulo equilátero invertido (como la que indica “ceda el paso”). También pueden ser de forma cuadrada o rectangular, de color verde, negro o azul con una flecha de color blanco para indicar “sentido de circulación”, como las señales verticales “informativas de identificación”, que tienen por objeto identificar las carreteras según su número de ruta y kilometraje. Habría que agregar las “señales horizontales o de piso” que, trazadas en el pavimento y de color amarillo o blanco, consisten en líneas o marcas paralelas al sentido de circulación.

Ética y responsabilidad vial

La ética es un planteamiento de conductas por las cuales se guía y se construye una comunidad organizada y respetuosa de los cánones y normas de comportamiento social. Y la responsabilidad es la obligación moral de asumir las consecuencias de los actos.

Un código de ética y responsabilidad vial de una sociedad es el relacionado con las normas que rigen la seguridad de las personas en su libre tránsito por las calles y carreteras, como peatones o conductores de vehículos. Este conjunto de normas que gobiernan el comportamiento vial está contenido en el Código Nacional de Tránsito del país y su misión está orientada a organizar, controlar y dirigir todos los planes y programas relacionados con el tránsito y transporte en el marco de sus facultades, con el fin crear una cultura que garantice seguridad y desarrollo para la sociedad.

¿Por qué son importantes estas normas o leyes? ¿Y por qué tenemos a la Policía? Como dice el filósofo inglés Thomas Hobbes, una vida sin un gobierno que sustente la ley sería “detestable, brutal y corta”. Imagínese usted una sociedad en la que las personas hacen lo que quieren sin esperar un castigo o sanción a cambio.

No basta, sin embargo, que haya un conjunto de normas que regulen la seguridad vial. Ni siquiera su estricto cumplimiento mediante la fuerza coercitiva aplicado en forma selectiva. En un Estado de derecho todos los miembros de la sociedad están gobernados por leyes establecidas en forma democrática, las cuales se aplican uniformemente, sin preferencias o condicionamientos, con el fin de proteger los derechos individuales.

El problema de la corrupción y la inseguridad son cuestiones “culturales”. La cultura de una sociedad la determinan los ciudadanos, pero la cultura de la Corporación de la Policía la determinan los mismos agentes policiales. Tanto el ciudadano que transgrede la ley y ofrece una “mordida” como el agente policial que la acepta o abusa de la autoridad y de la fuerza se involucran en la corrupción y socavan el Estado de derecho
En cambio, cuando un policía y un ciudadano respetan el Estado de derecho ambos promueven, al mismo tiempo, la cultura de la legalidad, entendida como la creencia compartida de que cada persona tiene la responsabilidad individual de ayudar a desarrollar una sociedad con un Estado de derecho.

Un signo es una señal portadora de un significado. Y esa señal, como la de tránsito, está normada por una ley. Como dice el filósofo Anacarsis (siglo VII a. C.), no convirtamos la ley en una telaraña, porque los grandes la rompen, pero los pequeños se quedan prendidos en ella.


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