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La revolución conservadora, iniciada por Reagan y Thatcher, es la culminación de lo que Walter Russell Mead, llama el sistema angloamericano, supuesto a modernizar el mundo a partir del siglo XVIII, mediante la combinación del comercio (ahora, globalización y libre mercado) y el poder militar. El sistema, civilización lo llaman algunos, amenaza fracasar en los albores del siglo XXI.

En la década de los 90, mientras la ruleta del casino financiero global giraba frenéticamente y el sueño de la especulación infinita proyectaba la fantasía del optimismo perpetuo, existía la presunción de que alguien estaba a cargo de la conducción.

A la par de que el Grupo de los siete (G-7), las grandes potencias económicas capitalistas con el unilateralismo norteamericano como piloto, trataban vanamente de señalarle dirección al proceso, el World Economic Forum, desde Davos, operaba como la usina intelectual; una especie de Colegio Cardenalicio de la neo teología del “mercado global auto gobernado”. Luego integraron a Rusia como pariente pobre, creando el G-8, en un afán de compartir los riesgos de este viaje espacial cotripulado.

Cuando la crisis de 2008 estalló, fue un despertar del “sueño especulativo eterno”. Los países ricos descubrieron que los emergentes tenían algo que decir sobre el plan de vuelo y los integraron al equipo para moldear una nueva arquitectura financiera internacional. Así, aparece en escena el G-20 (los 8 más 12 países emergentes) que se reunieron primero en Washington y después en Londres.

En julio de 2009 en la reunión de L’Aquila, Italia; el G-8 convocó a los miembros del G-5 (Brasil, China, India, México y Suráfrica) y otros catorce países, incluyendo a los miembros del club: Alemania, Canadá, EE UU, Francia, Italia, Japón, Reino Unido, Rusia y varias organizaciones internacionales para abordar la crisis económica, el problema del hambre y el calentamiento global.

Con estas ampliaciones de la mesa de las decisiones globales, buscan compartir ó deferir la carga de la responsabilidad y los costos sociales de una crisis que generaron, básicamente, EU y sus socios originarios. Todo apunta a transformar al G-20 en una virtual, plataforma de gobernabilidad del sistema mundial.

Finalmente, pese a los devaneos neo-liberales de Davos, los líderes del mundo han entendido que la globalización es un proceso simultáneo de fragmentación e integración, en que la producción se descentraliza, al tiempo que se concentra en el sistema integrado de producción transnacional, una singular naturaleza de doble vía, una paradoja dual.

Ben Shalom Bernanke, gobernador de la Reserva Federal, advirtió del riesgo que existe de que se interrumpa la recuperación de la economía, tanto de la americana como de la global, llegando a calificar como “inusualmente inciertas” las perspectivas, y es que son múltiples las señales que indican que, por mucho que se quiera, la tempestad no ha pasado.

Tal pareciese que lo único que importaba era rescatar las entidades financieras y que, una vez logrado tal objetivo, se torna a las andadas retomando las férreas prácticas del neoliberalismo económico. La línea divisoria entre el lucro, el motor de la economía de mercado y la codicia es, al parecer sutil.

Hay indicios de que se están incurriendo los mismos errores que en los años treinta. Pero además, se ha propagado un velo de silencio sobre los tímidos intentos realizados para identificar las causas reales de la crisis: la globalización económica y financiera.

Mientras persista la libre circulación de capitales y continúen los brutales desequilibrios en las cuentas exteriores de los países, mientras la Unión Monetaria persista con las mismas reglas y no se creen e implementen mecanismos idóneos de compensación, será difícil que el espectro de la depresión se aleje por completo.

Incluso, los mismos planes de estímulo pueden resultar ineficaces. ¿Quién impedirá que los emprendidos en EU, contrario a reactivar la economía americana, generen un mayor superávit de la balanza de pagos de China incrementando con ello la deuda estadounidense?
El epicentro del problema está ahora en el mercado más libre y globalizado: Wall Street, el templo mayor del neoliberalismo, con el agravante de que envuelve a sus dos guardianes, ambos nombrados en el año 2006: El presidente del Banco Central, Bernanke, profesor de economía especializado en la gran depresión de 1929, y el Secretario del Tesoro (Hacienda), Henry Merritt Paulson Jr., quien fuera presidente y gerente general de Goldman Sachs entre 1999 y 2006, uno de los cinco gigantescos bancos de inversiones que desapareció en este vendaval. Es como poner a los zorros a cuidar un gallinero.

En 1907, una crisis financiera, superada gracias a la intervención de los banqueros de Nueva York encabezados por JP Morgan, originó el primer banco central del mundo, con la misión de ser el prestamista de última instancia.

Por eso la globalización no es solo un fenómeno económico, sino también un proceso de integración creciente en términos políticos, sociales y culturales. El G-8 no es más el eje del poder mundial y el G-20 intenta transformarse en la nueva plataforma de gobernabilidad global. Aventurado es por ahora, pronosticar quién gobernará la globalización, en el supuesto que este meteórico proceso de concentración y acumulación capitalista, sea susceptible de ello.

No pocos consideran el desarrollo de una perspectiva individualista la mayor amenaza para la solidaridad hoy día, pero eso está íntimamente vinculado con una sensación cada vez más frágil de identidad común. En las sociedades democráticas, la solidaridad es esencial; de lo contrario, tienden a desmoronarse. Deviene casi imposible que funcionen cuando se supera cierto nivel de desconfianza recíproca, o algunos miembros experimentan la sensación de que otros, los han abandonado.


*Diplomático, Jurista y Politólogo.