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Nos hemos acostumbrado a referirnos a la violencia de género exclusivamente como los actos violentos cometidos por hombres contra mujeres, pero también es violencia de género la cometida por hombres contra hombres cuando su motivación fundamental es probar la masculinidad por medio de las agresiones físicas y/o armadas en correspondencia a uno de los principales mandatos patriarcales.

En este sentido, las constantes masacres y enfrentamientos entre hombres, principalmente jóvenes en la región centroamericana, o en países como México, Colombia y Venezuela, constituyen una manifestación colectiva de una corriente de afirmación machista que caracteriza el auge de la violencia y los delitos que abruman y horrorizan a nuestras poblaciones.

El modo de actuar de pandillas y maras, así como de los grupos de narcotraficantes o criminales organizados, más allá de sus objetivos particulares o su relación con los problemas sociales, económicos o políticos que afectan a nuestras sociedades, evidencia una suerte de contraofensiva de género para reafirmar viejas creencias patriarcales en crisis en el contexto de los cambios que han alterado las relaciones de poder, principalmente económicas, entre hombres y mujeres sin propiciar un cambio correspondiente en las creencias y mentalidades.

Basta una rápida revisión del ideario cultural de estas agrupaciones, de la letra de sus canciones, del vestuario, ademanes y hábitos para constatar su mensaje fuertemente misógino, no sólo referido al odio y desprecio hacia la mujer, sino hacia todo comportamiento masculino asociado a ello. Nunca como ahora se ha despreciado tanto la expresión afectiva o emocional de los hombres mientras se ensalzan sus actos despiadados y brutales, alentados por el imperio mediático que nos impone al héroe exterminador. Simultáneamente se ensalza la imagen de la mujer como mero objeto sexual, al servicio de la violencia masculina o identificada con ella, pues cada vez más asistimos al endiosamiento de las exterminadoras femeninas.

Cada vez está más claro que no basta nacer hombre, pues la duda sobre la “verdadera masculinidad” penderá como la espada de Damocles sobre el cuello de cada hombre que no esté dispuesto a probarlo en algún momento de su vida por la vía de la violencia. Un hombre que no cede a la provocación de otro u otros, será por lo menos tildado de cobarde, ridiculizado, estigmatizado y aislado de sus pares, e incluso despreciado por el grupo femenino. Si por el contrario, responde con la violencia que se espera de él y muere a causa de ello, habrá pagado con su vida la pública confirmación de su “hombría”. Es la trampa del patriarcado que cobra la vida de millares de hombres a diario.

La violencia es el requisito más inseparable de la condición masculina, lo que según diversas estadísticas cuesta la vida a siete hombres por cada mujer en hechos violentos cometidos en las calles. Este mandato está estrechamente relacionado con la espiral creciente de homicidios que está asolando a la juventud en nuestros países. Hace unos días, 14 jóvenes que se disponían a jugar fútbol en un barrio pobre de San Pedro Sula, fueron masacrados a balazos y ocho más fueron heridos de bala. Anteriormente habían ocurrido masacres similares en una fábrica de zapatos y una vivienda donde murieron otras 24 personas. Esa ciudad hondureña detenta una de las más altas tasas de mortalidad por homicidio en el mundo, 95 por cien mil (2008), mientras que la tasa en Nicaragua es de 14 por cien mil habitantes en la actualidad.

En México, los enfrentamientos han costado 28 mil muertos por homicidio desde 2006, la inmensa mayoría hombres jóvenes, mientras que en Centroamérica la cifra de homicidios mayoritariamente masculinos es de 11,025 personas entre 2007 y 2009, una cifra aún más terrible que la de México, en términos proporcionales.

No responder a las provocaciones o no tomar venganza ante una agresión de grupos rivales no puede ser peor vista entre los jóvenes de la región, para quienes han surgido una serie de designaciones tales como “peluche”, “culero” u otras que significan siempre lo mismo: cobarde, mujercita u homosexual. Lo peor que puede pasarle a un hombre es parecerse a una mujer en cuanto a mostrarse emotivo, sentimental, conciliador y no violento.

En la actualidad, millares de hombres están viviendo una profunda crisis en sus concepciones tradicionales acerca de su masculinidad, debido principalmente a la desocupación y la pérdida de ingreso y poder económico, que ha empujado a grandes contingentes de jóvenes a la marginalidad y la exclusión, al mismo tiempo que millones de mujeres han irrumpido en la vida económica y la actividad social. Podríamos decir que los cambios de género han llevado a la mujer hacia el ámbito público sin acercar al hombre a la esfera privada. Hemos insertado a millones de mujeres en el mercado de trabajo, pero no hemos alentado con el mismo empuje el acercamiento del hombre a la familia, la paternidad y la afectividad. Creo que el resultado de ello está siendo devastador para la humanidad.

En América Latina, estas transformaciones de género han ocurrido en un contexto de profundas desigualdades económicas, de viejas heridas sociales y culturales no resueltas, como también en el marco de un proceso de globalización que promueve el consumo compulsivo a través de una publicidad abrumadora, a la cual sólo las minorías tienen acceso.

Si agregamos a lo anterior la dificultad de nuestras economías para ser competitivas en el mercado globalizado, entendemos porque ha florecido la llamada “economía negra” o ilegal y ha prosperado tan rápidamente el llamado crimen organizado e institucionalizado, que hoy por hoy desafía campantemente a la gobernabilidad.

Por todo lo anterior, responder a este auge de la violencia no será posible con la filosofía del ojo por ojo que sustenta las políticas de mano dura o las tendencias represivas de los cuerpos policiales o militares. No será posible atender eficazmente un problema de hondas raíces sociales, económicas y culturales sin analizar más eficazmente sus causas y sin definir estrategias y políticas correspondientes a ella.

Se ha vuelto impostergable el impulso de cambios en las creencias de género que abarquen el tema de la violencia como condición de masculinidad y la condición del hombre como objeto económico en la sociedad de consumo. Por ello insistimos en que emprender estrategias eficaces de prevención debe abarcar el impulso a la formación de masculinidades desligadas de la violencia como parte de las políticas de los estados y de los esfuerzos culturales y educativos de la sociedad. No habrá otro camino más efectivo para frenar esta locura y desangramiento colectivos.


*Directora Centro de Prevención de la Violencia