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“Huyeron el pudor y la verdad y la confianza,
 en cuyo lugar aparecieron los fraudes y los engaños
 y las insidias y la fuerza y el amor criminal de poseer.”


Ovidio, cuarta edad del hombre en “Las Metamorfosis”.

En las actuales circunstancias, un avasallamiento indecente del marco jurídico institucional llega al extremo de pretender que se legitime a fuerza de artimañas la reelección, expresamente prohibida, en el caso del actual presidente, por dos candados constitucionales. El pacto con Ortega, sobre la base de tales artimañas, se extiende, ahora, como una epidemia en toda la clase política de Nicaragua.

La claudicación de las fuerzas oligarcas llamadas de oposición, puede explicarse por una lógica de complicidad, similar al síndrome de Estocolmo, que surge en la psiquis de un rehén cuando pierde control de los acontecimientos, y la impotencia le lleva a compartir el plan que le viene impuesto. Pero, más que a ello, la razón de esta confabulación en la clase política nicaragüense, se debe a que se identifican socialmente ante el naufragio de la gobernabilidad, e intentan evitar que ese desenlace llegue a su punto dramático, en un período electoral, con la rebelión consciente de la población contra la corrupción de la casta política.

El destino trágico que nos han reservado los dioses, es ver renacer de sus cenizas, una y otra vez, no al ave Fénix, con su bella melodía, sino, al dominio político de la oligarquía, incompetente e inútil, que adoptando diferentes grados de absolutismo y de corrupción nos impide entrar al concierto de las naciones democráticas. Mientras no se forme aquí un partido de los trabajadores, de carácter socialista, que al frente de la población cumpla las tareas pendientes de la revolución democrática, con transformaciones políticas y económicas que liberen el desarrollo de las fuerzas productivas y el nivel de vida de la población con su participación directa.

El régimen de Somoza no fue impuesto por una familia dinástica, particularmente malvada, como superficialmente relatan quienes se sirvieron de ella. La dictadura militar se instituyó por intereses objetivos, como una forma de gobierno de consenso entre los oligarcas de entonces, fundamentalmente, terratenientes. El somocismo daba estabilidad al tipo de negocios basados en la exportación del monocultivo, propio del enclave, y a la producción latifundista de autoconsumo, sin valor agregado.

La dictadura militar surge, entonces, para prevenir que prospere la consigna democrática central de reforma agraria, en un sector empobrecido de campesinos sin tierra, endeudados como jornaleros en las “ratas” de las plantaciones, o reclutados como soldados, en los años treinta del siglo pasado, para integrar, a la fuerza, los ejércitos feudales de ambos partidos oligarcas. Los caciques autócratas de entonces, auto embestidos ridículamente con los más altos rangos militares, definían el poder entre ellos en una suerte de palenque, por medio de la guerra civil, librada por los peones de sus haciendas. Criados allí, como los gallos de pelea, para matar o morir, sin causa alguna.

El somocismo tenía la misión de impedir, a sangre y fuego, que los campesinos se unieran en un ejército propio, para matar o morir por la consigna de tierra para sembrar.

Nuestra cultura, marcada por relaciones precapitalistas en el modelo de producción en el agro, refleja en el Estado nacional fallido, la morbidez parasitaria de la oligarquía colonial, cebada con la depredación demoledora del enclave, propia del modelo neocolonial. Este último elemento, fue el decisivo para que predominara el régimen dictatorial de Somoza como forma de gobierno alentada desde Washington.

El pacto, en Nicaragua, es una inveterada repartición burocrática de cuotas de poder, en una sociedad estancada, que no avanza en la formación de la nación, y que difumina, en consecuencia, los derechos ciudadanos. El Estado se personifica en caudillos reaccionarios, como una forma degradada del absolutismo feudal en la periferia del sistema capitalista. Demagógicamente recoge, en nuestro caso, una ideología estalinista de la guerra fría, sin un programa de confrontación real con el sistema capitalista, en el plano económico y social.

El mundo monopolar permite que el somocismo sobreviva, con su característica esencial oligárquica, pro-imperialista a lo externo, y antidemocrático y corrupto a lo interno, pero, morfológicamente encubierto bajo una variante ideológica estalinista, inofensiva, sin embargo, para el poder hegemónico central. Y sin que el ejército intervenga, esta vez, en la política.

Del estalinismo, el neo-somocismo oligárquico toma el control sobre la sociedad a partir de las instituciones del Estado, que en la época actual sirven a los fines represivos de la burocracia partidaria mejor que el ejército pretoriano de Somoza. Pero, en lugar de la economía planificada, que permitió en la URSS una industrialización acelerada, la mutación ideológica estalinista ofrece aquí sólo un ramplón populismo prebendarlo, mezclado a una economía y a una confesión religiosa de tipo medieval.

La burocracia en el poder, se convierte, así, en una molestia folclórica, libre de contradicciones y de riesgos serios para el poder central. De modo, que puede prescindir de reclutar a la fuerza a los jóvenes para encuadrarlos en formaciones militares, ya que se esmera, mejor que Somoza, en defender y en garantizar los intereses económicos y jurídicos de las empresas extranjeras, bajo una oratoria confrontativa (que el gobierno prestamente explica en Washington, como un mal menor, ideológicamente necesario).

Los funcionarios - como en todo Estado en que la burocracia guarda una relativa independencia respecto a las clases sociales atrasadas - responden, exclusivamente, a las directrices corruptas de la cúpula de sus partidos, a la que rinden un bochornoso culto a la personalidad.

El pacto actual entre el vértice de los principales partidos, con el reparto de los puestos estatales de dirección, pretende que una omertà siciliana dé credibilidad a las instituciones corruptas del Estado somociano-estalinista, cuestionadas por la población. De pronto, sus heridas ideológicas, cuya infección, en Metro Centro II, calaba hasta mostrar el hueso, cicatrizan al instante y se reducen a simples arañazos retóricos, una vez que acuerdan por unanimidad sostener el marco jurídico absolutista.

La democracia efectiva no es un concepto ideológico, que un sector de la burocracia opositora pueda guardar a discreción en su bolsillo, como el gafete de un club. Y, por el cual, la población deba pasivamente votar, para que estos sectores burócratas ganen escaños en las instituciones estalinistas.

La democracia es un método de acción, de movilización directa de la población de manera independiente, con consignas que son propias a sus necesidades inmediatas. El contenido de la democracia, de carácter nacional, progresivo, forzosamente dinámico, es aquel que permita la alianza de los sectores más avanzados con los sectores más atrasados de la población, para gestar una alternativa política independiente de los trabajadores, que imponga a la sociedad un órgano de poder directo, que dé una solución estructural a sus problemas más apremiantes.

Hoy, una consigna democrática, probablemente, la más simple, tomada de la realidad nacional actual, que exige el ahorro y la optimización de los recursos del país, es meter en la cárcel a todos los funcionarios y políticos ladrones, y restituir a la nación lo robado.

Desde la óptica electoral de la oligarquía opositora, la abstención favorece a la fracción en el gobierno.

¡Qué importancia puede tener para la población trabajadora que se defina en las urnas - con su participación - la correlación de poder entre Alemán y Ortega, con menor o mayor fraude electoral!
La abstención, ahora, es un paso progresivo importante en la conciencia política de la población, que no debe, sin embargo, degenerar en apatía. Convertir en acción organizada, esa conciencia, es la tarea del momento.