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Ideuca

Es común hablar del magisterio. Pero, a pesar de los esfuerzos que realizan las administraciones educativas al referir sus políticas a este sector, la historia nos muestra vacíos notables, no sólo en políticas dirigidas a mejorar su posición, sino también en las actitudes institucionales que han presidido su aplicación. Como consecuencia, el magisterio se mueve entre la ausencia de sentido de pertenencia y la búsqueda de nuevos sentidos, la ausencia de sentido y significación de “una comunidad educativa”, la ausencia de “una cultura institucional” y de un “clima afectivo favorable al apren­dizaje”. El camino histórico del magisterio está sembrado de decepciones, por lo que ante esta incomprensión y pasividad institucionalizadas e históricas, debemos reaccionar.

Las instituciones requieren construir nuevas rutas para que el sector docente supere la frustración, aliente esperanza y recupere el sentido y significado de su vocación y pasión, de manera que se constituya en el abanderado de la democratización cognitiva y la reconstrucción ética del país. Para lograrlo, necesitamos convertir la educación en punto de encuentro y concertación por excelencia, y lograr que el magisterio reencuentre su vocación, fortalecida y aupada por la sociedad y el estado, y reencontrada y asumida por los docentes.

Buena parte de la explicación de esta realidad radica en la miopía con la que se viene tratando la profesión docente. Muchos ni siquiera aceptan que se trate de una auténtica profesión como cualquier otra, siendo que está llena de exigencias y complejidades mayores que las profesiones más reconocidas y respetadas. En la visión de esta profesión sea parchada, limitada y parcial, no tendremos resultados en la calidad de la educación. El tratamiento integral de la profesión exige la toma de conciencia de que conforma un sistema de naturaleza compleja, cuyos componentes se retroalimentan entre sí. Muchas investigaciones conocedoras de las claves de esta profesión aseguran que, el gran desafío, es aprender a administrar la com­plejidad de la profesión, lo que es mucho más comprometido y menos confortable que sólo pensar o hablar de ella, y para lo que no hay recetas ni rutas hechas.

La Profesión Docente merece articular todos esos componentes, entre los que la Formación se constituye en su centralidad. Es vital la comprensión integral que el país tenga sobre esta integralidad. La historia educativa ha fijado la atención en alguna de sus componentes sin atender el resto, lo que explica el fracaso obtenido en su tratamiento. Este cuadro sistémico comprende, entre otros, estos componentes que, a su vez, se comportan como nudos críticos: El Continuum de la Formación Docente, el Tratamiento Profesional, Reconocimiento Institucional, Reconocimiento Social, Reconocimiento Salarial y Beneficios Sociales, entre otros. Cualquier intervención en uno de ellos, sin tomar en cuenta el resto, tiene pobres resultados. La formación constituye el pivote fundamental en torno al cual giran el resto de componentes. Los esfuerzos actuales que de la Educación Básica y Media en la formación son importantes, pero reclaman sistematicidad, continuidad, seguimiento y reconocimiento. En tanto esta formación se fundamente en el desarrollo de la capacidad reflexiva, crítica y de innovación, se pueden esperar mejores resultados en el aprendizaje de los alumnos.

El reconocimiento social de la profesión representa un ángulo de gran relevancia para que el magisterio se sienta aceptado, reconocido, legitimado y respaldado. El país, con sus instituciones y organismos, aún no logra reaccionar mostrando una actitud comprometida con el fortalecimiento de esta profesión, prerrequisito fundamental para que, la lucha por la calidad se concrete. Desde la sociedad civil organizada y más comprometida con la educación, se levantan voces alentadoras que promueven el mejoramiento salarial y social del magisterio, que merecen ser escuchadas, aceptadas y debidamente respondidas por quienes toman decisiones educativas.

El reconocimiento institucional de la profesión alude a su principal respaldo y marco referencial de exigencia y afirmación. La educación efectiva se debe al quehacer de la profesión docente, a su trabajo, dedicación y compromiso en las aulas. La profesión constituye, de alguna manera, la mayor reserva moral y técnico-pedagógica y humana de la educación del país. Pero mientras la sociedad exige calidad a la educación, paradójicamente, sus principales mediadores no reciben el respaldo, apoyo y reconocimiento debidos. Queda, así, entrampada la calidad educativa entre una pobre calidad de vida del magisterio y la ausencia crónica de políticas y voluntad de fortalecimiento de la profesión docente.

El reconocimiento profesional docente representa un dinamizador motivacional y estímulo del docente. El país muestra gran precariedad en una normatividad de la profesión que sirva de aliento y espaldarazo a su desarrollo. Mientras el trabajo y desarrollo docente no sean debidamente reconocidos y estimulados salarialmente, y mejoradas sus condiciones de trabajo, imposible será avanzar en la calidad educativa. En tanto el magisterio no reciba aliento y reconocimiento normados y pertinentes, difícil será que pueda responder a tantos y complejos desafíos.

Relanzar la vocación de la profesión docente, como un espacio privilegiado para encarnar y acuñar valores y actitudes, es escenario obligado. Si el país y sus instituciones logran canalizar y empujar este reservorio moral de la profesión docente, estaremos estableciendo la mediación adecuada para que la lucha por la calidad y el desarrollo sea honesta y responsable.