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(Pepe)

Pasaban unos pocos minutos después de la media noche, la luna llena en todo su esplendor, iluminaba no sólo el firmamento plagado de estrellas sobre un manto de terciopelo negro que potenciaba su vibrar.

Era una noche como para estar tendido frente al mar, acompañando nuestros pensamientos, quizás con el recuerdo de amores perdidos o…con la presencia de nuevos amores presentes.

A unos 250 metros más o menos, el mar arrullaba la bonita costa del Ostional, que con su suave oleaje, nos hacía llegar un aire con penetrante olor a mariscos,… con olor a mar.

A lo lejos, se escucha un rítmico pero mortal tableteo de una Cal. 50, el tiroteo nutrido y a veces esporádico de fusilería, seguramente provenía de algún contacto sorpresivo o planificado con el enemigo. Pero sorpresivo o no, se me erizaban los pelos, mi gente, los de la Brigada médica…, ojala salieran ilesos. Solo espero que como siempre, mantengan la moral en alto y el valor a flor de piel, para atender a los heridos sin menoscabo de su propio riesgo.

El sendero pedregoso y arenisco era propio de zonas cercanas a la costa del mar. Tenía muchas salientes con piedras afiladas, dañaban nuestras desvencijadas botas o zapatillas, que en un tiempo fueron deportivas, pero que ahora las utilizábamos para amortiguar un poco lo duro de las caminatas; para paliar el ardor que producían las chonelas provocadas en la planta de los pies o en los talones las largas y agotadoras caminatas con las duras botas de campaña. Para empeorar las cosas, la picazón que producen la molesta presencia de hongos producidos por nuestros hediondos y humedecidos calcetines rotos, no nos dejaba en paz.

De pronto, ….rata, ta, ta, ta, ta, rata, ta… pausa, tiros de todas partes, parecían llover hasta del cielo, gritos locos, nerviosas voces de mando, nos ordenaban el dislocamiento de la columna, unos pares a la derecha, los nones a la izquierda, todos al unísono,…explotaban nuestros corazones, abrimos, me imagino al igual que yo, los ojos asustados,…la Guardia Nacional estaba a unos pocos metros, frente a nosotros, cubiertos por las sombras de un pequeño bosquecito que se alzaba cerca de nuestro flanco derecho; de hecho, nos estaban esperando con una mueca triunfal reflejo en esencia, de una fría sonrisa, que claramente se dibujaba en sus rostros amparados por la oscuridad.

La cercanía del encuentro me permitía entre ráfaga y ráfaga, entre tiro a tiro, escuchar las risotadas y las burlas de los que se daban por triunfadores en el combate, nos habían cogido de sorpresa. ¡Hijos de puta!,…qué cagazón la que se tienen ¿verdad? ¡Ahora si se los llevo la mierda!, ¡parecen venados corriendo despavoridos! Pídanle a papa Fidel que venga y los saque de ahí, ja, ja, ja, ja…, se reían a carcajadas mientras apretaban una y otra vez el gatillo de sus fusiles Galil con amplio poder de fuego.

Si bien es cierto que íbamos a enfrentarnos conscientemente con el enemigo, nunca esperamos que fueran ellos los que nos descubrieran primero.

El fragor del combate se hizo más recio y de todas partes, se oían desesperantes gritos lastimeros de auxilio, había muchos compañeros heridos en este primer momento del encuentro, del combate casi, casi cuerpo a cuerpo.

Corrí con desesperación, hacia donde escuché a mi derecha, las voces más cercanas de auxilio, mandé a dos de mis compañeros de atención médica a cubrir el otro flanco desde donde también clamaban nuestra presencia; a los otros tres que me acompañaban los dejé intentando hacer una trinchera para guarecernos de la lluvia de balas que nos caía y para tener un lugar donde poder atender las emergencias que ya estaban presentes y a montones; mi miedo creció; debía buscar al herido, no podía atender el combate, no veía nada hacia el frente enemigo, lo oía claramente, tropecé unas cuatro veces, me escape de caer en mi loca carrera, escuché el silbido y sentí lo caliente de las balas al lado de mis orejas; muy cerca de mi cuerpo, algunos proyectiles rebotaron en los troncos de los árboles, me bañaron la cara de astillas, temí seriamente por mi vida, creo que si hubiese podido, me hubiera detenido para cerciorarme de que no iba cagado. Quien diga que la valentía elimina el miedo a la muerte es un mentiroso, todos sentimos miedo, lo que hace la diferencia es la seguridad, la convicción de que te expones por una causa justa y el poder sublime y siempre presente de la necesidad de sobrevivencia en cada uno de los momentos aciagos, es un motor increíble de salvación.

Finalmente caí de rodillas frente a mi compañero de combate, era Hugo (su seudónimo) y pertenecía a la Columna Iván Montenegro, me miró, yo lo miré, su mirada tenía los ojos vidriosos, con lágrimas, al verme balbuceó en medio de una bocanada de sangre,…Pepe, mi hermano,…¡No me dejés morir!.

Lo tomé entre mis brazos y procedí a revisar sus heridas, rompí su chaqueta guerrera para dejar descubierto su torso, oh, mi Dios….Tenía tres impactos de bala, uno ligeramente una o dos pulgadas del sobaco izquierdo con orificio de salida en el omoplato, le había hecho serios daños en el Plexo Solar y cercenado la Arteria Subclavia al momento de su bifurcación para convertirse en la Humeral del mismo brazo, manaba abundante sangre por supuesto, el otro impacto, lo tenía en el abdomen, una o dos pulgadas a la derecha del ombligo, ese orificio no tenía salida, haciéndome deducir que el proyectil, topo con los huesos de la columna a nivel Lumbar, desviándose al interior dañando intestinos, estómago e hígado seguramente, ese tipo de heridas produce dolores y contracciones internas desesperantes, te dan la sensación de que por ahí, se te salen las tripas. El tercer impacto en su pecho, tenía un orificio de entrada, igualmente sin salida en la espalda, exactamente sobre la tetilla derecha, perforando el proyectil en su trayectoria, el pulmón del mismo lado, creando al manar abundante sangre, asfixia y sensaciones desesperadas que se reflejaban en el rostro de Hugo.

A kilómetros de distancia del pueblecito La Cruz, en territorio costarricense, impedidos de llevarlo a un centro asistencial en Rivas y ahí, solos, en medio de la nada, de una lluvia de balas y gritos, armado de mucho amor, con un bisturí, ligas, un par de bolsas de suero con solución salina, vendas de gaza y un par de erinas hemostáticas en mi mochila, era imposible intentar cualquier atrevida y osada intervención quirúrgica de las que necesitaba Hugo en ese momento; el desangrado, la desesperación que le producía la asfixia por su pulmón destrozado y su conciencia plena de estar en un serio problema, lo hacían repetir una y otra vez, cada vez más tenue, laxo, sin fuerzas, apagándose con su frase…¡Pepe, mi hermano, no me dejés morir!.

La Vilma, otra de mis compañeras de la Brigada bajo mi responsabilidad, me llamaba a gritos, ¡PeeeePeee, aquí está el Chacalín, tiene un charnel en la pierna, vení para que se lo saquemos, no está sangrando mucho, apúrate!
Cruzaron por mi mente como por encanto mientras sostenía a Hugo aun en mis brazos, mis propias instrucciones a los muchachos de mi Brigada en el campamento antes de iniciar la ofensiva final:

“No podemos perder tiempo atendiendo a un compañero caído si su valoración del daño indica un diagnóstico fatal, debemos atender con prioridad, a los que tienen heridas leves o menores para que se curen y retornen lo más pronto posible a los combates, al otro, elevemos una plegaria a Dios por su alma y sigamos adelante.”

Duro, muy duro, produce nudos en la garganta y sangra profusamente el corazón, tiemblan tus manos y se quiebra la voluntad de seguir en ese trabajito, querés ponerlo nuevamente en el piso, enfurecerte, dar la vuelta, tomar tu fusil y disparar, disparar, disparar, hasta agotar el parque o hasta que se acabe al enemigo.

Los ojos se te nublan de lágrimas contenidas, no se atreven a rodar por tu mejía, te llenas de coraje, sentimiento, recuerdos del amigo muerto en tus brazos, ¡que feo!, realmente, es un trauma fuerte para cualquier valiente, ahí no existe la paz espiritual, no te da tiempo ni para una oración, sólo quieres cambiar lo ya incambiable.

Esa frasecita tantas veces escuchada a lo largo de muchos combates en la guerra del Frente Sur Benjamín Zeledón, aun suena en mis oídos, aún están presentes sus imágenes en mis sueños, mi corazón aun palpita con el recuerdo y finalmente,… mis lágrimas ruedan por mis mejías.

El combate finalmente lo ganamos, se revirtió a base de coraje y valentía de los compañeros, los dolores de la sorpresa, la Guardia Nacional no tenía la convicción ni el amor que los nuestros ponían en el combate aun a costa de sus propias vidas. Ganamos, sí, pero otros Hugos quedaron en el camino, héroes que no dijeron que morían, solo murieron por la Patria, otros Chacalines fueron atendidos primero, mas lagrimas rodaron y muchos desde el cielo, espero que comprendan lo sucedido y nos perdonen por haberlos dejado.

Que Dios se apiade de nosotros y de todos los que se fueron y de los que aun quedamos sobre la tierra, Bendito sea Dios y su Santo Nombre. Que en Paz descansen mis hermanos.


* Responsable de las Brigadas Médicas
Frente Sur Benjamín Zeledón
En algún lugar de Nicaragua, Junio de 1979