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Estuve en el acto de celebración del ahora llamado Ministerio de Gobernación, fundado hace 31 años con el nombre de Ministerio del Interior. Organismo transformado en coraza para defender la Revolución en aquel momento, acosado por armas contrarrevolucionarias y mentiras persistentes. Llámese como se llame, los hombres y mujeres de este Ministerio deberán seguir siendo centinelas de la alegría del pueblo.

Daniel Ortega pronunció un discurso donde nos sobrecogió su claridad al explicar nuestros líos fronterizos y la posición cuestionable de Costa Rica y Honduras alrededor de nuestro principal litigio con la expansionista Colombia.

Nos alegró cuánta equidad nos corresponde: una justicia impecable, irrebatible; así como la autoría del gobernante sobre la necesidad de resolver la diferencia en el universo de la cordialidad, sobre todo en esta situación agravada por la vieja maña de los ticos de sentirse ofendidos en todo cuanto concierne el Río San Juan.

Ahora la Revolución no es acribillada a balazos, lo sigue siendo a calumniazos. Las mentiras han llegado a límites de barbarie. Eluden lo bueno: logros en salud y educación, avances económicos y arrebatos del turismo; éxitos evidentes como hermosas frutas colgadas en el árbol de la vida y resaltan, con encono y estrépito, hasta el más insignificante de los errores. Se despojan de sentimientos humanos para desbaratar honras y familias.

Nada exclusivo. Con la muerte de Néstor Kirchner hubo un duelo entre los pueblos y clarinadas de júbilo en el diario “El Clarín”, de Buenos Aires y, claro, en la SIP, y en todos los cipayos del imperio, llegando incluso a rebuznar que su muerte fue positiva para la economía argentina. El diario local de las tinieblas calificó al gobierno de los Kirchner como “impenetrable” y “autoritario”, y en contra de lo que ellos califican como la verdadera democracia, es decir la democracia de la oligarquía.

Daniel agregó una noticia que, en lo personal, me llenó de dicha. Pronto estará lista una granja de régimen abierto para las mujeres que, por ahora, están en una jaula de perros como herencia de gobiernos anteriores.

Recuerdo cuando inauguramos “La Esperanza”. Había hasta piscina. La casa donde existió este alegrón de las presas fue arrebatada por un inhumano gobierno anterior. Participamos en la inauguración Enrique Smith, Lenín Cerna y yo. Recuerdo cómo se les alegró el corazón a las mujeres y a Enrique. A Lenín se le salieron las lágrimas de emoción. Me refiero a Lenín Cerna, satanizado por una derecha irredenta y por sus impúdicos medios de comunicación. Es sentimental, excelente amigo y ejemplar padre de familia; y ya que hablo de este personaje odiado por algunos y querido por bastantes, agrego: él —y Marisol— han consolado mi corazón adolorido por causa del autismo de mi hijito Sebastián. Le tienen cariño a mi otro hijo, Juan, de quien admiran, en forma gratuita, su talento. Han estado a mi lado cuando me acribillan las agresiones. No solo conmigo. He sido testigo de su sensibilidad en otros dramas humanos, a veces en situaciones que carecen de singularidad. Desde luego, estoy agradecido hasta en lo más hondo con miles de compañeros y compañeras que me han entregado abrazos, bendiciones e inmerecidos honores. Rosario Murillo me consoló con lo de Sebastián e investigó alternativas para enfrentar el autismo, lo cual me ha contagiado de esperanzas.

Ahora hace falta organizar, y así le daremos relevancia al próximo aniversario del Ministerio de Gobernación, “El museo del horror”, para recordarle a las nuevas generaciones los crímenes del somocismo y poner en evidencia la abismal discrepancia de aquel pasado tenebroso con este recomendable presente, lleno de compromisos que estamos obligados a cumplir con humildad —la cual debe ser la luz persistente— como si en cada unos de ellos estuviera verificada nuestra vida.