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Trataba de concentrarme para leer un libro difícil que se me caía de las manos. Me gustaba hacerlo allí, a la entrada de la casa, porque hacía más fresco por la tarde y aún había luz suficiente. De noche era incomodísimo porque la lámpara atraía a los zompopos y como todo mundo sabe son chismosas (los zompopos que vuelan creo que son exclusivamente las hembras) y tienen predilección por los oídos (se te quieren meter hasta ahí adentro).

Pero lo que esa tarde me desconcentraba era la monótona voz de un niño en la casa vecina, que servía también de escuela, tratando de memorizar un dictado. Al principio lo leía despacio y luego cerraba los ojos y trataba de repetirlo de memoria. En la primera frase no había problema, el niño la decía igual que en el dictado: “Mi bandera es azul y blanca”. Una mujer, quizá la mamá o una profesora de apoyo, le advertía: “No mirés”. Y entonces la cosa se complicaba porque el niño tendía a confundir la flor y el árbol con el pájaro nacional que le explicaron en clase. Así, decía que el árbol nacional era el guardabarranco y la flor la del madroño. Cuando se acordaba de la palabra sacuanjoche se la otorgaba al pájaro. Y volvía a leer el dictado. La mujer, igualmente monótona y paciente le decía “otra vez”, mientras cosía alguna prenda porque de vez en cuando se le escuchaba un “¡ay!”, cansada de pincharse con la aguja. Conté hasta siete intentos de aquel chavalo en ponerle el nombre justo al árbol, al pájaro y a la flor. En un descanso, aburrido ya de los símbolos patrios, el niño preguntó a la maestra o mamá si Nicaragua era el único lugar donde podían encontrarse aquellos pájaros, árboles y flores, y si sólo en Nicaragua la bandera era azul y blanca. Esperé la explicación de la maestra o mamá (mi libro ya en el suelo), y ella con el mismo tono paciente resumió toda la respuesta en un escueto “sí”, más pendiente, imagino, de su costura que de aquel disparate nacionalista. Después, la cosa se complicó aún más con los ríos. El niño se empeñaba en poner el Coco en el sur, limitando con Costa Rica, y el San Juan al norte, “donde viven los misquitos”.

La semana pasada, mientras los diputados se disponían a reunirse en Asamblea en San Carlos, al lado del San Juan, el que está al sur de verdad, y escenificaban su peculiar visión patriotera de Nicaragua; mientras que se planificaban los traslados de algunos de ellos hacia las zonas de dragado del río en helicópteros (¿Saben cuánto cuesta una hora de helicóptero? Y eso según la carga, porque algunos diputados pesan lo suyo); mientras se llenaban la boca de “soberanía, de orgullo patrio”, los líderes de las comunidades del río Coco, junto al Centro Humboldt, alertaban sobre la necesidad de declarar la emergencia alimentaria en más de sesenta comunidades con veinticuatro mil pobladores. La desnutrición severa en niños menores de cinco años puede superar el 37% además del porcentaje similar de desnutrición crónica ya existente. La pérdida de cultivos llega al 80 por ciento en muchas comunidades de Bocay.

Hace algunos de esos años, recordarán que pasó algo parecido. Mientras entre gobierno y oposición de Nicaragua se representaba el teatro anual de la de defensa del San Juan (que es la mejor manera de evitar problemas internos pues no hay nada que una más a dos contrarios que enfrentarse a un enemigo común), en el río Coco sus pobladores enfrentaban una epidemia de ratas que destrozaron los cultivos y sembraron el pánico, llegando incluso a atacar a los bebés mientras dormían.

Es difícil creer que Costa Rica, hoy en día, represente una amenaza seria a la soberanía de Nicaragua, pero algunos sacan un buen provecho de este llamado a la soberanía, aprendida a venerar en símbolos patrios como si fuera una religión. Y mientras para unos la patria ocupa un escalafón sagrado, como Dios, para otros no es más que el paisaje familiar de un barrio y dos cuadras, cinco amigos, una madre, un par de amores que recordar y una lengua con la que jugar a contarse y a escuchar. Tal vez estas palabras sean erróneas, pero con la envergadura de los problemas y las urgencias que hay en Nicaragua, la escena de los diputados sobrevolando el San Juan, además del secretario de la OEA, y el ejército solicitando, como de paso, más presupuesto (y le fue concedido), parece alcanzar un grado bastante alto de ridiculez. Ante las alertas del río Coco, no hubo helicópteros ni diputados ni OEA, ni gobierno.

La soberanía de la que hablan estos diputados no considera que el hambre represente una amenaza superior a las disputas con Costa Rica. Que mueran niños o mujeres embarazadas sin tiempo de asistir a un centro de salud en el Coco, por dengue o a consecuencia de la desnutrición no se considera como agresión. La soberanía tiene que ver con varas cuadradas de tierra, no con las personas, según ese catecismo dictado. Las ratas que en su día invadieron el Coco no eran gringos, ni hondureños, ni contras ni ticos. Eran ratas, y muy pocos, muy lentamente se movieron a defender la verdadera soberanía de un país que descansa en un niño que duerme.

Un periodista amigo, Erick (Daniel) Alegría ha llevado su cámara muchas veces cuando el Coco grita de desesperación. Le ha costado días, dinero y esfuerzos ayudar a un país a volver la vista a su verdadera amenaza, que es el riesgo de morir en la miseria del hambre y del olvido. Va siendo hora de mucho más, de incrementar recursos para el desarrollo del Coco. Pero un simulacro de guerra genera y supone más dinero que una paz. Siempre ha sido más fácil matarse que ayudarse a vivir.

Yo no tengo claro la idea de patria pues apenas tengo los dos pies en una sola, así que no creo en otra que sea más pequeña que el territorio de mi lengua (en la que puedo dar las gracias o pedir auxilio sin riesgo de que no me entiendan) o donde tengo los sueños (viajeros siempre) y el amor (casero siempre). Pero lo que tengo claro es que una sola muerte injusta de un habitante del río Coco es consecuencia de una Alta Traición y de mucho traidores (y estos, a veces, no sólo son los que vuelan en helicópteros sino los que caminan tan cerca de nosotros mismos).

franciscosancho@hotmail.com