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Como sabemos, el recurso de la sufijación es de gran vitalidad en la formación de nuevas palabras. Es común en –era zoncera (tontería): “Sólo zonceras dice cada vez que abre la boca”; arrechera (enojo): “Ha pasado el día con una arrechera que no es jugando”; lodera: (pieza de hule u otro material dispuesta para proteger el vehículo del lodo lanzado por las ruedas): “Ya cambié las cuatro loderas de mi carro”; quejadera (quejido constante): “La quejadera del enfermo no me dejó dormir toda la noche”; orinadera (deseo continuo de orinar): “Con esta orinadera, no puedo salir a ninguna parte”; mantequillera (utensilio en forma de bandeja en el que se guarda o se sirve la mantequilla): “puso primero sobre la mesa el salero y la mantequillera”; tronadera (truenos repetidos); ‘Acabábamos de salir de la casa cuando empezó la tronadera”.

Y en –era, -ero tan abundante como el anterior, lo encontramos en chaquetero (servil): “Tiene miedo perder el pegue y por eso se ha vuelto chaquetero”; chamarrero (extorsionador): “Por chamarrero lo cesantearon”; pelotero (tacaño): “Es un pelotero (tacaño) que no da sal ni para un jocote”; choñero (que gusta obtener las cosas sin costo alguno o extremadamente baratas): “Se ha pasado la vida de choñero ”; coladero: (asignatura utilizada como criterio para seleccionar estudiantes de primer ingreso) “La matemática es el eterno coladero en la universidad”; chochera (tontería): “Apenas se echa sus piquinyuquis, sólo chocheras dice”; temporero (recolector por temporada): “Se les perdió la cosecha de café, porque no encontraron suficientes temporeros”; motetero (persona que tiene por costumbre abandonar, por cualquier disgusto, su casa de habitación): “Es motetero, y así como se fue, regresará pronto”; juerguero (aficionado a las fiestas con tragos): “Se juntó con el juerguero de su compadre y todavía no ha regresado a la casa”; parejero (referido al caballo corredor, especialmente el de carrera): “Los caballos parejeros van a competir en carrera de cien metros”; chifletero (dado a proferir indirectas): “Es chifletero y no para de tirar chifletas cada vez que se dirige a uno”; farandulero (persona que tiene por oficio o afición la diversión y el espectáculo nocturno): “Es farandulero y sólo se lo encuentra en los espectáculos nocturnos”; puchitero (pequeño comerciante): “Primero fue puchitero, pero ahora es un comerciante mayorista”;
En –ero tenemos palabras como garrapatero (abundancia de garrapatas): “Me quité el garrapatero de la espalda, pero me quedaron las ronchitas”; poesillero (persona que recita coplas callejeras): “Murió atropellado el poesillero del barrio”; taponero (lanzador en el juego de béisbol seleccionado para cerrar el partido): “Dos veces los granadinos tuvieron el juego en sus manos, pero les fallaron el abridor Kenly Chang y el taponero José Luis Sáenz” (END/01/08/08).

Los sufijos en –ería los encontramos en putería (relación carnal): “Me dijeron que era una buena muchacha, pero ya no le aguanto sus puterías”. El sufijo –erío forma palabras como indierío (grupo de campesinos): “Era curioso ver aquel indierío caminar en fila todas las madrugadas a chapiar aquellos inmensos potreros del hacendado”. Son escasos en –illo y en –in, pero podemos mencionar camotillo (tipo de tubérculo venenoso): “Comió camotillo creyendo que era quiquisque y por nada se muere”; cambiolín (tipo de estafa en el cambio de billetes): “El coyote, experto en cambiolín, me entregó menos dinero del que me correspondía”.

En –ismo tenemos fachadismo (política institucional o empresarial que consiste en mostrar una imagen pública basada en apariencias): “Las tales rotondas fueron hechas por puro fachadismo, sin ningún sentido técnico (José de la Cruz Pérez, END/19/03/2000).

El sufijo –ista, prolífico en nuestro medio, forma palabras del tipo partidarista (partidario): “Los partidaristas cerraron fila con su líder”;
Aunque abundante, en –on citamos baratón: (baratos) “Compré los zapatos porque los encontré baratones”; chunchón: (mujer voluptuosa) “Aquella mujer era un chunchón a quien los hombres veían con ojos lujuriosos”.

Tan prolífico como el anterior, en –oso, -osa tenemos: barrialoso: (lodoso y resbaladizo) “El carro no pudo cruzar el paso barrialoso”; guaroso (bebedor): “Poco a poco se fue enviciando a la bebida hasta que se volvió guaroso”; torrentoso (de aguas rápidas e impetuosas): “Es un río torrentoso y con las lluvias se llevó las casas de la orilla”;
Los sufijos en –udo, -uda son muy frecuentes, como chiboludo (de ojos grandes y saltones): “El chiboludo entró en la cantina y nos quedó viendo con aquellas chibolas que parecía ojos de vaca loca”; charraludo (de cabello largo y enmarañado):“Cuando el charraludo se quitó el sombrero, el charral se le vino sobre los ojos, la cara y las orejas”; chancletudo (con zapatos grandes): “Todo el santo día pasó aquel chancletudo para aquí y para allá”; anteojudo: (de anteojos): “Apenas vi al anteojudo, me cayó mal en solo la entrada”; tamaludo (de pie más grande que el normal): “La mujer tamaluda pisó al chavalo y casi le arranca la uña del dedo gordo del pie”; pachorrudo (lento o tardo para hacer las cosas): “Nunca vamos a terminar el muro, porque los ayudantes son pachorrudos”; gañotudo (gritón): “Desde lejos se oía al gañotudo con aquella voz que cruzaba el llano”;
En –ura lo encontramos en palabras como chopeadura (abolladuras): “Me entregó el carro con muchas chopeaduras”; cholladura (raspones): “Tenía la pierna con muchas cholladuras”. Y en –uso en guaruso (aficionados a la bebida) “Sólo guarusos vinieron al velorio”; peladura (desolladura): “La peladura de la pierna se le infectó”.

Hay en cada una de estas palabras y expresiones, dos valores íntimamente relacionados: el valor personal del individuo, porque va ligado a su propia vida, y el valor colectivo, porque va inserto como individuo pero condicionado por el grupo social, por el entorno que le da fuerza y le da vida. Por eso va siempre cargado de afectividad. Nunca una palabra estará despojada del sentimiento más íntimo, de los valores expresivos. De la emoción y el gozo que se experimenta en la comunicación, es decir, en la puesta en común con otro u otros, en un intercambio incesante de palabras y de silencios.


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