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Hace varios años en una mesa bohemia,”entre gallos y medianoche”, como dicen los chilenos, leí un corto poema de amor y alguien - en lo que yo consideré una generoso comentario, pero que tal vez era una insinuación de plagio- dijo que parecían escritos por uno de los grandes poetas nacionales. Una tercera persona, ducha en teatro y en letras, reflexionó: los grandes siempre nos influyen. De allí la plática devenida a debate, nos llevó de un tema a otro hasta llegar a las discusiones sobre los diferentes movimientos literarios que se han conocido, sus exponentes, influencias recíprocas, contextos en que surgieron…Llegó el amanecer y con él algunas conclusiones, las más quedaron pendientes.

Recuerdo también las circulares discusiones sobre la influencia de laureados poetas latinoamericanos en las canciones populares. O – por qué no – la influencia de éstas sobre aquéllos.

Discusiones a veces sin resultados, pero saludables, edificantes: sinergia intelectual.

Todavía suenan en mis oídos las palabras encendidas y apasionadas de los memorables debates políticos de los que fui testigo, y a veces partícipe , en los auditorios, aulas y pasillos de la UNAN- Managua en la segunda mitad de la década de los setenta. Debates formadores, donde el orador – improvisado o fogueado-sustentaba su punto de vista sobre la justeza de la lucha por los ideales y los caminos para lograrlo con argumentos históricos, experiencias propias o ajenas o fundamentos filosóficos. ¡Cuanto contribuyeron esos debates a la lucha! A corregir, a conocer, a convencer.

Debatir presupone exponer una idea, una propuesta, una posición. Someter al juicio público, lo que se dice y en algunos géneros el cómo se dice. Es exponerse uno mismo.

Esto debería ser más intenso y más productivo ahora. Las nuevas tecnologías de la información presentan para quienes publicamos, la gran ventaja de poder recibir comentarios de quienes a uno lo leen.

En mi experiencia personal he recibido de todo: elogios, aportes constructivos, comentarios, injurias. Hace poco un lector escondido en el anonimato- previo a atacarme personalmente, eso sí- me criticó porque dice que mi opinión sobre los resultados de las elecciones legislativas en Estados Unidos era parecida a lo dicho en un escrito de Vargas Llosa (artículo que por cierto yo leí cuando ya había enviado mi colaboración a esta página). Pero además cuestionaba mi autoridad (sic) para criticar la gestión de Daniel Ortega. Pensé: Sencillamente soy un ciudadano que no ha delegado su facultad de pensar ni renunciado al derecho de opinar.

Pero la crítica – que no el ataque personal -y el debate que tanta falta hacen no necesariamente se ven practicado o estimulado en la comunicación que la tecnología hoy posibilita. Hace poco la colega y amiga Tania Jiménez refiriéndos al tema en una nota publicada en su página en Facebook decía : “siento un total rechazo por la forma como le escriben en los blogs a los periodistas, articulistas, o personas que desean expresarse sobre ciertos temas, el vulgareo es tal que no se salvan ni los escritores reconocidos y no es que tengan que estar en un pedestal, es que toda persona merece respeto sobre todo cuando ella da la cara y la contra parte se oculta en el anonimato” .

Comparto plenamente el criterio de Tania, sin embargo, creo que el problema es mayor: La sociedad nicaragüense no ejerce el debate, más allá de lo que se hace en algunos espacios especialmente en los medios de comunicación y algunas instituciones académicas.

Cuando debatimos con honestidad intelectual, corremos el riesgo de convencernos de la invalidez de nuestros planteamientos. El debate supone cuestionamiento, duda, pero también tolerancia. Es consustancial a la democracia. Por esas mismas razones el autoritarismo es y ha sido alérgico al debate.

En la Nicaragua de hoy el argumento que cuestiona la práctica o las razones que se enuncian desde el poder, intenta ser aplastado con la violencia verbal y a veces con la física. A la razón esgrimida se responde con la falacia ad hominem, camino fácil para intentar descalificar al oponente.

En paralelo a la lucha por la restauración de la democracia en Nicaragua, y con ella la oportunidad de desarrollar la cultura democrática, es menester estimular el debate, el choque de ideas y opiniones - políticas, literarias, económicas – y principalmente de aquéllas que procuran los mejores caminos y propuestas para el país.

Sólo de esa manera podremos derrotar el autoritarismo que dispara morteros, pedradas – y a veces esgrime pistolas- pretendiendo callar las voces que se le oponen.