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La Compañía fue un laboratorio de la Reforma del Concilio Vaticano II, y por eso los jesuitas sufrieron el efecto inmediato de salir divididos. Los que reconocieron el error de la Contrarreforma y abrazaron el escepticismo, abandonaron la Compañía, veinte mil de treinta y siete mil jesuitas. Estos solteros jesuitas, muy recomendados entre las casaderas de las familias católicas de clase media alta, pasaron a la política, profesiones liberales y otras universidades.

Entonces, el jesuita en general era apreciado por su formación académica en todas las especialidades. Todavía hace unos veinte años quedaban jesuitas físicos nucleares, como Manuel García Doncel, investigador del CERN de Ginebra. Seleccionados con un perfil intelectual elevado, tenían un sello de marca hasta en el porte y formación del carácter, con una cultura de las elites sociales de las que procedía el alumnado de sus exclusivos colegios y universidades. Aunque, como demostración de discriminación social, a la par ponían un colegio separado para la clase media trabajadora.

En Colombia, las herencias acumuladas de los jesuitas constituían el mayor latifundio del país por encima de las “cuarenta familias”, las mismas de las que venían los apellidos de muchos (Restrepo, Borrero, etc.). Porque, en cualquier país latinoamericano, las principales familias estaban representados en la Compañía. No faltaban jesuitas influyentes como el padre Giraldo, decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Javeriana, quien apadrinaba a sus alumnos de la aristocracia local para que llevaran la cartera de ministros. Mientras el padre Jiménez administraba el Holding Colmena, de dos docenas de núcleos accionariales entre cajas de ahorro, financieras, industrias y empresas de servicios, el gran resultado de una Caja Social de Ahorro (y crédito) fundada en los barrios de Bogotá a comienzos del siglo XX.

Frente a esta función tradicional, en los años sesenta apareció una clase de jesuitas vergonzantes que, sin negar el soporte económico y poder político de la Compañía, optaron por la ideología del “pobre” (no es categoría de la Sociología o Trabajo Social). En España, los jesuitas Díez Alegría, el padre Llanos y García Nieto se dedicaron a trabajar con las bases socialcristianas del Movimiento Nacional; y, dado que las organizaciones de izquierda estaban prohibidas, ellos encubrieron a muchos de estos en una mezcla de “cristianos por el socialismo”. Razón por la cual, cuando llegó la legalización de los partidos de izquierda en 1978, movimientos como la Juventud Obrera Católica entraron en masa en el PCE y el PSUC, adquiriendo éstos una mayoría socialcristiana entre su militancia; lo que explicaría el desmantelamiento ideológico de esos partidos en sus primeros congresos en la legalidad, y el jesuitismo del nuevo izquierdismo español.

En Latinoamérica influyó también la encíclica papal “Progreso de los pueblos” (1967), que actualizó el socialcristianismo de entreguerras de la Acción Católica en el Movimiento Social Italiano de Mussolini y el Movimiento Nacional de Franco; presentaba una nueva ideología del “pobre” del “subdesarrollo”, pero sin cambiar la estructura económica de la Iglesia y su anclaje al poder. Ese año, en Río de Janeiro, en la reunión con el General de la Compañía, el “papa negro” Pedro Arrupe, se inició la “Encuesta Social” de los jesuitas. Y en 1968, los “documentos de Medellín” de la Conferencia de obispos latinoamericanos orientaron un activismo político, el “cristianismo de base”, contra la prédica tradicional que delegaba la Justicia Social a la responsabilidad del gobernante del nacionalcatolicismo.

En Nicaragua el activismo fue mayor entre los jesuitas que en otras partes, porque Pedro Joaquín Chamorro divulgaba el socialcristianismo desde La Prensa como soporte ideológico del antisomocismo de las familias conservadoras, dando eco y respaldo al movimiento estudiantil cristiano; y porque las familias conservadoras (padres y madres de apellidos Cuadra, Cardenal, Lacayo, etc.) se sumaron activamente al movimiento estudiantil cristiano en el Colegio Centroamérica contra el director jesuita Orlando Sacasa y en la UCA contra el rector jesuita León Pallais en la crisis interna de la Compañía (se ha visto en otro artículo).

Los jesuitas nicas de las familias conservadoras cuyos hijos controlaban el movimiento estudiantil, no dejaron lugar a que se expresara en Nicaragua otra clase de jesuitas que adoptó la Reforma de modernización (agiornamento) del Vaticano II: la apertura a las libertades del individuo, la libertad de conciencia, que derogó el principio dogmático del “Fuera de la Iglesia no hay salvación” o seguridad en la ultratumba.

Para los jesuitas escépticos que se exclaustraron, ésta fue una prueba de que todo principio dogmático es derogable. Pero desde los primeros años sesenta, los teólogos discutían en la prensa italiana este asunto, y eso explica que en la película 8 1/2 de Fellini (1963), el eclesiástico dice: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”. La cita no es casual, porque el jesuita Angelo Arpa, crítico de cine y defensor de Fellini frente a la censura de sus películas Noches de Cabiria y Dolce Vita, asesoró al director con la intención de proyectar una crítica a los enemigos del “agiornamento” que abriría el “diálogo con los hermanos separados”, los protestantes que estaban “fuera de la Iglesia”, y con los ateos.

Estos jesuitas Reformados abrieron las puertas de sus universidades a los científicos sin distinción ideológica, a los que el teólogo jesuita Karl Rahner llamó con tinte paternalista: “cristianos anónimos” con opción a salvarse del infierno en la ultratumba. Pero lo cierto fue que autores antes prohibidos por la Iglesia se explicaron abiertamente en las facultades de ciencias sociales de las universidades jesuitas; sin olvidar que, previo a esta Reforma, en sus colegios y universidades ya se explicaban manuales de Física o de Biología que son literalmente ateos.

Con estos jesuitas Reformados, en sus universidades, los profesores dejaron de tener un condicionamiento ideológico; excepto para los jesuitas de los “pobres” que se habían vuelto intransigentes, los que objetaron a los profesores somocistas como Luis Claramunt o al estudiante izquierdista Fernando Benavente. Sin embargo, en el libro La UCA, de Enrique Alvarado (Managua, 2000), viene un caso que muestra el talante de la otra clase liberal de jesuitas: cuando el rector Arturo Dibar le propone ser decano de Humanidades a Jaime Incer Barquero, éste se declaró agnóstico, y el jesuita “le respondió que sus creencias personales no le interesaban, pero sí sus conocimientos y entusiasmo por la enseñanza” (página 179). Al mismo tiempo, el jesuita Santiago de Anitua, enviado por Francisco Estrada junto a Dibar para terciar en la crisis de los jesuitas intrasigentes, divulgaba el anarquismo del “Hombre unidimensional” de Marcuse. Pero fueron excepciones.