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El diferendo limítrofe fabricado por Costa Rica, en contra de los derechos territoriales soberanos de Nicaragua, que fue llevado a la OEA por la misma Costa Rica, únicamente puso en evidencia una serie de notables desaciertos diplomáticos por parte del organismo y los estados involucrados. En el manejo del diferendo limítrofe, su tratamiento y eventual solución, los espectadores pudimos asistir y presenciar garrafales errores diplomáticos de la Organización de Estados Americanos OEA, de la diplogeofagia tica (la diplomacia del expansionismo) y de la diplosauria nicaragüense (la diplomacia de los tiranosaurios).

La Organización de los Estados Americanos, OEA, con José Miguel Insulza a la cabeza, se creyó una radioemisora musical y para complacer las demandas geófagas de los ticos, dio cabida en su maculado e inútil seno, a las absurdas pretensiones de un país que posando de pacífico y pacifista ha desarrollado durante 200 años una geopolítica donde el eje principal es el expansionismo. Costa Rica debe ser demandada por los estados centroamericanos a que presente un libro blanco sobre sus fuerzas armadas o sus fuerzas de seguridad pública como al estado tico les gusta nombrarlas. Costa Rica no puede pretender seguir escudándose en ser un país que en 1949 abolió el ejército, mientras durante todos estos años ha pasado armándose hasta los dientes y desarrollando una geopolítica expansionista, no integracionista al respecto de Centromérica y neofascista al respecto de las etnias centroamericanas.

Según el Instituto de Estudios Estratégicos de Londres, Costa Rica posee más de 12, 000 hombres equipados con armas de guerra modernas, con un apoyo logístico poderoso, con entrenamiento a su personal militar proporcionado por los Estados Unidos de América, con una técnica militar adecuada a sus defensa y con un presupuesto anual de 180 millones de dólares en gastos de defensa. Lo que quiere decir que si los costarricenses fueran guerreristas ya habrían expandido sus fronteras hasta Chiapas o hasta Nuevo Laredo.

Pero volvamos a los graves yerros diplomáticos de la OEA en este tan cacareado caso de Costa Rica contra Nicaragua. Primero la OEA y su Secretario General, José Miguel Insulza, como responsable no debió admitir un diferendo limítrofe de Costa Rica contra Nicaragua ya debidamente sancionado por los tratados, laudos y fallos de orden jurídico internacional. La OEA no está facultada para imponerle límites a ningún país, aunque sea Nicaragua.

Segundo, ante esta situación inédita la OEA tuvo un comportamiento caótico provocado por el conocimiento parcial de sus propias leyes y estatutos. Daba vergüenza ajena cómo el Presidente del Consejo Permanente estaba muy confundido –el mismo lo confesó públicamente- y no sabía ni siquiera el elemental manejo de una reunión de este nivel. Asimismo, la famosa asesoría legal de la OEA nunca entregó una posición global indicativa de los procedimientos correctos a seguir por los representantes ante el organismo para encauzar de la mejor manera los temas en discusión. Más bien, la famosa Asesoría Legal –muy bien pagada por cierto únicamente atinaba a referirse a artículos y acápites particulares y descontextualizados. Igual lo hacía festinadamente el Secretario Insulza, quien estaba aburrido pensando en una buena caña de vino y en un exquisito trozo de pernil, nostalgias chilenas y quien citaba un artículo con algún inciso de una manera totalmente descabellada.

Por su parte, Costa Rica realizó la puesta en escena de la gran alharaca tica como si de una obra de teatro del absurdo se tratara; acusó a Nicaragua de país agresor, invasor, solicitó la condena de nuestro país, clamó por su expulsión de la OEA y amenazó con la invocación del obsoleto e inútil Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca TIAR. Los ticos saben que obtuvieron una victoria pírrica en lo relativo a la recomendación de evitar la presencia de fuerzas armadas o de seguridad en el área donde su presencia podría generar tensión. Ni la OEA ni nadie pueden obligar a Nicaragua ni a ningún país a retirar tropas de su propio territorio.

La diplogeofagia tica a todas luces se reveló como mentirosa, oportunista, manipuladora y suprematista. La diplomacia costarricense fue hallada en varias mentiras (caso de los mapas, caso de la invasión del ejército); se reveló como un país disfrazado de pacifista y armado con una fuerza de seguridad pública de despliegue rápido; obvió responder sobre lo conclusivo del Tratado Jerez-Cañas, el laudo Cleveland, los laudos Alexander y el fallo de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, erosionando todo el orden jurídico internacional; se develó como un país ecologicida, contaminador y abusador del medio ambiente al que sólo le interesan las ganancias de sus empresarios y socios internacionales (Canadá) y se reveló como una gran jugadora de poker de poca monta. Como dijo Pirro: “Con otra victoria como esta tendré que regresar sólo a Epiro”. Costa Rica se quedó sin la razón pero amenazando con su fuerza militar y la de sus posibles aliados.

La diplosauria nicaragüense estuvo muy bien en el primer momento. Pero falta de una estrategia diplomática a largo, mediano y corto plazo; en ignorancia del estatuto y reglamento del organismo; padeciendo una inflexibilidad diplomática y con un torpe olfato político, los nicas se enfrascaron en repetir los puntos torales de nuestra argumentación hasta la saciedad, el aburrimiento y el rechazo. El embajador Denis Moncada, no tuvo su momento más feliz al enfocarse y enfrascarse en una infantil polémica con el embajador tico; los aliados estratégicos del ALBA no tenían clara la posición ni la justeza de Nicaragua; primaron los intereses por perjudicar a la OEA más que los intereses nacionales.

El consenso sobre la resolución de la Presidencia del Consejo Permanente era y es absolutamente aceptable para Nicaragua, en tanto no está ordenando retirar tropas. Hace una recomendación que Nicaragua perfectamente puede acatar retirando sus 30 efectivos a unos tantos kilómetros del punto en cuestión, señalando en altas, claras y documentadas voces y por escrito que esa área es parte de su territorio. Así como también Nicaragua puede reemplazar su presencia con jóvenes pacifistas dispuestos a defender desarmados y bajo el espíritu de no violencia el suelo patrio.

Nicaragua debe rediseñar su política internacional y modernizar su diplomacia. No vivimos tiempos de confrontación y desafíos de vida o muerte. Nicaragua debe preservar su legitimidad y soberanía, así como la legitimidad del orden jurídico internacional. Henry Kissinger dice que la estabilidad resulta comúnmente no de la búsqueda de la paz sino de la general aceptación de la legitimidad. Y que la legitimidad no debe confundirse con la justicia. Los ticos han puestos más el énfasis en lo legítimo, que en lo legal y lo justo. Nosotros hemos puesto el énfasis en lo legal y lo justo, descuidando –como casi siempre- lo legítimo.

El estado nicaragüense debe compartir responsabilidades con lo personajes que sean pertinentes para librar estos diferendos y llevarlos a buen término para nuestro país y nuestros vecinos. Así como el gobierno ha logrado una unidad de las fuerzas políticas, empresariales, religiosas, gremiales, sindicales en torno nuestra soberanía, igual debe crear los espacios de participación para gentes expertas en diplomacia y derecho internacional que puedan aportar a la causa y que no necesariamente comulguen con la política del Presidente Daniel Ortega.

Al Presidente Daniel Ortega ante su desacierto de haber mencionado la realidad de los narcoestados que nos circundan, me permito recordarle que eso lo puedo hacer yo y cualquier otro hijo de vecino, pero no Usted. Usted es el Presidente y sus responsabilidades son mayores y no puede permitirse el lujo de decir una verdad como una catedral pero indemostrable como un espejismo. Usted debe reaprender a negociar. Kissinger, quien para muchos es un canalla, pero indudablemente está reconocido como un maestro de la diplomacia, dice: “Un hombre acostumbrado a mandar encuentra imposible aprender a negociar ya que esto implica admitir la finitud de su poder”.

La diplomacia la debemos concebir en su sentido clásico de ajustes de diferencias a través de la negociación y en su sentido real, debemos concebirla como el arte de restringir el ejercicio del poder. El poder de las mentiras y las armas (Costa Rica) o el poder de la verdad y las armas (Nicaragua.)
Se necesita una nueva estrategia diplomática, nuevos contenidos para esa estrategia y nuevos actores. Los problemas de nuestra soberanía relativos a nuestras fronteras y mar territorial deben ser reformuladas frente a la estrategia expansionista de Colombia y Costa Rica más la complicidad de otros países del área. Nuestra soberanía limita con problemas de seguridad nacionales, regionales y continentales planteados por el narcotráfico, el crimen organizado y el terrorismo internacional.

Nuestra soberanía tiene que concebirse a partir de diseñar proyectos de desarrollo sostenible que contemplen e integren una política de protección, conservación del medio ambiente, una política de migraciones y sus derechos, la realización de estudios del problema de las cuencas hidrográficas internacionales; y todo ello guiado por un espíritu auténtico de cultura de paz que desemboque en una Centroamérica como zona de paz, seguridad y desarrollo.