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En el ortopédico diferendo con Costa Rica por el dragado del Río San Juan, Daniel Ortega miente para distraer a la opinión pública de los verdaderos problemas nacionales, consiguiendo de paso una fachada de legitimidad para su nefasta presidencia.

En el Río Coco, por ejemplo, 62 comunidades sufren hambruna por los desastres meteorológicos. 24,000 nicaragüenses, que según el Centro Humboldt padecen un nivel de desnutrición del 40%, esperan a que el arrebatado nacionalismo de sus gobernantes, los declare en “Emergencia Alimentaria”, para poder solicitar ayuda internacional.

Más del 70 % de los norteamericanos apoyaron en 2003 la intervención de Bush en Irak. Pero también más del 50% de ellos ni siquiera sabía dónde quedaba. Las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein se parecen a las pretensiones de Costa Rica por adueñarse del río, son invisibles.

El respaldo a la patriótica hipocresía de Ortega, está inducido por un nacionalismo que además de ignorante es mudo. Porque el país no conoce a fondo los detalles del dragado y tampoco se atreve a formular en voz alta y sin prejuicios, las preguntas indispensables sobre esta obra, que como todo lo demás, ha sido puesta en marcha bajo el sospechoso sigilo oficial.

Más allá del “Cero” conocimiento de Edén Pastora, en proyectos ecológicos de alta calificación ambiental y de la verdadera capacidad técnica del armatoste “Soberanía” ¿Qué tan “soberano” puede ser un proyecto, financiado con fondos extranjeros del ALBA, que entran al país de contrabando y que además son manejados ilegalmente por la discreción del Ejecutivo?
La mentira cabalga sobre el lomo de la verdad en el Río San Juan. Si bien a mediados del XIX se desató un interés imperial por adueñarse de la ruta interoceánica, también es cierto, para resumirlo gruesamente, que desde el Tratado Cañas-Jerez en 1858, pasando por el Laudo Cleveland en 1888, hasta llegar a la histórica sentencia de La Haya en 2009. Casi dos siglos de disputa fueron dirimidos. La soberanía de Nicaragua sobre el río ya no se puede discutir, es cosa juzgada e inapelable. Es insensato continuar la controversia.

Costa Rica además recibió con “gran beneplácito” y “suma complacencia” el fallo, porque también reafirmó sus derechos de navegación. El pedazo de tierra tomado hoy por tropa nicaragüense y reclamado por los ticos, es sólo una fracción de humedal con cierto valor ecológico. Una tierra de nadie, que la inercia burocrática de ambos gobiernos ha impedido amojonar.

Es una infamia, usar el atroz crimen del nicaragüense Natividad Canda en Costa Rica, para inflar con xenofobia esta patraña nacionalista del río, que ahora irresponsablemente pone en riesgo la seguridad y el bienestar de más de 300,000 compatriotas, por un miserable mojón olvidado.

El río no puede perder ni una sola gota de su soberanía, si Ortega retira las tropas que ahora están en medio de la nada y también pudieran estar, como aseguran los ticos en suelo costarricense. Además, mantener prepotentemente al ejército, alegando combatir el narcotráfico, es un tiro que a Ortega le puede salir por la culata.

La comunidad internacional y los cinco países, que ahora Ortega alegremente acusa de estar ocupados por el narcotráfico, saben que en Nicaragua, sobre la sangre de víctimas y policías se liberan narcotraficantes igual que se “extravían” sus narcofortunas, y que fue precisamente Ortega en los 80, quien vendió refugio al sanguinario capo colombiano Pablo Escobar.

Un gobierno espurio, conformado por ricas cúpulas parasitarias. Que violan flagrantemente la Constitución, con su espantajo legal y su corruptela generalizada. No solamente se ha autoinhibido para defender la soberanía (si estuviera en peligro), sino que además se ha autodeslegitimado para gobernar este país con legalidad y justicia.

Defender la soberanía bajo una dictadura, también me parece un soberano disparate, no sólo porque implica la paradoja de morir defendiendo un patrimonio que beneficia solamente a unos cuantos, sino porque además encierra una ignorancia tan arrogante, como la que ha expatriado a millones de nicaragüenses y convertido a un país colmado de abundantes riquezas naturales, en uno de los más pobres del mundo.

Esa misma lógica espantosa afecta también la lucha por la democracia. Se exige la purga de los autores materiales del fraude en las municipales de 2008, pero al mismo tiempo se deja impune en su cargo y hasta con posibilidades de postularse inconstitucionalmente, a Ortega, autor intelectual entre muchas otras tropelías, del atraco electoral más grande de nuestra historia.

Si Nicaragua no es libre no puede ser soberana. Solamente la aplicación de la ley puede impedir que individuos como Ortega, sigan delinquiendo para satisfacer sus mezquinos intereses. Sólo el castigo puede frenar estos delirios de tirano. Sin mirar el retrovisor, estamos transigiendo con esta nefasta vuelta en U de nuestra historia. Ya lo dijo Goethe, “nadie es más esclavo que aquel que falsamente se cree libre”.