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Usted no sabe cómo yo cuido mis fracasos. Por eso le digo a usted que no me detenga, que no me atrase, que voy apurado. Que no acepto que me imponga sus caprichos económicos, culturales y políticos. Yo no soy una pieza de su rondalla perversa. Conmigo usted no se harta de futuro, porque no soy el voto de uno de sus electores. Yo quiero poner mis banderas con suficiente aire y con el pecho abierto. Siga usted con sus cuentas bancarias, con sus destinos turísticos, con su enrolamiento frío con el gran capital y que no paren las grandes fiestas, donde hay mayordomos y meseros paupérrimos. Apártese, que esto no es, para quienes no pagan impuestos. Aquí, quien platica es quien pone en la mesa, dice la voz de las apariencias. Sigo sin responder a mi oído, que me cuenta otras cosas más infortunadas y tal vez, menos vengativas. ¿Pero, por qué huir de la rotunda crisis del mal vivir?
Según, la teoría de los que saben, porque son los que más sufren, los fracasos no deben incomodar porque son triunfos de la conciencia. Son livianos trofeos, que seguramente no entrarán en las puertas del infierno o del insomnio, que suena mejor. Para el equilibrio de los fracasos no hace falta la balanza. Ni testigos. Uno sufre menos de arrogancia, vedetismo y se ahorra las vulgares consecuencias de las inconsecuencias. En este territorio no hay cabildeo como se hace en la Asamblea Nacional, donde se vende de todo, (mentiras, rumores, falacias, ángeles de dormitorio, cosechas de frijoles, el cambio climático y todo el peso de las excentricidades politiqueras) incluyendo el alma, aunque sea maligna, al mejor postor y de “amor a primera vista” porque el asunto se arregla con que traiga los fajos de dólares, en billetes de baja denominación para que se sienta la abundancia.

Confieso que, los fracasos, son las serpientes que tanto miedo me dan. Sus reptiles pensamientos me abruman por el cansancio al que me arrastran por no esperar nada de sus actos. Con los años, uno aprende a querer sus fracasos. Los anima al convencimiento. ¿O no es cierto que la vida pasa y ellos quedan en los rostros que no pudieron encontrar mejores testimonios en la insuficiente noche del silencio?
Yo, a mis fracasos, los asoleo para que no teman a las epidemias. Impido que vayan a los bares a buscar la dosis perfecta del arrepentimiento. Que sean de una sola cara. De un solo acto y sin hipocresías. En este aspecto estoy agradecido. Han cumplido cabal y abiertamente sus funciones y es más, me ayudan en la ilustración a mis enemigos. Lo importante de todo este rollo es afianzar la contradicción. Acuérdese que, los fracasos son las cosas prohibidas, los pacientes incómodos, lo inconveniente de lo políticamente correcto. A mí, los fracasos me sirven para explorar en la escasez de proyectos e ideas. También para fomentar mi buen humor y encontrar el paso angosto de lo victorioso. Para muchos (los que viven en palco) los fracasos no se asoman ni reinan en sus cabezas. No viven atolondrados por las deudas que producen los fracasos. Dejemos de simplezas, los fracasos arden de todos los colores en las calles de la ciudad abatida, ésa, que sólo se reconcilia con nosotros, los de la Orden del fracaso.

Exhibir mis fracasos, me hace bien, porque puedo contar la historia desde abajo y no mirar a la sociedad desde las alturas con el punto de los vencedores. En la sociedad del conocimiento, los fracasos son referentes para doblar la hipocresía, que tanto abunda en los escalones del miedo.

Usted no sabe cómo aprendí a querer mis fracasos. En Río San Juan, durante una temporada pecaminosa me gustaba hacerlos correr por sus aguas, como niños motos con un juguete arrugado. En un principio me conmovían hasta destrozar mis horas de paciencia y después, con el aprendizaje lloraba lento, y descuadrado. Me impuse una rutina y un malestar de incomprensión, así pude obligarme a aceptarlos en mis convenciones a las que sólo yo asistía. No tenía razón, para que asistieran más, si ellos y yo hemos sido testimonios irreparables, y porque no, con todo atrevimiento invocantes del mismo dolor y de las mismas horas de una posible muerte.

Mis fracasos están en los corredores de mi infancia, en la pregunta sin lengua, en la calle retorcida de un sueño, en la boca insatisfecha de un beso, en la cabeza partida de una piedra milenaria. A veces, los fracasos, son tórtolos que se mojan en agua de azúcar. Se alejan del ruido que provocan los políticos. Son como respuestas de un incendio que no necesita del agua. De una mujer que escapó de la ternura para consolar a un perro que amaba una puerta salvaje.

Usted no sabe cómo yo mentí para que mis fracasos encontraran a mi padre (después que perdió sus ojos) en la última taberna donde no llegan los fantasmas a revisar sus cuentas, a donde fui yo, a llevarle agua a mis nuevos fracasos.