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No es un libro más y sobre Rubén Darío el lanzado el miércoles 10 de noviembre en la Biblioteca “Roberto Íncer Barquero” del Banco Central de Nicaragua, sino uno especial, culminante de una extensa e intensa investigación, consistente en 53 textos en prosa que el doctor Antenor Rosales Bolaños, presidente del BCN, presenta. Así sostiene que este libro se auspicia “para contribuir a la difusión de la obra rubendariana en beneficio, sobre todo, de las nuevas generaciones” y retoma a Saúl Yurkievich, mejor dicho, su idea de que la modernidad, tal como se entiende en nuestra época, comience con Rubén Darío; de tal manera —cito— que “llegó a ser el testigo del aceleramiento de la historia y del incremento vertiginoso del conocimiento y la tecnología, de la intensificación de las comunicaciones, del crecimiento del poder del dinero y de la acumulación de bienes, del progresivo empobrecimiento, de la quiebra de los regionalismos, del anarquismo ideológico y práctico y de la violencia. Darío vivió en una era llena de neurosis, inquietud, insatisfacción, desasosiego, autodestrucción, síntomas augurales de una de las caras de la realidad del siglo XX.”

Las prosas se escogieron de acuerdo con el criterio de edición expuesto en la siguiente “Nota explicativa” del suscrito, la cual se complementa con un par de ensayos: “Dos poemas políticos de Rubén Darío (“A Roosevelt” y “Salutación del Águila”), también del suscrito; y “El pensamiento social y político de Rubén Darío”, de Pablo Kraudy. Allí se analizan las ideas que su autor vertió en algunas prosas representativas o textos pocos conocidos que los dariístas de varias nacionalidades de América y Europa nos hemos empeñado en rescatar y estudiar.

Precisamente, lo encabeza un epígrafe tomado de Los Raros (1896), la programática y más erudita obra en prosa de Rubén, en la cual traza las semblanzas de sus maestros; epígrafe para mí muy significativo y actual, perteneciente al ensayo sobre el Visionario de la Nieva que fue Heinrich Ibsen, quien militó —según Darío, que compartía su ideario— “contra los engaños sociales; contra los contrarios del ideal; contra los fariseos de la cosa pública, cuyo principal representante será siempre Pilatos; contra los jueces de la falsa justicia, los sacerdotes de los falsos sacerdocios; contra el capital cuyas monedas, si se rompiesen, como la hostia del cuento, derramarían sangre humana; contra los errores del Estado; contra las ligas arraigadas desde siglos de ignominia para mal del hombre y aún en daño de la misma naturaleza; contra la imbécil canalla apedreadora de profetas y adoradora de abominables becerros; contra lo que ha deformado y empequeñecido el cerebro de la mujer logrando convertirla, en el transcurso de un inmemorial tiempo de oprobio, en ser inferior y pasivo; contra las mordazas y grillos de los sexos; contra el comercio infame, la política fangosa y el pensamiento prostituido…”

A continuación, se ofrecen seis textos que, reunidos bajo el título de Preludios contextuales, abordan directamente los problemas de carácter mundial, de los cuales Darío fue testigo e intérprete, a saber: “¿Por qué?”, “El Hierro”, “Los Miserables / Los gueux franceses, los tramps yanquis y los atorrantes argentinos”; “Reflexiones de año nuevo parisiense”, “La cuestión de los canales” y “La Guerra”. Luego, para una mejor compresión, el corpus restante se ordena en cinco secciones y, dentro de cada una, cronológicamente, a saber: I. Nicaragua; II. Centroamérica; III. Latinoamérica; IV. Estados Unidos; y V. Europa. La distribución no es gratuita: Darío actuó en (y pensó sobre) esos cinco ámbitos geográficos.

Cada una de las piezas lleva primero: una referencia de su fuente original, o sea tanto de la publicación periódica donde apareció por primera vez, como de sus reproducciones principales; y, en seguida, notas al pie de página que aclaran el contexto e informan de los autores, acontecimientos y personalidades. Se completan las abreviaturas. Entre corchetes se colocan las frases más significativas del artículo para facilitar su lectura y determinar su contenido; excepto en pocos casos, se mantiene la puntuación original. Asimismo, se moderniza la ortografía, especialmente la acentuación; se corrigen erratas y nombres, y se traducen frases al español transcritas por Darío en otros idiomas.

Los dariístas Pablo Kraudy, Günther Schmigalle y Noel Rivas Bravo, colaboran en las anotaciones que se aproximan al millar. Las de Kraudy (correspondientes a “Los miserables”, “La invasión de los Bárbaros del Norte”, “Dinamita”, “El triunfo de Calibán”, “Roosevelt en París” y “La comedia de las urnas”) fueron elaboradas especialmente para el volumen; y las de Schmigalle y Rivas Bravo se tomaron de sus ediciones críticas de Darío publicadas por la Academia Nicaragüense de la Lengua. Así se indica oportunamente.

No soy, por lo demás, la persona más idónea para reconocer los valores de esta edición antológica a mi cargo que el Banco Central de Nicaragua decidió auspiciar en conmemoración del cincuentenario de su existencia institucional. Tampoco es posible resumir la extensa, “Nota explicativa”, en la que puntualizo el credo político de Darío, estudiado luego a fondo por Pablo Kraudy en un ensayo que obtuvo el Premio Nacional Rubén Darío 2000. Sólo diré que con la aparición de estos Escritos políticos quedan sepultadas dos interpretaciones erráticas de su obra: la del esteta apolítico y la del reduccionismo torremarfilista, aducido por cierta crítica académica y mediocrática, olvidando que el mismo Rubén había confesado en el primero de sus Cantos de vida y esperanza: La torre de marfil tentó mi anhelo; / quise encerrarme dentro de mi mismo, / y tuve hambre de espacio y sed de cielo / desde las sombras de mi propio abismo.

Estamos, pues, ante unos Escritos que revelan al periodista vital y vitalicio que fue Rubén, al cronista de su tiempo cuyo intelecto estaba atento a las preocupaciones universales, a las inquietudes sociales, políticas y económicas, viéndolo todo y previéndolo —como afirmó Salomón de la Selva en 1940— “con extraordinario acierto”.

Pero no es la que primera vez que se divulga esta dimensión progresista del bardo. El argentino Alberto Ghiraldo en 1918 y tanto Julio Valle-Castillo y yo en los años ochenta, no sin algún sesgo, lo hicimos. Sin embargo, esas compilaciones carecían del ya señalado aparato crítico-bibliográfico.

En síntesis, Darío —como se demuestra en estas páginas— tuvo varias patrias: Nicaragua (“mi patria original”), Chile (“segunda patria mía”), Argentina (“mi patria espiritual”), España (“la Patria madre”), Francia (“la Patria universal”) y, en función de su ideario artístico, “nuestra patria la Belleza”. Mas la columna vertebral de su credo político fue la latinidad. “No, no puedo estar de parte de esos búfalos de dientes de plata —fustigó a los expansionistas norteamericanos que derrotaron en 1898 a España—. Son enemigos míos, son los aborrecedores de la sangre latina, son los bárbaros. Así se estremece hoy todo noble corazón, así protesta todo digno hombre que algo conserve de la leche de la Loba”.

Tal es la imagen vinculada al mundo real que le tocó vivir e interpretar a Rubén entre 1887 y 1914, lapso en que se ubica la publicación de las piezas aquí seleccionadas rigurosamente, y que prescinden de poemas y ficciones, limitándose a artículos, ensayos, crónicas y entrevistas, es decir, a prosas.

Unas prosas que traducen su arraigo cosmopolita, su liberalismo radical, su discurso latinoamericanista, su rechazo de toda acción imperial, su amor a la independencia y a la libertad, su campaña en pro de la unión centroamericana y en contra —como decía Ghiraldo— de “soldadotes brutales y sanguinarios, conculcadores de derechos ciudadanos, atropelladores de honras cívicas y forajidos legales de todo linaje”.

Unas prosas, en fin, dignas de leerse y releerse, de meditarse; postulantes de un nuevo humanismo, antibelicistas y creyentes en la salvación de que nos habla nuestro Padre y Maestro mágico en La caravana pasa, su obra de pensamiento más acabada.

“El arte, la ciencia, la investigación del misterio humano, la liberación de todos los espíritus por medio de la Verdad y la Belleza, he aquí la verdadera salvación de la Francia, de la tierra, de la humanidad entera. Los grandes creadores de luz son los verdaderos bienhechores, son los únicos que se opondrán al torrente de odios, de injusticia y de iniquidades. He ahí la gran aristocracia de las ideas, la sola, la verdadera que desciende al pueblo, le impregna de su aliento, le comunica su potencia y su virtud, le transfigura y le enseña la bondad de la vida”.