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Nos comunicamos mediante signos o señales portadoras de un significado. Un dolor que percibimos por medio de uno de los sentidos (el tacto, por ejemplo), es un estímulo que provoca en nosotros una imagen mental evocativa (un síntoma, señal o indicio), la cual se encuentra relacionada con otra por semejanza o convención cultural, llamada referente, reveladora de una posible enfermedad.

Un signo es todo fenómeno y objeto de la realidad, sea ésta material o imaginaria, que representa algo. Su función consiste en comunicar ideas por medio de mensajes. Esta operación – como explica Guiraud- implica un objeto, una cosa de la que se habla o referente, signos y por lo tanto un código, un medio de transmisión y, evidentemente, un emisor y un destinatario.

Hay diferentes signos que se perciben por medio de los sentidos; pero el más importante es el visual, porque el ojo es el órgano sensorial que percibe mayor cantidad de información, comparado con los otros sentidos. Los primeros estadios de la comunicación nos dejan el testimonio de un individuo esencialmente visual que recurrió a la imagen para dejarnos sus mensajes a través de petroglifos y pictogramas.

Los cómics y sus antecedentes

Una sucesión de imágenes fijas puede convertirse en un relato, en la medida en que se encuentran relacionadas entre sí por características plásticas, simbólicas, formales y de contenido. Entre las maneras de contar historias a través de estas imágenes más popularizadas por la cultura de masas figuran el cómic y la caricatura
Considerado modernamente para algunos críticos como el noveno arte, la narrativa gráfica de los dibujos en serie –con texto o sin él y conocida comúnmente como historieta o cómic- constituye un relato que tiene, entre otros objetivos, entretener y divertir, aunque no están exentos algunos de criticar o ridiculizar un comportamiento social, como “Mafalda” de los años ochenta. Una herramienta, como afirma un teórico, “para ver, analizar y comprender el mundo con otra mirada”.

Sus antecedentes los encontramos en diversas manifestaciones artísticas de la Antigüedad y la Edad Media, como los dibujos y jeroglíficos de los antiguos egipcios -que representaban muchos de sus mitos- realizados sobre hojas de papiro, y también hacían murales en forma de tira, que incluían imagen y texto. Orígenes remotos los hallamos también en las bandas que rodeaban las columnas romanas conmemorativas (como la de Trajano o la de Marco Aurelio), y los retablos medievales (con los que, mediante imágenes, se explicaban al pueblo historias, crímenes y sucesos en general).

Más cercanos a nosotros aún, son los documentos americanos de procedencia indígena, como los códices pintados por los mayas y los aztecas, manufacturados con tiras de piel de ciervo o de papel de agave o amate. Con todo, los antecedentes más inmediatos a la historieta son, probablemente, las Aucas y Aleluyas en Francia (1820), que consistían en publicaciones destinadas a satisfacer las necesidades de instrucción de niños y adolescentes a través de narraciones de breves cuentos y aventuras apoyadas en ilustraciones con textos explicativos al pie de los grabados.

Pronto la historieta, que nace casi al mismo tiempo que el cine, desarrollará su particular lenguaje icónico con viñetas de diferentes tamaños y situaciones, textos y globos o bocadillos elaborados de modos y alcances diversos y con ciertos símbolos ya universalmente aceptados, como el uso de un bombillo que se enciende para explicar que el personaje ha tenido una idea, o los signos de exclamación e interrogación para indicar, respectivamente, asombro y perplejidad. Así adquiere una eficacia comunicativa difícil de lograr por otro medio de expresión.

Muchos señalan el año de 1896 como la fecha de publicación en Estados Unidos del primer suplemento infantil con historietas, aunque le atribuyen al suizo Rodolfo Toepffer (1799- 1846) quien inventó la historieta ilustrada. Se la conoce como tira cómica, muñequitos (en Cuba, especialmente), comiquitas (Venezuela), monitos (México) y tebeo en España, por el nombre de la revista TBO, donde empezó a publicarse en 1917 en Barcelona. Recientemente, se le llama también cómic, anglicismo asentado y aceptable en nuestro idioma.

El cómic ha influido en el cine y el pop-art (o arte pop), un importante movimiento artístico del siglo XX que se caracteriza por el empleo de imágenes de la cultura popular, tomadas de los medios de comunicación, tales como anuncios publicitarios y los cómics. A su vez, está permeado por lo que sucede en la plástica, la televisión y el cine, como Supermán y Spiderman. Incluso, en la literatura, como el caso Art Spiegelman y su novela “gráfica” Maus (premio Pulitzer, 1992), que narra la cacería y el exterminio de los judíos a manos de los nazis y considerada una joya de la literatura-cómic. “Crecí oyendo decir a mis padres, sobrevivientes del Holocausto, que el mundo es un lugar increíblemente peligroso y que, por ello, siempre hay que estar preparado para escapar”, dijo Art Spiegelman en una entrevista al diario Forward.

El cómic y los valores

Una mirada aguda y crítica sobre los “mundos” desplegados en la historieta implica un doble trabajo: por un lado, leemos el texto (comprensión) y por otro recreamos (elaboración) el mensaje que nos transmite a través de una perfecta integración constante y productiva de dos formas comunicativas: la palabra y el icono.

Así logramos percibir una de las dimensiones más significativas de los cómics: los valores que transmiten las diferentes sociedades y culturas, con sus arquetipos o modelos. Un tema asociado al cómic, por ejemplo, es la relación que existe entre la violencia mostrada en algunas viñetas y las conductas de los niños y jóvenes reflejadas en los “superpoderes” de sus personajes y las peleas y muertes plasmadas en sus dibujos.

Nuestra mirada crítica consistirá en aprehender esos “mundos” que la historieta reflejan y juzgar, sobre la base de criterios de valor universal: la injusta desigualdad entre razas, clases y sexos y la violencia contra los débiles, particularmente niños, mujeres y ancianos.

El cómic puede ser un instrumento del poder (político, económico, etc.); un medio de propaganda política o un valioso auxiliar para la educación infantil. Puede ser un vehículo ideológico que refleja los valores de una sociedad consumista, cómoda o conformista; o puede constituirse en un transmisor de estereotipos de una sociedad patriarcal, como los dirigidos a las niñas para hacer de ellas una futura mujer cuya única aspiración no debe ir más allá del hogar. O un recurso didáctico para desarrollar valores que contribuyan a la formación de un ciudadano honrado, solidario y fraterno. En suma, el cómic puede reflejar lo que la sociedad es o lo que la sociedad debe ser.


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