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La violencia es como una larga e irregular escalinata que al llegar a la cima, encuentra un barranco profundo y oscuro; no tiene la forma de una pirámide, que comienza ancha en su base y termina angosta en la cúspide. Del latín la palabra “violentus”, violento, viene de “vis”: fuerza, poder, violencia. Del diccionario RAE XXII edición, violentar es “aplicar medios violentos a cosas o personas para vencer su resistencia”. Lo violento “está fuera de su natural estado, situación o modo… que se ejecuta contra el modo regular o fuerza de razón y justicia…”

La violencia es contagiosa se extiende por el temor y la incertidumbre, brota del poder en cualquiera de su multitud de formas y manifestaciones privadas y públicas. Es de carácter viral y endémico, hay que atenderla con prontitud, antes que inicie el ciclo de su evolución y avance en sus estragos. El rumor genera miedo ante lo desconocido, ante el mal que se siente y desconoce, es epidemiológico. La gente puede sentir algo que le incomoda, se angustia, se sacude, califica el mal desde su simpleza y heterogeneidad, inventa mitos y los difunde. La violencia nace desde quien tiene algún grado de poder político, económico, religioso, cultural, académico, afectivo, jerárquico, físico, entre más grande sea ese poder, más dañina y contundente puede ser la violencia cuando se tienen en las manos los hilos de la decisión se quiere “vencer la resistencia de las circunstancias, las cosas y las personas”. Se violenta la naturaleza y se violenta a las personas, el medio ambiente reacciona de una particular manera y las personas de otra. Quien padece sus consecuencias, quien sufre sus efectos, no siempre será un pasivo receptor, puede parecerlo un tiempo, mucho tiempo quizás, pero acumula, desde esa misma acción provocadora, la energía para responder con igual o peor efecto. La ley de Newton, no es sólo una ley de la física, es una ley social: “a toda acción corresponde una reacción igual o mayor”.

El odio y la violencia, se engendran mutuamente. Ejerce la violencia el empleador que no cumple sus obligaciones laborales contra el trabajador quien necesita el salario y se acomoda a las condiciones denigrantes que le impone; el líder político haciendo su voluntad por encima de la opinión mayoritaria o del grupo a quien dice “representa”, sin discutir, sin consultar, porque siente en su envestidura el carácter mesiánico y providencial de su posición, que termina, de tanto insistir, creyéndosela, busca ansioso la hegemonía, se siente imprescindible, su voz se alza entre las multitudes o entre las minorías sobre las cuales su poder ejerce una fuerza que doblega voluntades; el jerarca religioso desde los dogmas y la manipulación de la fe, arrastra a sus seguidores a la emotiva e irracional sumisión, los condena y los absuelve, justifica sus actos; la violencia la ejercen las personas quienes crean las maquinarias, las estructuras, las organizaciones, las leyes, los códigos, los procesos penales y civiles, las reglas, a las cuales deberán someterse quienes habitan al margen del poder pero están bajo su sombra sin beneficiarse de ella, son los receptores ineludibles de sus consecuencias.

La historia humana ha sido la historia de la violencia, desde el poder, con su “visionaria” y comúnmente centralista interpretación del mundo, desde lo erudito, emotivo y dependiente, desde la superioridad racial, cultural, material y psíquica, desde la investidura legítima o ilegítima, se violentan las cosas y las personas para doblegar su resistencia y someterlas al redil de aquello que quien manda, decide, controla, dice qué es lo bueno o lo malo, lo que conviene y no conviene, lo que debe gustar y disgustar. Esa fuerza, por encima de todo, llámese mercado, partido político, iglesia, ejército, policía, estado, juez, empresa… Desde el color de la piel y la raza, desde el sexo y la edad, desde el origen y la posición socioeconómica, desde la creencia, la sapiencia y la ignorancia, el poder, tan necesario e inseparable del desarrollo de la sociedad humana, engendra, como entre los animales que producen células atrofiadas, la violencia se incrusta como un cáncer que carcome y desnaturaliza, por encima de la ley y la justicia, atrofia los órganos y ejerce su fuerza para someter en el silencio y el dolor, para anular la identidad, para justificar los hechos, para preservar el status quo de la fuente que lo genera. La violencia, aceptémoslo con repugnante indignación, es producto del conflicto cotidiano que el poder ejerce en la sociedad en la cual vivimos y seguiremos viviendo, hasta que no llegue un momento en que, habiendo rebasado sus límites, colapse nuestra existencia individual y social.

La violencia en su más visible y extrema manifestación provoca la confrontación física, la lesión y la muerte. En sus más generales y casi aceptadas expresiones está la cotidiana afectación a los derechos fundamentales de las personas y al orden natural. Violencia es someter al desempleo, al analfabetismo, a la ignorancia, a la inseguridad, a la enfermedad, al abandono, a la orfandad, al olvido, a la denigración,… ¿Puede ser la violencia legítima e ilegítima, justificada o injustificada? Depende, quien la ejerza y tenga la capacidad para justificarla, puede hacerla lícita o legítima, si tiene el poder suficiente para hacerlo desde lo real; desde lo ético, que no siempre prevalece, sólo es legítima y justificada, aquella que reacciona para sobrevivir ante la violencia de origen que pretende destruirlo o someterlo, es un proceso natural, lógico, humano y físico. La violencia engendra violencia, es una trampa de la que no se sale.

Desde la doctrina norteamericana se ha hablado de la “guerra preventiva”. Desde la historia, en la “guerra santa”, desde católicos, judíos y musulmanes, desde las Cruzadas, en la Conquista se ha usado el nombre de Dios. En los tiempos recientes, los mas nobles conceptos y fines, pueden maquillarse y justificar cualquier de los medios para lograr cualquiera de los fines; desde los Derechos Humanos, la paz, la libertad, la democracia, la ley, las instituciones, la libre empresa, el pueblo, los pobres,… se pretende justificar la violencia, la intervención o la muerte, por la soberanía y la patria, quedan en los campos olvidados de la historia millones de seres humanos descuartizados, en fosas comunes como abono orgánico, el despale y el deslave, que con el tiempo, como otra forma de violencia se lanzará a anegar los ríos y finalmente al mar que se revuelve entre sus olas y vientos huracanados.

El poder ofende con su ostentación, carece de modestia y cuando quiere mostrar un disfraz, es una máscara ridícula y espeluznante. Tiene la capacidad de limitar los derechos de otros porque solamente reconoce, a medida que crece, el derecho y la verdad propia, doblega lo distinto, anula lo otro, su existencia, por muy efímero que sea, se despliega tanto como sea posible y a medida que aumenta en su extensión, viene, como una lógica consecuencia, su debilitamiento. La debilidad es la locura, la fuerza se desborda y las acciones traspasan lo razonable, esa es la más evidente señal de su agonía. Una forma de poder muere y otra surge inmediatamente, alguien que lo representa deja de existir y una nueva figura se levanta de las cenizas del otro, reniega del antecesor, promete ser distinto, pero poco a poco, a medida que acumula en sus articulaciones la energía de esa fuerza invisible y necesaria, se va pareciendo mas y mas ese de quien antes renegó. Así es la historia, un drama, una comedia, un juego de ajedrez. Solamente el poder, cuando es pequeño, puede ser más ampliamente compartido; cuando crece, se concentra, precisamente eso lo hace crecer hasta un punto determinado, después evoluciona, muta y muda, se diluye una forma y figura, y surge creativamente en otra que a fin de cuentas no deja de ser la misma en otra época y circunstancia, más sutil o burda.


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