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El conocimiento científico en su construcción histórica ha sido entendido como patrimonio de la comunidad científica, creándose y difundiéndose múltiples mitos que, a la postre, han separado la ciencia de la sociedad y su gente. Investigaciones realizadas con profesores y profesoras que enseñan ciencia, revelan que se han convertido en los principales difusores de semejante mito. Con sus actitudes de autosuficiencia y elitismo cognitivo, han hecho saber que, el conocimiento de las ciencias y la tecnología, sólo es accesible a quienes poseen una inteligencia superior a la normal. Aún hoy, muchos jóvenes, especialmente mujeres, seleccionan carreras en las que no tengan que estudiar cursos de física, química o matemáticas, producto de la influencia de sus profesores que les enseñaron la “incapacidad aprendida” en ciencias.

Estudios realizados sobre la ciencia, especialmente a partir de los años 60, han mostrado que la lógica del conocimiento científico, la forma cómo se construye y los objetivos que se propone, poseen un profundo carácter social al que no debemos renunciar. Este nuevo paradigma de interpretación de las ciencias, reclama un cambio de perspectiva para aproximarlo a la gente. Si el conocimiento surge de la sociedad y sus intereses, es patrimonio de todos, y es necesario que se proyecte a la sociedad, para que todos tengamos acceso a comprender sus claves básicas, tomar mejores decisiones, mejorar la salud y calidad de vida En tanto, el saber de las disciplinas científicas y tecnológicas aportan principios, teorías, leyes y sus aplicaciones para comprender el mundo en que vivimos, contribuir a superar la pobreza, salvaguardar la paz y mejorar la calidad de vida de las personas, es necesario que no quede atrapado en las “torres de marfil” de los laboratorios e investigaciones, sino que, por el contrario, sea comunicado a la toda la sociedad, logrando que sus beneficios cognitivos y materiales se democraticen.

Esta alfabetización científica requiere de un periodismo comunicativo capaz de mediar entre la complejidad del conocimiento científico y las lógicas e intereses de la gente. Tal tarea, no menos compleja que necesaria, no es asumida por los comunicadores, quizás, porque exige preparación especial o porque los intereses de dueños-editores de medios, no consideran que el tema cautive audiencia. Recientemente la Academia de Ciencias de Nicaragua ha desarrollad, en conjunto con el CONICYT, la Carrera de Periodismo de la Facultad de Humanidades y Comunicación de la UCA y la colaboración de expertos internacionales del CYTED y otros, un Taller de Periodismo Científico, con participación de estudiantes y periodistas. En él se debatieron claves para que los periodistas apliquen estrategias que hagan accesible el conocimiento científico a toda la población. El objetivo es divulgar conocimientos en la población para que las decisiones de técnicos y políticos respecto a ciencia y tecnología, sean comprendidas y controladas democráticamente.

Este acceso democrático al conocimiento científico, aporta gran riqueza a la población desde varios ejes relevantes:

a)Un eje social, pues hoy se admite que sin cultura científica y tecnológica, los sistemas democráticos se tornan cada vez más vulnerables a la tecnocracia.

b)Un eje económico y político, ya que sin una participación del conjunto de la población en las culturas científicas y técnicas, las economías desarrolladas corren el riesgo de presentar serios problemas, y los países, como el nuestro en desarrollo, tendrán grandes dificultades para despegar. Un desarrollo no será sostenido si el presupuesto invertido en ciencia y tecnología no se corresponde con el apoyo de programas educativos de ciencias y tecnología y alfabetización científica.

c)Un eje de valores humanos, en tanto el conocimiento científico le ayuda a la persona a relacionarse con su entorno y con los demás, a tomar buenas decisiones pero, sobre todo, a ser crítico y autónomo.

Varias dimensiones del conocimiento deben ser compartidas con la gente. Desde una dimensión epistemológica, la ciudadanía logra comprender cómo se construye este conocimiento y cómo trabajan los científicos. Desde una dimensión estética, la ciudadanía tiene derecho a disfrutar de una teoría, de una máquina bien fabricada que resuelve situaciones cotidianas. Desde una dimensión corporal, el conocimiento científico nos ayuda a comprender nuestro rol inteligente dentro de un mundo de utensilios. Otra es la dimensión comunicativa, las ciencias y las tecnologías son maneras de construir una visión del mundo compartida y comunicable.

Lo dicho alcanza su máximo nivel de efectividad cuanto la ciudadanía, debidamente informada, puede participar activamente en el debate ético de la ciencia, de manera que los conocimientos científicos sean debidamente utilizados para favorecer el desarrollo humano de las personas y superar la pobreza. Finalmente, frente a la dicotomía que aún prevalece en el país entre las ciencias y las letras, vivida por científicos, técnicos e ingenieros que cifran su profesión separada del mundo de las humanidades, sin tomar en cuenta, en la práctica, lo humano, existe la convicción que dentro de una simbiosis entre lo científico-técnico y lo espiritual, entre el cuerpo y el espíritu, entre lo económico y lo social, se encuentra el porvenir de la humanidad. Siguiendo a Teilhard de Chardin, es rechazando tal dicotomía que, “se revela el potencial espiritual de la materia”.