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En el estudio de las relaciones internacionales la caracterización de la conducta de los Estados dentro de la sociedad internacional ha sido siempre una necesidad constante. Los estudiosos precursores de esta dinámica investigativa, como el profesor británico Martin Wight, quien introdujo la noción de tradiciones de pensamiento, así como otros que a lo largo del siglo XX se ocuparon de profundizar dicho enfoque teórico en mención, nos permiten identificar la conducta de Nicaragua y la vecina Costa Rica en el actual conflicto limítrofe por el Río San Juan.

El Profesor Wight establece, que en sus relaciones internacionales los estados operan en base a un pensamiento realista, fundamentado en mucho en la estructura de valores y conceptos del pensamiento de Maquiavelo. Un ejemplo de esto es concepto el de “Vacío de Moral como la Moral del Estado” en sus relaciones internacionales. De tal manera, que los intereses de un Estado son excluyentes de los de cualquier otro. El único principio, que rige en el mundo Hobessiano es la prudencia, el cálculo a la hora de emprender las acciones.

Si trasladamos la fundamentación teórica arriba mencionada a la práctica histórica de las relaciones bilaterales con Costa Rica, encontraremos en la opinión pública nicaragüense ciertas percepciones, que identifica a ese vecino país como un actor internacional con valores maquiavélicos y hobbesianos. A los nicaragüenses nos ha sido muy difícil aceptar y entender el afán lucrativo de Costa Rica por tratar de tener mayores derechos sobre el Río San Juan, que aquellos establecidos en los laudos pertinentes, que ratifican la soberanía nicaragüense y las pocas posibilidades (autorizadas) costarricenses en el río. Como también es difícil entender sus pretensiones geopolíticas en pro de alcanzar el derecho inclusive sobre la navegación en el lago de Granada y acceso a ese recurso estratégico como es el agua dulce que hay en él.

En la memoria reciente de los nicaragüenses está la política exterior de Costa Rica en apoyo de la política norteamericana de agresión a la revolución sandinista en los años ochenta del siglo pasado, que nos destruyó nuestra economía y que favoreció a la economía de ese vecino país. Aun más reciente es la presencia de efectivos militares norteamericanos en Costa Rica, lo que inmediatamente la ha convertido en una posible rampa de agresión e inseguridad para el actual gobierno. A esto se ha sumado la constante preocupación ya a gritos de la posible combinación de Costa Rica junto a países como Honduras y Colombia. Estas hipótesis no están basadas en fundamentos intangibles y más bien son los elementos tangibles de las relaciones entre estos países, y sus combinaciones maquiavélicas en detrimento de nuestros intereses determinantes los que están causando el mayor grado de intensidad en el
conflicto.

Son los peligros inminentes para el desarrollo económico de toda la nación y la región en general, lo que ha evocado en la cohesión política y nacional de los nicaragüenses en aras de revertir con claridad meridional las intenciones particulares de unos y otros así cuando están se presenten de forma grupal.

En términos generales a Costa Rica se le caracteriza por un egoísmo ilustrado en sus relaciones multilaterales en el plano regional. Basta con mencionar su actitud hacia el proceso de integración centroamericana y su renuncia a participar sistema abierto de visado conocido como el C-4. Y su hoy sospechosa intención de incluir a organizaciones multilaterales solo acentúa más nuestra preocupación. Un ejemplo de esto por qué firmar acuerdo de libre visados con Panamá y Colombia. Si en todos los aeropuertos europeos y norteamericanos hay filas de chequeo de pasajeros especiales que dicen “ONLY FOR COLOMBIANS”

Dejar desprotegida la zona sur de nuestra frontera con Costa Rica sería mucho más peligroso ya que el corredor se viene facilitando por medidas oficiales y que la pared de choque serán nuestros puestos fronterizos, los cuales necesitan ser eliminados por el crimen organizado, sobre todo el narcotráfico.

A pesar del debilitamiento de nuestras estructuras de análisis preventivo hasta llegar a su casi inexistencia dentro de todas las estructuras del estado y las cuales deben consolidarse en una mejor forma, en Nicaragua se entiende la sombra y la lógica de la proyección del actuar costarricense.

Primeramente, crear todo un escándalo alrededor de la actividad del dragado en el río San Juan y de ser posible provocar cierta tensión, que pueda producir escaramuzas fronterizas, para poder recurrir a organizaciones fallidas históricamente como la OEA. Con esto apoyan a la política norteamericana de evitar las reformas profundas que varios países del continente demandan ahora. Otra organización a convocar por Costa Rica es el TIAR (Tratado Interamericano de de Asistencia Recíproca) violentado por los mismos EU cuando apoyaron a Inglaterra en vez de Argentina durante la guerra por las islas Malvinas. Desde entonces el TIAR cayó en coma y dejó de representar la intención de unidad en materia de asistencia recíproca entre los estados latinoamericanos en unión con los EU. Hoy los gobiernos latinoamericanos y del Caribe están interesados en Unasur, como organización real de defensa y respuesta colectiva. Lo anterior explica el por qué los EU necesitan habilitar con mucha urgencia a la OEA y al TIAR como instrumentos que le permita su intromisión (participación) en los conflictos entre las naciones de habla hispana más allá de sus fronteras con México.

En última fase, Costa Rica solicitaría la asistencia de tropas USA (más del número que ya está en suelo tico) justificando así su presencia, el control y su obligatoria participación sobre esa ruta interoceánica así como todo megaproyecto que se pueda realizar en esa zona. Al final, como ya ha ocurrido en otros periodos de nuestra historia, de alguna manera los EU podrían dejarles a Costa Rica un acceso al gran lago y al recurso natural por excelencia: “El agua”. Lo lastimoso de todo esto es que la actitud de Costa Rica la sitúa bajo la agenda estratégica del Departamento de Estado y del Pentágono, como un diplomático y un marine más en función.

Es precisamente ahí donde su enfoque maquiavélico choca con el enfoque Grosianico nicaragüense, el que supone que “las relaciones internacionales son parte de una sociedad de estados o una sociedad internacional”. En esta línea de pensamiento el conflicto entre los estados es limitado sobre la base de la existencia de reglas e instituciones”…”Prudencia, moralidad y derecho confirman la lógica del comportamiento estatal dispuesto a defender la existencia de dicha sociedad.

Al aterrizar las anteriores formulaciones teóricas, a nuestra conducta internacional podemos ver entonces como lógica la intención permanente de Nicaragua de recurrir al derecho internacional y a las instituciones jurídicas internacionales para dirimir este tipo de controversias internacionales, tal como recientemente ha sido oficializado por el presidente Ortega. En esta disposición se distingue el apego al proceso de fortalecimiento de integración centroamericana y a la idea Bolivariana de unidad continental como cimiento del funcionalismo de nuestra región.

Con dicha decisión presidencial no sólo queda nuevamente afirmada nuestra vocación de paz y respeto a los pueblos entre estos el costarricense, sino que otro enfoque que integra nuestras relaciones internacionales con el actual gobierno como es el Kantiano o Revolucionista (visto desde la perspectiva de Marx) que supone que las relaciones internacionales “deben tener un carácter de cooperativo puro. Los conflictos de intereses surgen entre los grupos gobernantes de los estados y no a nivel de los pueblos”.



*Presidente Ejecutivo (CREI).

Centro Regional de Estudios Internacionales