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La llevo conmigo como se lleva el recuerdo de un atardecer, o de un olor que recuerda otras cosas. Como se lleva una medalla, o un amuleto para cuando ya no hay remedio, como se lleva la virgen de Guadalupe colgada de un espejo retrovisor en los camiones que cruzan América, o como se tiene un crucifijo puesto en la cabecera de una cama, cuando se está más cerca de otra vida que de esta. La llevo al lado para hablar con ella por el camino, sobre todo cuando arrecian los malos tiempos y no puedo cambiar ni un ápice de las cosas que andan mal. Es una mujer colombiana. Ella no sabe que la llevo adentro como se guardan las palabras de una madre, o el rumor de las puertas en la casa de la infancia.

Yo la había entrevistado. Estaba desplazada en Bogotá, oculta más bien, en una casa gris y muy triste de un barrio de las afueras aún más triste donde venían a dar los cientos de miles de desplazados colombianos por culpa de ese conflicto tan viejo y ya, por eso mismo, tan extraño. Tenía treinta y cinco años, y parecía mayor. Su hija, de catorce años, la escuchaba.

“Allí, en el monte, la ley era de ellos”. Se refería la mujer, mi medalla, mi recuerdo, mi estampa, a un grupo de las FARC, los antiguos guerrilleros que, ahora, como muchas autoridades en Colombia, viven del narcotráfico y de la inercia de las armas.

“Uno se me acercó un día y me dijo que su comandante me miraba bonita. Que mejor fuera donde él, si quería que mi marido siguiera con vida y mi hija se quedase conmigo. Entonces, ella estaba muy chiquita”. En la puerta nos mira la hija, con ojos enormes y claros.

Y en el monte de las veredas colombianas quien se acuesta con el comandante, después termina por tener que hacerlo con los otros combatientes, hombres al fin y al cabo, hombres del monte, convertidos algunas veces en casi animales.

Su marido no sabía nada, o no quería saberlo. Pero buscaban salidas por donde escaparse de aquella “ley”. Ella intentó hablarle de las amenazas, los chantajes, los abusos que padecía. “¿Qué amenazas?”, preguntaba él. Y ella se quedaba callada, porque no se atrevía a decirle. Años después (unos dos años después), lograron encontrar una vereda que se escapaba de la vigilancia de quienes impusieron la ley. Y huyeron lejos, muy lejos, hasta un barrio de Bogotá.

“Si me preguntas ahora por el rostro de aquellos hombres, no recordaría a ninguno. Si el ejército o la policía los pusiera en fila delante de mi, y me dijeran , no podría”.

¿Por qué?, le pregunto. “Porque cuando cada uno de ellos se ponía encima de mí, yo sólo pensaba en él, en mi marido. Usted sabe como son esas cosas de casarse en el campo; se encuentra una con alguien y los dos se acompañan, se tienen hijos, se colaboran…, pero ¿enamorarse?, yo no sabía lo que era eso, hasta que me llevaron a ser mujer de los del monte. Ahí sí, cerraba los ojos y pensaba en mi marido: lo imaginaba revisando la cosecha, ayudando a otro a cortar leña, caminando por las veredas por si encontraba una frutita que traer de regalo a la casa, y entonces me enamoré de él, con los ojos cerrados”.

Le pregunté a la mujer si nunca le dijo eso, si nunca volvió a hablar con su marido de aquel asunto, ahora que estaban un poco más a salvo. Una vez lo intentó, me dijo, pero él esquivó el tema diciendo: “Yo ya sé el agua que lleva el molino”. Ella me dice, y ahora me lo dice llorando, pero de frente, que cuando se acuesta cada noche con él, se acuerda de entonces, y le gustaría que le mirase y decirle como me dice a mí, de frente: “Mira, mi amor, lo que yo tuve que hacer por ti para que siguieras con vida”.

¿Y lo sigue queriendo?, pregunto. “Lo amo”, responde. Y debe ser verdad porque se le achican los ojos y le brillan de esa sola manera que tiene el amor de salirse a los ojos.

Se llama Mercedes, aunque no es su nombre real. Lo cambiamos para un reportaje donde no pude contar estos detalles. Yo elegí su nombre porque me recordaba el de una vieja amiga. Y saben qué. Estas cosas no se pueden explicar muy fácilmente. Es decir, no puedo contarlas así, tan breve, y concluir en algo claro, rotundo, algo parecido a una moraleja que explique por qué la llevo todavía conmigo como una medalla o un amuleto. Sólo sé que esa mujer transformó una realidad a través de la fantasía, y se inventó un amor que no sentía hasta que se le hizo tan verdad como lo revelaron sus ojos. Era cuando no tenía otra salida que inventarse. Dicen que a veces, es una manera de huir de la realidad. Yo no lo tengo tan claro, sobre todo cuando la realidad no da tregua. Entonces, no hay otro recurso que la imaginación, y en este caso imaginarse que te enamoras de nuevo de una persona, de un sueño, de una visión, puede ser tan sincero, tan real, como la otra realidad que te desarma.

La llevo conmigo (su voz, el recuerdo de sus ojos mirándome de frente y hablando de su amor), para cuando me veo en apuros, y pienso que son miles los que se ocultan por ahí, que huyen o no salen, pero que guardan con ellos el secreto más viejo del mundo. La llevo, por si la necesito un día de estos, y me tengo que inventar el amor. ¿Es cursi? Puede, como también es cursi la foto de la hija de quince años que llevan algunos camioneros por detrás de una medalla de la virgen de Guadalupe, que ahí está mientras el calor, mientras la lluvia, mientras los malos tiempos, mientras las noches de oprobio, como si fuera siempre posible hallar la puerta de otra realidad que no es ésta. La llevo conmigo porque cuando no miro esperanza, aún me queda la imaginación donde todo puede comenzar de nuevo.


franciscosancho@hotmail.com