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No tengo el suficiente interés ni cariño para escribir cartas. Siempre que lo he hecho me he visto arraigado a un sentimiento o a una incapacidad de no poder decir con esmero y prontitud, lo que me pide el ¨corazón¨ para finalmente embarcarme en una indecisión o parálisis de atolondrarme con lo que no puedo hacer cómo supuestamente debiera. Es un asunto de penas sin centavos.

Otra cosa es aplicar o entender la letra menuda de la impaciencia, porque a los llamados expertos en escribir cartas les llueven también impericias o flamantes decepciones cuando son invitados a desalojar el sitio mágico de sus intuiciones. Por ahí se cuela el fantasma alarmante de enviar cartas y luego esperar, lo que no se espera: el rotundo No.

Este siglo 21, tan incapaz como el perro sin cola, que quedó ciego por no ver sus pisadas en la oscuridad, obliga a escribir cartas de socorro, y según otros, de inquietante tentación. La explicación es lapidaria: no existe quién en la inmediata acera de enfrente conteste las cartas que hablan en voz alta de rogativas y urgentes estreñimientos. Morirse de hambre ya no es una invectiva que consterne.

Por las calles de la ciudad se desparraman en la multitud los necios y pensativos que por cualquier cosa dejan cartas de asombro en las iglesias, instituciones, playas abandonadas, casas derruidas y amantes indigestas. El milagro es otro pasatiempo que no calza bondades. Somos tan aventurados como los que corren detrás de un barrilete elevando barriletes de múltiples colores en busca de la larga irreconocida esperanza.

A veces llegan cartas que son como hormigas en el desierto. Las que cuando llegan pintan de entusiasmo en los barrios sin luz y sin agua. Las que se esconden en las ranuras del tiempo, para que haya más tiempo para el amor.

Las cartas no quieren a la lluvia porque moja sus ojos. Me gustan las cartas simples. Las cartas en las que aprendí a llamar a la soledad desde un pedazo de pan. Yo soy testigo del rumor de una carta que describió con mínimos detalles, cómo la vida huía de los sanatorios del ridículo, la marginación, y el horror de encontrar la noche (con un cuchillo ensartado en el pecho) en el mismo punto sin partida. La carta enamorada (dicen) no
vistió sus galas en el rincón de un bello milagro.

Es bueno decir que hay cartas agraciadas, inocentes y celosas, compañeras salvajes y ambiguas en secretos. Hay cartas de un sí, que no mueve montañas. Hay cartas del no que invitan al reposo. Hay cartas que han hecho la guerra y desaparecido el amor. Hay cartas que desinforman y alegan dignidad. Las hay también presumidas, con la fuerza intocable del vicio y sus presuntos asesinos.

Son las seis de la mañana. No escucho lo que me dice una carta que escribí para ser recibido por la escucha, burlando a la secretaria, que me dejó esperando una respuesta porque no pudo soportar el olor a pobre de mis zapatos.