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El lenguaje, como afirma Charles Bally, trata de reflejar fielmente las dos caras inseparablemente unidas de la vida real: lo objetivo y lo subjetivo. Un hecho objetivo --las excitaciones sensoriales, por ejemplo-- se traduce en impresiones y juicios de valor, los que nunca son productos enteramente intelectuales, porque siempre están matizados de afectividad. Comadre (rival en el amor), pechuza (haragán), toloncón (alto y fornido), muco (de cabello crespo o rizado), razonero (alcahueta) y pachaco (muy flaco) son palabras que en un contexto determinado se cargan inevitablemente de valores expresivos.

La afirmación o la negación de un hecho, por muy objetiva que nos parezca, siempre estará pensada, sentida y expresada con cierto grado de subjetividad, pues aunque la palabra o la frase aparenten inexpresividad, los mismos recursos del habla --la entonación y la mímica-- mostrarán de alguna manera la afectividad del pensamiento. Piense, por ejemplo, en poñoñón (burlado o engañado), ticurriche (tuberculoso), cipeado (lactante flaco y enfermizo), empurrado (enojado), potroso (con hernia testicular), ganchona (lesbiana), morongudo (de piel negra), cotorrona (solterona), chorcha (llaga), tapachiche (sostén), cotonudo (religioso con sotana), chibolón (de ojos grandes o saltones).

La expresión “¡dejate estar, puñetero!”, no hace referencia meramente a un determinado grado de enojo por la necedad, sino a nuestra propia actitud frente al desagrado que nos produce. O esta otra: “¡Está como pipiancito tierno!”, que no alude simplemente a la muchacha rebosante de belleza y juventud, sino a un escondido deseo lúbrico. Y esta: “¡Le cuchumbea!”, que expresa la reacción del hablante ante un hecho muy difícil. Y la burla por la equivocación o falla de otro expresada en: “¡Lerolero!”, y dos más: “!Qué de a pichinga!”, que es como decir: “¡Qué de a verga!” Expresiones que tienen una fuerza afectiva imposible de encontrar en su equivalente en el español general: ¡Qué inútil y frustrante! En la realización de esa doble función, nos dice el gran discípulo de Saussure, es como el lenguaje llega a ser expresivo.

¡Rempujame, pendejo!, no es una simple interjección: ahí va toda la fuerza expresiva del reto que lanza el hablante, encendido por la ira y la determinación del enfrentamiento. ¡Chócala! -–por el contrario-- es el acercamiento de manos y de corazón para compartir la alegría y el afecto. Por eso dice Vicente García de Diego en sus Lecciones de lingüística española que el amor y la estimación, el rendimiento y la cortesía, el odio y el desprecio, el miedo y el pudor, tienen su vocabulario aparte. Por estimación se le dice “fosforito” a una persona y no violento o irascible; en vez de recurrir a una expresión más fuerte para denotar asombro, se exclama: ¡A la gran púchica!; por desprecio se dice comecura a quien acostumbra hablar mal de los sacerdotes; quien cae en una debilidad suelta la perra; poseer el hombre a una mujer es hacerle el mandado, y es más cortés decirle a alguien guayolero en lugar de mentiroso.

Y Delacroix, citado por García de Diego, agrega: “La afectividad interviene en la elección de palabras y en la estructura de la frase. Entre las expresiones elegibles casi siempre decide la preferencia un complejo afectivo”. Un hombre no siente comezón, sino jincazón; no vomita, sino que echa el perro; no engaña, sino que hace la cucamona; no tiene un perro flaco, sino un come-cuando-hay; no anda sin dinero, sino arráncame la vida; no es tacaño, sino limosnero y con garrote; no es parlanchín, sino una chachalaca; no es dipsómano, sino guarusa; no es sátiro, sino moclín; no realiza el coito, sino que da un brinco; no anda a pie, sino a pincel; no corre a toda velocidad, sino a todo mamey; no es testarudo, sino cabeza de molejón; no finge hacer algo, sino que hace la mueca; no tiene valor, sino más güevos que una iguana; no anda ebrio, sino hasta los pretales; no es ruin, sino chingado; y no vive lejos, sino por la chingada grande.

Uno de los rasgos de la expresividad es la tendencia del lenguaje a servir a la acción con un marcado carácter enfático. Por eso, el nica usa bluyines luyidos, es la mera riata, es pata de perro, sale en barajustada, se pone hasta la samagolleta, llega de madrugada hasta los queques, le juega la comida a la comadre, le da vuelta con las cuentas al vecino, si están con babosadas ofrece pija y rincón, si no trabaja no tiene petate en que caer muerto, se pone gel en el cabello y hasta parece gallina chiricana, si le pasan la factura de la luz pega más brincos que un canguro, un trabajo duro lo siente más pesado que un mal matrimonio, si lo asaltan lo dejan en perinola, cuando discute se le sale la cotona, si se siente chimado es capaz de poner una tabaquera, en vacaciones suelta la perra, se pone hasta el cereguete, no hace ni juco, para las patas, y no se muere sino hasta que está en la raya.

Es ésta, pues, una manera de decir las cosas matizando de afectividad las palabras y expresiones que surgen en forma espontánea. A través de sus palabras y expresiones pintorescas y humorísticas, conocemos al nicaragüense como es, con su carácter y su personalidad, su condición social y su aspecto moral, su actitud ante el grupo con sus virtudes, sus vicios y diversiones. Se trata de un hablante que emplea una lengua irónica, jocosa, llena de metáforas cargadas de humor, que hace burlas de sٕí mismo y ridiculiza a otros con intención festiva o graciosa. Bally concluye: “El hombre que habla espontáneamente y actúa por medio del lenguaje, aun en las circunstancias más triviales, hace de la lengua un uso personal y la recrea constantemente”.


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