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A inicios de los años setenta, Hans Magnus Enzensberger, escribió Elementos para una teoría de los medios de comunicación, (Anagrama 1972), cuyo contenido se convertiría rápidamente en un discurso clásico. Critica el pensamiento de izquierda, por la manera en que el Estado aprisiona los medios, debido a la vacuidad de sus cuestionamientos y la incapacidad de usarlos correctamente. El señalamiento más severo lo hace contra la dirigencia de las revueltas estudiantiles ocurridas en París, en mayo de 1968. Les echa en cara que en vez de acudir a las radios para movilizar a todos los sectores involucrados en la revuelta, más bien utilizaron las imprentas de la Sorbona, llamando a la rebelión contra la Quinta República liderada por el general Charles De Gaulle, prueba irrebatible de que no conocían la capacidad movilizativa de las ondas hertzianas. En ese mismo texto Enzensberger dedica la parte final a valorar la importancia del género testimonial.

Los libros escritos por distintas personalidades para contar su paso por la vida, los elementos que conjugan para su redacción, la elegancia de su prosa, el amaneramiento de su escritura y los diversos recursos de utilería, convierten sus obras en verdadera literatura. Cuba fue de los primeros países latinoamericanos en relevar el valor de los textos en que vertían sus vivencias, experiencias, memorias, evocaciones y recuerdos, destacadas figuras artísticas, políticas y militares. Como centro de irradiación de la nueva narrativa latinoamericana, Casa de las Américas se interesó por publicar Apuntes de la guerra revolucionaria (1963), escrito por Ernesto Che Guevara, sobre su épica en la guerrilla cubana. Los diarios y apuntes de los guerrilleros, cobraron interés no solo por lo que decían, también por el manejo que hacían del lenguaje y el estilo preciosista al que recurrían.

El breve rodeo lo hago con la intención de señalar que memoria, literatura y tiempo, se conjugan en las vivencias de Norberto Herrera Zúniga. Las formas narrativas de Vale la pena vivir, (Nov. 2010) son orales. Herrera Zúniga adopta la oralidad como eje articulador de su discurso. Sus palabras están cargadas de autenticidad. Las más pequeñas nimiedades son recuperadas para verterlas en un estilo llano. No existe distanciamiento entre los sucesos revelados y la forma sencilla- muchas veces saturada de picardía- en que son expuestos al escarnio público. Toda vivencia expulsada del ámbito privado es propensa a todo tipo de lecturas y conjeturas. En su escritura no hay poses ni engolamientos. Entre más pormenorizado el relato mayor curiosidad para conocer su desenlace. Detalla los aspectos que contribuyen a conocer sus altos y bajos, sus logros y vicisitudes. Su amor por la vida y su consagración a la enseñanza.

Vale la pena vivir abre las puertas estableciendo las raíces genealógicas de la familia Herrera Zúniga. Devela y revela la importancia que tiene la vida de su abuelo materno para toda su familia. Los datos recabados para conocer el ejercicio médico y la actuación política del general Camilo Herrera Córdoba, se pierden en los memoriales del tiempo. Un romántico que hacía llevar un piano de dos colas, todas las semanas santas de Jinotepe a La Conquista, para escuchar desde su hamaca, los valses inspirados de su mujer, bajo frondosas ramas de árboles centenarios. La veracidad del antecedente no importa, pertenece a la leyenda familiar. Sus nietos y bisnietos seguirán contando la decisión de don Camilo, como si fuera cierta, porque el mito no se discute, se acepta o rechaza; su vasta descendencia lo dará por cierto. Si en Cien Años de Soledad, damos crédito a la existencia de un galeón varado en plena selva, ¿por qué no aceptar como verdadero el capricho tierno, amoroso y sentimental de su abuelo? Aun cuando su nieto piense que nadie en sus cabales arrastra un piano por esas veredas en los sofoques del verano, olvida que la cordura adquiere formas inesperadas en cada arrebato amoroso.

También resulta digno recordar que el general Camilo Zúniga Córdoba peleó al lado de las huestes liberales comandadas por el General José Santos Zelaya. Como la mayoría de los combatientes de la época murió de una fiebre intestinal, según acredita el libro de defunciones del Registro Civil de Jinotepe y no tirado en su hamaca escuchando los valses de amor de Mamaría; lejos del bullicio de la gente y del estruendo de la fusilería. Estas revelaciones constituyen preciosa materia prima para que Norberto escriba una novela que recree las andanzas de su abuelo. La veracidad de lo dicho dependerá de la fuerza persuasiva que impregne a su relato y la capacidad que muestre en convencernos que todo lo dicho es cierto, por muy falsos que resulten o sean ambos episodios. Norberto puede recuperar estos pasajes novelables de la vida de su abuelo, desde el ámbito embrujador de la ficción. Mentiras verdaderas las denomina Sergio Ramírez, la verdad de las mentiras les llama Mario Vargas Llosa.

Sin demeritar la importancia de todo lo esbozado en Vale la pena vivir y los merecidos reconocimientos por su labor educativa al haber fundado en 1967 la Universidad Politécnica, hay dos capítulos que fagocitaron mi interés. La manera en que describe la fundación y desarrollo del barrio Los Ángeles y su paso por la radiodifusión. La antropología asigna cada vez más importancia al estudio del barrio, al comprobar que articula las señas de identidad de sus habitantes. El barrio viene a ser el entorno primigenio que nos conecta con el mundo. Por mucho que los globalizados se desgañiten diciendo que no importa saber de dónde venimos, olvidan que la memoria es fundamental para el trazado de nuestra propia identidad. Las primeras señas de identidad de las ciudades se forjan en la fragua del barrio. En este vasto universo, la radio se encarga de guiarnos por el laberinto caótico y desmesurado de la ciudad. La música modela nuestra educación sentimental. Nos enseña a querer y olvidar, a reír y llorar, alimenta nuestras pasiones y emociones. El paso de Norberto por la radio fue decisivo para convertirse en un auténtico melómano. En tono nostálgico afirma que Perfidia del chiapaneco Alberto Domínguez Borrás es su canción predilecta.

En la música uno encuentra la complicidad deseada. Como reconoce el filósofo francés Henri Lefebvre, en La vida cotidiana en el mundo moderno, (1972), la música contiene las claves para conocer la esencia del corazón humano. En la radio Norberto tendió el lazo sentimental que le ata con la música. Los registros musicales poseen el ritmo y la cadencia para expresar los sentimientos más sublimes o desgarradores por la mujer amada o por el amor que nos dejó plantados. Julio Jaramillo, Olimpo Cárdenas, Elvis Presley, Frank Sinatra, Celia Cruz, Benny Moré, Lucho Gatica, Roberto Carlos, forman parte de la galería de sus consagrados. Me pregunto, ¿qué dirá esta música a los jóvenes? Es probable que muy poco o nada, como a sus hijos y a los hijos de nuestros hijos, la música que estremece hoy sus entrañas, no digan nada. Los gustos cambian, pero la música que consuela, hace vibrar y agita nuestros corazones, continuará ahí, imperturbable al paso del tiempo.

La nomenclatura de la vieja Managua, identificando barrios y calles con una numeración que permitiera orientarnos con certeza, en una ciudad cuyos límites estrechos imposibilitaban perdernos, no alcanzan el valor y trascendencia que otorgan los pobladores a los sitios de referencia nacidos de su invención. La familia Herrera Zúniga dirá para siempre que son originarios del barrio Los Ángeles y que la dirección de su casa quedaba de donde la Nicolasa Sevilla, dos cuadras y media a la montaña. Recuperar los nombres de los fundadores del barrio Los Ángeles, ha sido un acto de justicia de parte de Norberto. Evocar la pulpería de los Almendarez, significa destacar formas de aprovisionamiento todavía prevalecientes, locus exaltado por Jesús Martín Barbero, para subrayar que los grandes almacenes y supermercados no han podido aniquilar viejas formas de compra y venta realizadas todavía por los pobres en las grandes urbes.

La cantina del Negro Williams sigue viva en la memoria de los capitalinos, como también continúa viva en sus recuerdos la comidería de Chico Tobal. En ese territorio vivía Rafael Gastón Pérez, Oreja de burro, tres personajes emblemáticos sin cuyos registros, la historia de Managua sería incompleta. La evocación de Norberto acerca del cajón de aserrín que ponía el Negro Williams al pie de la barra y el mango celeque que ponía de boca a sus parroquianos, me recuerda la cantina del Gato Abraham. Siendo estudiante, los viernes por la tarde me apeaba del bus frente a este sitio apacible, cuando antes del terremoto me venía directamente de la UCA al Cine Darío para presenciar alguna película. Sus pobladores abrían de par en par sus batientes, dejando ver el aserrín regado por todo el local, para que después de enjuagarse lanzaran sobre el piso el escupitajo con que sellaban su hombría. El barrio lo definen sus gentes, sobre todo las más populares y conocidas. A todos ellos rinde tributo en Vale la pena vivir, Norberto Herrera Zúniga, cuya complicidad con sus evocaciones, recuerdos y memorias, nace de mi identificación con la Calle Palo Solo, atalaya desde la que descubrí el mundo y seguiré viéndole para siempre. Nos hermanamos en el culto que dispensamos a nuestro barrio. Norberto seguirá evocando hasta el final de sus días al barrio Los Ángeles y yo a la Calle Palo Solo.