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Bien señala el poeta José Coronel Urtecho en sus “Reflexiones Sobre la Historia de Nicaragua”, que el localismo, el provincianismo y el separatismo de Centroamérica parecen más que nada fenómenos políticos, y rara vez reflejan tendencias étnicas o culturales anti-universalistas.

Es sabido que el tema del Río San Juan ha sido recurrente en nuestra historia, a causa del choque de visiones universalistas contradictorias. De un lado, el ideal de contar con una instancia de tránsito que facilite la hermandad y el enriquecimiento de los países de la región y el mundo. Y del otro, visiones expansionistas que han generado guerras nacionales y conflictos entre vecinos.

Los resultados están a la vista. El gran descuido histórico que como nicaragüenses hemos tenido con esta enorme riqueza natural, y con todas las comunidades rivereñas. Descuido de todos; pero principalmente de los gobiernos y los empresarios. Sin embargo, más allá de apostar a millonarias inversiones en megaproyectos, lo fundamental es preguntarnos si con ello en vez de aportar a esa cultura universal, a esa visión del bardo de unir tantos vigores dispersos en un haz de armonía, más bien estamos apuntando hacia otra dirección.

Es lógico pensar que con sus recursos naturales Nicaragua puede contribuir al desarrollo internacional con empresas de enorme calado. Hoy puede ser por medio del robustecimiento y habilitación multifuncional del San Juan, mañana pueden ser las enormes turbinas hidroeléctricas y geotérmicas de los ríos, lagos y volcanes, o la explotación petrolera de los cayos adyacentes de la plataforma continental, o el manejo de las reservas de la biósfera para la sustentabilidad ambiental de la región. Entre otros.

Sin embargo, cualquier proyecto de envergadura para Nicaragua no sólo debe representar infraestructura, empleos, ingresos y mejoras materiales. El fondo del asunto es la manera en que nuestro país se abre, se integra al mundo y se enriquece mutuamente con él.

Ciertamente no basta decir que el Río San Juan es nica. Pero también un mal ejercicio de la soberanía nos puede llevar directamente al separatismo y al aislamiento con daños severos en todos los órdenes. Los tiempos han cambiado, hoy es el tiempo de construir una verdadera paz, y garantizar condiciones de equidad, prosperidad, justicia y libertad para todos, tarea por siglos pendiente todavía.

Es una nueva lucha que los y las nicaragüenses debemos aprender a lidiar. Se trata de adiestrarnos en el uso verdadero de la razón, la confianza en el diálogo, el desarrollo de la tolerancia para garantizar la convivencia pacífica, y la búsqueda de la hermandad como bien supremo y cotidiano.

No hay futuro de otra forma. El Papa Juan XXIII decía: “No se pierde nada con la paz y puede perderse todo con la guerra”.

Por ello, se debe mejorar la estrategia diplomática, integrando los mejores equipos sin distingos de colores políticos o ideológicos, con la sola credencial de que sean honestos y brillantes profesionales, a fin de extender dignamente los brazos al mundo y generar una efectiva solidaridad internacional con nuestra justa causa. No en contra de los ticos, sino de las posiciones injustas, y a favor de concertar el diálogo y la cooperación para el desarrollo.

Es fundamental que en un diálogo binacional productivo para el desarrollo, se trascienda la visión meramente política-administrativa. Está más que claro que se trata de nuestro río y que el amojonamiento es una solución clara al diferendo. Pero el obligado tema ambiental demanda un concepto de territorialidad (social, económica, cultural). Los habitantes de ambos lados del río tienen un hábitat natural, los cuales rigen sus desplazamientos vitales no por límites fronterizos ni mojones; sino por condiciones ambientales que satisfagan sus necesidades.

Sean bienvenidas todas las iniciativas binacionales y multinacionales que promueven la paz, la concordia y el beneficio mutuo del intercambio entre las naciones. Bienvenido el encuentro de las jerarquías católicas, el de los consejos de universidades, las declaraciones de los intelectuales, y todas las iniciativas que se gestan para que de esta diferencia surjan mejores relaciones y condiciones para el desarrollo.

Hoy por hoy, en medio de los embates del mundo globalizado y controlado por las multinacionales, es una importante ventaja pertenecer a Centroamérica. En la región estamos unidos por una historia y una cultura comunes, y un intercambio comercial creciente, siendo nuestro segundo socio económico. Por lo tanto, urge bajar los niveles de adrenalina con la vecina del sur, y retomar la integración centroamericana con energía y estrategias bien pensadas.

Las perspectivas del San Juan imponen llegar a acuerdos binacionales con una visión de desarrollo integral, es decir, económico, socio-cultural, y ambiental. Es una oportunidad histórica para fortalecer nuestra universalidad centroamericana, y honrar esos valores que pueden hacer próspera y mucho más atractiva a nuestra nación. Las futuras generaciones estarán en deuda permanente con el legado de esta generación, la cual supo hacer un inteligente giro de timón del rumbo de la nación y la región hacia su desarrollo.