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Hace unos años, durante un curso de Derecho Ambiental, conocí el Tratado de Cooperación Amazónica (Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Guyana, Perú, Suriname y Venezuela). No es sólo para la protección de la cuenca, sino para el desarrollo y ejercicio de la soberanía de los países firmantes, donde la comunidad académica parece tener mucha incidencia. Veamos el primer artículo: “Las Partes Contratantes convienen en realizar esfuerzos y acciones conjuntas para promover el desarrollo armónico de sus respectivos territorios amazónicos, de manera que esas acciones conjuntas produzcan resultados equitativos y mutuamente provechosos, así como para la preservación del medio ambiente y la conservación y utilización racional de los recursos naturales de esos territorios.”¿Acaso no podemos hacer eso Nicaragua y Costa Rica? Me quedé pensando en nuestros eternos conflictos fronterizos.

Después me encontré con el proyecto binacional “Manejo Integrado de los Recursos Hídricos y Desarrollo Sostenible de la Cuenca del Río San Juan y su Zona Costera”. No sé si algo se llevó a la práctica. ¿Por qué no retomarlo? También he conocido intentos sobre el desarrollo conjunto del Golfo de Fonseca, pero parece que la desconfianza nos deja sólo en intentos.

Y así hay muchos tratados y convenios binacionales o multinacionales para la protección del medioambiente y el desarrollo integral, que deberíamos revisar. En estos días, según nota de la FAO, se acaba de realizar una reunión entre Paraguay, Brasil y Argentina, países que comparten la subcuenca de los ríos Paraná y Paraguay, para promover el manejo sostenible, la seguridad alimentaria y la erradicación de la pobreza en las regiones ribereñas, principalmente la pesca fluvial en los tramos limítrofes de los ríos.

Del conflicto actual entre Nicaragua y Costa Rica, puedo desprender dos asuntos principales: la defensa de la soberanía y el desarrollo sostenible de la región. Para saber si se viola o no el territorio nacional, es necesario el amojonamiento. Esto permitiría controlar con mayor precisión la respectiva soberanía en ambos países. ¿Para qué se retrasa? ¿Por qué no dialogar, amojonar y llegar a un acuerdo para el desarrollo de la región? Estamos mano a mano, peleando por algo que ambos deberíamos proteger, no sólo usufructuar, mientras otros países buscan mejorar sus recursos compartidos.

El otro asunto es el desarrollo sostenible: desarrollo humano, económico, protección del medioambiente, uso razonable de los recursos naturales. Pero no puede darse en un contexto de confrontaciones, acusaciones e inestabilidad. Y no podemos instalar mojones para delimitar la naturaleza. La Madre Tierra no tiene fronteras, como tampoco la contaminación respeta fronteras. Y ambas partes contaminamos y deterioramos el medioambiente. El dragado afecta, ya sea en río fronterizo o interno. También el turismo, la navegación, la pesca, la construcción, la industria de la madera, los asentamientos. De ahí la necesidad de la Evaluación de Impacto Ambiental, para ver qué daños puede provocar un emprendimiento, saber si es viable y cómo reparar o mitigar.

El desarrollo sostenible implica generación de empleos y proyectos económicos y sociales. Pero se ha pensando que Managua es Nicaragua, por eso, la gente abandonada, cuando puede, tiene que venir hasta la capital para un examen, si no se mueren en el camino o en la cama. O los emprendimientos económicos permiten a extraños la explotación de los recursos naturales, mientras los lugareños son castigados. Y deberíamos pensar también en los compatriotas y familiares que están en la otra ribera. Creo que así como defendemos la soberanía, si invertimos en el desarrollo de Nicaragua, podremos generar empleos y ahorrar lágrimas y suspiros.

El medioambiente y la soberanía nacional son una responsabilidad compartida. Se necesita la intervención en todos los sectores. Y la participación de todos los actores. Si estamos unidos por la soberanía, deberíamos estar unidos por el desarrollo de la región, cada quien desde su poder. A esa pasión nacionalista (en ambos países) podemos agregarle pasión humanista y naturalista. Y razón. Y amor. Olvidemos el machismo y el racismo. Nadie es más ni menos que otro, pero a veces nos devaluamos por lo que decimos. Tenemos que respetarnos para que nos respeten. Y también respetar la soberanía de cada quien en su pedacito de mapa, sin invadir, ni destruir, ni contaminar la propiedad vecina y la colectiva, ni pisotear los derechos. En cambio, cuidar en conjunto nuestro entorno. Puede ser un ejercicio útil para entender los problemas fronterizos y las responsabilidades comunes. La soberanía y el desarrollo sostenible.

En conclusión, ¿por qué no revertir el conflicto actual en acciones concretas para el desarrollo del Río San Juan de Nicaragua? Ya veo fluir por sus aguas, nuevas escuelas, universidades, hospitales, puentes, carreteras, computadoras, excursiones, foros, investigaciones, comercio, industrias, declaraciones, empresas, planes, convenios, reforestaciones, ferias, empleos, gallopinto, exposiciones. Ya me imagino el Río renaciendo entre los pinceles de todo el país, o varios caños de música y poesía que llevan paz y armonía. No me gustaría ver navegar banderas y promesas electoreras, porque hacen mucho ruido y siempre naufragan. Sólo ver ondear el azul y blanco de nuestro cielo y nuestras aguas, entre el reflejo del verde natural. Creo que sería la mejor manera de hacer patria y de adherirnos a las declaraciones por la Madre Tierra.

Mientras tanto, mucha precaución, por la fragilidad de la zona y por la fragilidad de las relaciones. Y a disfrutar, cuidar y dar gracias por este terruño y el caudal inmenso de vida con que la naturaleza nos bendijo. Y tener presente las otras fronteras.