Jorge Eduardo Arellano
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Si el momento más peligroso para una dictadura es cuando empieza a hacer reformas, Corea del Norte parece haber puesto boca abajo ese truismo. Su reciente ataque de artillería contra Corea del Sur indica que la debilitada dinastía Kim podría preferir prender fuego a Asia a emprender una reforma seria. Si la paz es de verdad el componente fundamental del ascenso de China, los chinos deben frenar a su voluble acólito.

Intentar entender el “Reino Eremita” puede ser como mirar fijamente a un agujero negro. Algunos consideran el bombardeo contra la isla de Yeonpyeong de Corea del Sur un intento de desviar la atención de los norcoreanos del desplome de la economía de su país o tal vez de la muerte próxima de su “Querido Dirigente”, Kim Jong-il, o de crear una reputación sintética como dirigente militar al hijo de Kim, el “Joven General” de 27 años (más o menos) Kim Jong-un. Otros consideran que el ataque es simplemente otra provocación de una larga serie de ellas, por lo que no se debe tomarlo tan en serio.

Hwang Jang-yop ex ideólogo principal de Corea del Norte y su más importante desertor refugiado en el Sur, describe Corea del Norte como una mezcla de “socialismo, feudalismo moderno y militarismo”. Ha resultado ser una combinación letal. Se calcula que en el último decenio un millón y medio, aproximadamente, de los 23 millones de habitantes de Corea del Norte han muerto de hambre. El hambre sigue siendo generalizada, aunque no tan intensa como hace dos años. La ración diaria habitual representa entre 150 y 300 gramos de maíz o arroz (equivalente a unas cuatro rebanadas, aproximadamente, de pan seco), según la localidad. En las zonas rurales se carece de alimentos con frecuencia.

Por encima de la economía de hambre de Corea del Norte está asentado un culto a la personalidad que deja pequeños a los de Stalin o Mao. Imágenes omnipresentes de Kim Jong-il y su padre, Kim Il-sung, son los símbolos oficiales de una teocracia secular basada en la concepción juche, la contribución de los Kim al patrimonio mundial de ideologías totalitarias. Como en el caso de la Iglesia o del derecho divino de los reyes, no se puede poner en tela de juicio el sistema sin socavar la infalibilidad de sus dirigentes perfectos.

El tercero y aparentemente más aterrador componente de la fórmula de Hwang, el militarismo, puede ser, en realidad, el talón de Aquiles del sistema. Mantener el quinto ejército por tamaño del mundo en un estado perpetuo de disposición para el combate resulta tremendamente caro para uno de sus países más pobres, pues el presupuesto militar asciende a la tercera parte, aproximadamente, del PIB. Las fuerzas armadas mantienen una economía paralela, con sus propias minas, explotaciones agrícolas y fábricas, pese a que muchos soldados y suboficiales siguen padeciendo hambre.

El mantenimiento del ejército en pie de guerra permanente es sólo una manifestación de la obsesión de Corea del Norte con la independencia económica más estricta. Juche es la autarquía elevada al nivel de la filosofía. Los norcoreanos consideran que cualquier dependencia del mundo exterior es un factor de debilidad, pese a que su economía se desplomaría sin los donativos chinos.

Como Corea del Norte no paga sus deudas, no puede pedir préstamos; como incumple los acuerdos, aleja a posibles socios; y, como su objetivo es la autarquía, no puede especializarse ni aprovechar sus ventajas comparativas. A consecuencia de ello, sus exportaciones anuales, de las que forman parte películas y dibujos animados de televisión, automóviles viejos reparados e, inevitablemente, un comercio ilícito de armas, ascienden a menos de mil millones de dólares.

No es de extrañar que los desertores actuales describan un ambiente de desintegración social, delincuencia menor y una lucha darwiniana por la supervivencia. Hay desánimo y un malestar latente e impera la corrupción.

Entonces, ¿qué pretende Kim con este último ataque a Corea del Sur?
El objetivo principal de Kim era, sin lugar a dudas, las conversaciones hexapartitas entre el régimen y los Estados Unidos, las Naciones Unidas, China, Rusia, Corea del Sur y el Japón. Anteriormente se ofrecieron a Corea del Norte incentivos económicos y de otra índole para que renunciara a sus armas nucleares. Sin embargo, Kim, como el Irán, quiere estar en misa y repicando: ser aceptado como potencia nuclear y recibir todos los incentivos económicos de los EU, Europa, Rusia y China para desnuclearizarse.

Podría parecer absurdo, sobre todo en vista de la probabilidad de una nueva ronda de sanciones económicamente incapacitantes a raíz del bombardeo, pero el cálculo de Kim es diferente del de la mayoría de los gobernantes. Siempre ha dado escasas muestras de preocupación por la difícil situación de su pueblo y sigue esperando conseguir de China dos terceras partes o más del petróleo y los alimentos que necesita.

Ante las provocaciones del Norte, el Presidente de Corea del Sur, Lee Myung-bak, ha vuelto a demostrar las cualidades de estadista que exhibió en la reciente cumbre del G-20 celebrada en Seúl, cuando logró que ese grupo prestara una nueva atención al desarrollo. Los aliados del Presidente Lee se han unido –y con razón– a su causa, pero incluso nosotros reconocemos que su moderación no puede ser eterna.

Así, pues, mucho depende de los chinos, cuya contraproducente diplomacia regional ha logrado la hazaña de que un gobierno japonés apático y apocado en materia de defensa haya intensificado la cooperación con los EU en asuntos de seguridad y ha movido a Corea del Sur a procurar concertar asociaciones estratégicas con otras potencias asiáticas, incluida la India. Es de esperar que la reciente conducta de Corea del Norte –el hundimiento del buque de guerra surcoreano Cheonan en marzo y ahora el ataque de artillería contra la isla de Yeonpyeong (que siguió a un supuesto tiroteo “accidental” en la zona desmilitarizada en octubre) – aclare las ideas en Beijing.

Pero China, que por encima de todo teme un hundimiento del régimen de Corea del Norte, no quiere granjearse la antipatía de Kim y, además, está muy interesada en granjearse un acercamiento mayor de Corea del Sur en el juego de rivalidades regionales. El resultado podría ser una nueva ronda de medidas de China para manipular las sospechas regionales... o algo peor.

La otra opción de China podría ser la de dar muestras de cierta responsabilidad en materia de seguridad en el Asia oriental y cerrar filas contra Kim y sus provocaciones que bordean la guerra. Debería comenzar con el apoyo a una clara condena de Corea del Norte por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Resulta casi seguro que las medidas mundiales no darán resultado sin una amenaza china creíble de cortar el cordón umbilical económico con Kim.


Yuriko Koike, ex ministro de Defensa y Asesor de Seguridad Nacional del Japón, es ahora Presidente del Consejo Ejecutivo del Partido Liberal Democrático.


Copyright: Project Syndicate, 2010.

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