Jorge Eduardo Arellano
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En una comunidad familiar, niños, enfermos, ancianos, inválidos reciben lo que necesitan mientras los capacitados aportan los medios de subsistencia. Entre monjes benedictinos o en un convento franciscano cada individuo consume según sus necesidades y produce según sus posibilidades. En una sociedad, este sistema que prioriza la función de distribución y satisfacción de necesidades se llama comunismo.

En el libro Hechos aparece una comuna sedentaria dirigida por las Discípulas y los Discípulos, viviendo junto al Templo de Jerusalén, desde la década del año 30 hasta por lo menos el año 58 (Hechos, 21). Una secta judía estable (vinculada al Templo) y eran de Judea, mientras que en la literatura evangélica posterior aparecen otros Discípulos, pero de Galilea; estos, en cambio, eran itinerantes y mendicantes, y antijudíos. Como los mendicantes tienden a dispersarse para coger alimentos de los huertos del camino, su nivel de organización es inferior. En cambio, la comuna de Judea imponía la propiedad comunal con un régimen de terror en la confiscación de bienes: “uno se guardó parte de la venta de una propiedad… cayó y expiró”; a continuación, confrontada su mujer por el ocultamiento del dinero, “al instante cayó y expiró… Un gran terror se apoderó de la comunidad” (Hechos, 5). Esto significa que la principal función económica era “compartir según las necesidades de cada cual… no había ningún necesitado entre ellos… se repartía a cada uno según su necesidad” (Hechos, 2 y 4). Practicaban un sistema igualitario de distribución.

Por el contrario, el cristianismo de Pablo, fundado en ciudades de la actual Turquía, se reducía a una comida mutualista semanal a favor de “los que pasan hambre… los necesitados” (1 Corintios, 11); ayudaban a las mujeres abandonadas, pero con condicionamientos misóginos (1 Timoteo, 5). Pablo fue ajeno a las prácticas comunitarias de los Discípulos del Templo, que eran las mismas de los osiotés, ebionitas y esenios.

Hay testimonios contemporáneos de estas sectas comunitarias. Plinio el Viejo, en Historia Natural, dice que los esenios no usaban dinero. Señal de distribución igualitaria de bienes. Flavio Josefo, en Guerra de los Judíos, dice: “admirables en la comunidad de bienes… no se advierte entre ellos ni una pobreza degradante ni una riqueza insolente”. Filón de Alejandría dice: “no existen esclavos, todos son libres y se ayudan mutuamente… Condenan a los amos como injustos porque perjudican la igualdad… El amor a los demás lo demuestran con… la vida comunitaria… cualquier cosa es de todos” (tomado de Sincretismo del Cristianismo Antiguo, en http://www.bubok.com/libros/190253/El-Sincretismo-del-Cristianismo-Antiguo).

Pero hay más literatura de este tipo. En la comedia Las Comunistas (asambleístas), de Aristófanes, las mujeres gobiernan Atenas asegurando vivienda, comida y amor libre para todos. A un viejo que seduce a una joven lo obligan a atender sexualmente a una vieja. Pero hay hombres que se quejan de las comunistas, sólo les gusta la comida gratuita. También Eusebio de Cesarea, en Historia Eclesiástica (año 303), habla de cristianos que prometían “un paraíso… de hartazgos del vientre y lo que está debajo del vientre… y armonía natural en que humanos y bestias conocerían una felicidad infinita”. Según San Ireneo y Clemente de Alejandría, la secta de Carpócrates proclamaba que “el pueblo de Dios debía de compartirlo todo… Nadie debía de guardar algo para sí, incluido su propio cónyuge”. Y los Montanistas predicaban “contra las injusticias del presente y la opresión”. Primando el consumo igualitario en la satisfacción de necesidades, no es cosa secundaria el amor libre, contrario al sistema de parentesco de propiedad hereditaria.

En el siglo XVI, Juan Luis Vives dedicó a los cristianos anabaptistas su obra “El comunismo entre los alemanes del sur” (París, 1536); Federico Engels los estudió en “Las guerras campesinas de Alemania”, y Lutero los defendió en su “Exhortación a la paz” contra los señoríos feudales y los obispos católicos (tomado de El Estado Pontificio de la Iglesia Romana, en http://www.bubok.com/libros/190254/El-Estado-Pontificio-de-la-Iglesia-Romana). Descendientes de estos son los menonitas comunitaristas, como los que viven en las faldas del Poás cerca de Alajuela.

En la actualidad, usamos libremente las carreteras, las aceras y calles de las ciudades, que son de todos y de nadie en particular. Sin esta forma de propiedad comunal, los empresarios no podrían llevar la materia prima a sus fábricas y sacar su mercancía. Todos nos beneficiamos del alumbrado público, así como de la vigilancia policial y la seguridad ciudadana. La mayoría somos usuarios del sistema público de salud y el de educación, del que hasta los colegios y universidades privadas reciben subsidios. Sin embargo, la mayoría de la población es no contribuyente ante el fisco, y los que pagan impuestos no pagan lo que vale el uso que hacen del bien común. Pero pocos comprenden a qué se debe esta forma de organización social.

Milton Friedman y John Maynard Keynes sí que lo entendieron muy bien. Keynes, en “Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero” (1936), lo sintetizó en una parábola: “Si el Tesoro Público llenara botellas con billetes y las enterrara… y dejara a la empresa privada... extraer los billetes de nuevo… no habría más desempleo… aumentaría el ingreso real de la comunidad y su riqueza...” Se entiende que contratan a todos los trabajadores posibles y pagan abundantes salarios para aumentar la demanda; en pocas palabras, generar salarios, potenciando el consumo de los trabajadores. Milton Friedman, en “The Optimum Quantity of Money” (1969), propuso otra parábola para salir de una deflación: potenciar el consumo tirando billetes desde un helicóptero a individuos “particulares” (consumidores) y empresarios generadores de empleo (salarios). No dicen que se dé el dinero a los banqueros, ni más liquidez a los inversores de bolsa, ni preferir las empresas que invierten la menor proporción en salarios, todo lo contrario.

Son dos figuras de la “máquina de hacer dinero”. Mientras que para Marx el capital sale del plus valor de los salarios, para un keynesiano sale de las botellas enterradas, y para Friedman cae de los helicópteros. Siguen distintos intereses con distintos métodos e ideologías, pero todos coinciden con las Discípulas de Jerusalén o con las Asambleístas de Aristófanes, que la primera función de la economía es la satisfacción de necesidades. Cuanto más generalizado es el consumo, mayor es el desarrollo social en cualquier economía, según el principio “de cada quien, según sus capacidades, para cada quien según sus necesidades” (próximamente: La privatización del servicio público no lo vuelve menos público, si el usuario se lo apropia y lo gestiona).