Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

Durante mi estancia en el Seminario Nacional de Nicaragua, donde hice tres años de estudios eclesiales, conocí al sacerdote español José de la Jara Alonso. A diferencia de la mayoría de los curas,- rígidos y secos como el paisaje de Ávila, España, de donde procedían-, el Padre Pepe parecía más andaluz que castellano: alegre, comunicativo, solidario y juvenil. En medio de aquella vida monástica, en la que teníamos que vestir sotana las veinticuatro horas del día, él era una especie de “oasis espiritual” Los cumiches, entre los cuales me contaba, nos acercábamos a él con confianza y, por supuesto, siempre tenía para nosotros una frase cálida, una broma simpática, un abrazo. Inventó los Conciertos de Música Clásica cada quince días. Nos reunía alrededor de un tocadiscos y nos ponía las obras maestras de Bethoven, Mozart, Bach, etc. Pero lo más interesante es que, entre pieza y pieza, nos contaba anécdotas deliciosas de los grandes genios de la Música.

Cuando yo abandoné los hábitos sacerdotales, en la famosa esquina de El Granizado me encontré con el Padre Pepe: -Mirá Carlitos, quiero que colaborés en la creación de la Misa Popular Nicaragüense. Así que te espero en la Colonia Nicarao, para que le metamos candela a ese proyecto.

En ese tiempo yo andaba comprometido con el programa “Corporito”, personaje profundamente comprometido con la situación social y política de aquel momento. No pude acudir a aquella cita. Pero cuando escuché los hermosos cantos, escritos al calor de las luchas que emprendía nuestra joven Iglesia Popular, me di cuenta de que aquellos textos, hermanados a melodías frescas y agradables, ya eran una verdadera revelación. Me acerqué a la Parroquia de San Pablo y conocí a Manuel Salvador Dávila, cuyo talento creativo y sensibilidad vibraba en cada trova. Ahí estaban también mis amigos Luciano Sequeira, los miembros de la Familia Galo y un selecto grupo de cantores, que bajo la tutela del Padre de la Jara, pusieron la primera piedra de la dinámica cristiana, vinculada a la opción por los pobres.

Cuando, después del terremoto emprendí la tarea de crear la Misa Campesina, llegué a la conclusión de que, sin el aporte de la Misa Popular, jamás hubiese sido posible emprender esta segunda fase, en la que participaron activamente los diversos grupos pastorales del Pacífico y el Atlántico.

Por eso hoy, que la Escuela de Guitarra “Camilo Zapata” se reúne, como en aquellos años maravillosos, en la Casa Comunal de la Nicarao, para celebrar su promoción, dedicada a mi querido y entrañable amigo Manuel Salvador Dávila, deseo felicitar a su director y fundador Denis Bolaños, quien a pesar de los escollos y dificultades que la situación actual demanda- ahí está, siempre “al pie del cañón”, sembrando en estos jóvenes músicos el amor profundo a nuestro patrimonio cultural. ¡Felicidades!