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Primera Parte
En su especie de autobiografía, Vivir para contarla, Gabriel García Márquez cuenta algo que sus editores y sus amistades ya sabían: que para él la ortografía es un misterio irresoluble, y que en su muy extensa correspondencia con su Mama Grande, ella, al tiempo que le contestaba sus cartas, le regresaba las suyas corregidas, porque él nunca se ha preocupado por entender las reglas de la escritura correcta.

En un discurso pronunciado ante académicos en abril de 1997, en Zacatecas, pidió, más o menos en broma, la jubilación de la ortografía con el argumento de que nadie confunde revólver con revolver ni una lágrima con una lagrima, y supone que tampoco cima con sima. Confunde la función de la h, a la que llama rupestre sin querer aceptar que al contrario, suplió a muchas efes rupestres.

Cierto, la ortografía es complicada después de las primeras reglas; muchos autores no comprenden por qué “línea” es esdrújula si no suena como tal, y que “alinea” es grave y pronuncian “alínea” (sobre todos los cronistas deportivos); cierto que pocos pueden explicar qué es un hiato y casi nadie qué es una sinalefa. Incluso editores afamados dudan a la hora de acentuar o desacentuar “aun”; otros aducen que sólo hay tres “por qué”: “por qué”, “porqué” y “porque”, y no atinan a escribir “por que”, sobre todo en los diarios, que además no se tientan el corazón para escribir “inequidad” e “inequitativo”; Vargas Llosa usa correctamente iniquidad en su nueva novela, El sueño del celta, pero agrede a las academias española y peruana (de ambas es miembro) al pergeñar “desapercibido”, que es correcto siempre que no quiera decir con eso “inadvertido”.

Muchos han pedido la jubilación de la ortografía; han pedido, y hasta hay lingüistas que la piden en serio, una ortografía onomatopéyica, y que se simplifique de tal manera que la c dura se escriba con k, que se acabe la ll, que sólo haya una b (que de hecho ya es así, porque las nuevas gramáticas condenan la pronunciación correcta de la v, excepto algunos exagerados que pronuncian “fino” por “vino”; pero los exagerados abogan por que en la escritura quiten una de las dos, así como una más comprensiva utilización de las s, c y z (eso me hubiera evitado el justo regaño de José de la Colina cuando hablé de la “zaga” de los agentes de tránsito raritos encarnados por Luis Aguilar y Pedro Infante).

¿La solución es jubilar la ortografía? ¿No es mejor enseñarla bien, empezando con los profesores que mandan recados en que suprimen la h de hacer (“el niño no a echo la tarea”)? La Real Academia de la Lengua, al parecer, se ha decidido por la jubilación, sin hacer caso de las etimologías, que de esa manera parece ir también a la jubilación pero sin recibir pensión. Con argumentos tontos han decidido suprimir la ch y la ll, suprimir la tilde de algunas palabras, y obligan a nombrar algunas letras con apelativos humillantes cuando los que tienen hasta ahora son elegantes y cultos.

Claro que hablo sin saber, sólo hago caso de los cables (sueltos, o “despachos”como le dicen ellos) contradictorios que anuncian la publicación de la nueva ortografía aprobada por la Real Academia Española y sus 22 cómplices, para antes “de Navidades” (¿cuántas?); desde allí se ve la trampa: tenemos que escribir como quieren los diez millones de pen-insulares (así decía Antonio Alatorre), por encima de cerca de 300 millones de hispanoparlantes que habitamos América.

Ya en su edición anterior de las reglas ortográficas aliviaban el pesar de quienes no saben distinguir “solamente” de la “soledad”, y las diferencias entre los pronombres demostrativos y los artículos, y de quienes no saben la diferencia entre el 1 y el 2; así, se admitía desacentuar “ésa, de rojo” y “solo” aunque se tratara de “sólo digo que así se escribe”. Según los adelantos de las agencias, ahora es obligatorio confundir al lector, y prohíben estas autoridades tildar la palabra cuando el autor quiere indicar que solamente una vez se ama en la vida, con la dulce y total pronunciación. Si la función de la modernización de la ortografía es simplificarla, ¿por qué se pronuncian por complicarla? ¿Por complacer a autores que dudan si debe o no acentuarse? En un nuevo cable se dice que ya no necesario acentuar, por ejemplo “llego esta tarde”, lo que es un alivio, porque en el ejemplo, “esta” nunca se ha acentuado, aunque no falta quien lo haga y hasta acentúan “éste último”. Pero si en “éste llegó” quitan la tilde no sólo es confusa la frase, sino tonta.

En sus Minucias del Lenguaje, José Guadalupe Moreno de Alba dice que no sabe si el solecismo “voy a por” ha llegado al lenguaje literario, con la esperanza de que no sea así; posiblemente no ha llegado al lenguaje literario, pero sí al editorial: ya no sólo Anagrama encarga unas traducciones infames, llenas de solecismos y además de estupideces; un ejemplo basta: en la autobiografía de la hija menor (supone ella que menor) de John Huston, en Circe, habla de un paisaje lleno de “completez”; ¿al ignorante que la tradujo no se le ocurrió buscar una mejor traducción, “plenitud”, por ejemplo?) Digo esto porque hace poco la Revista de la Universidad de México publicó una anécdota de Vicente Leñero, quien al toparse con Jorge Herralde lo increpó acerca de las traducciones de Anagrama, y la altanera respuesta del editor fue que no podían pensar en lectores fuera de su ámbito local, y se negó a contestar otra cosa más que admitir que él y sus traductores ignoran todo lo que hay que saber de beisbol (pronuncian “béisbol”, imitando el habla anglosajona). ¿Quiere decir que Anagrama manda al diablo a todos los lectores de América Latina? Porque el “voy a por”, que ya también está en Seix-Barral, Alianza Editorial y otras que antes eran menos localistas, sólo lo dicen en algunas regiones de España, y no precisamente entre los escritores. Por otro lado, Leñero es injusto porque en bien de la corrección nos privarían de párrafos divertidísimos; por ejemplo, en vez de “pegó un jonrón por el jardín central” ponen “disparó un golpe por el centro del campo”.